EL SÁBADO QUE VOLVISTE A JUGAR

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La noche anterior aceptás sin quejas irte a dormir temprano. Vos solo programas el despertador, con ese celular viejo que ya no sirve para mucho más que eso, y lo dejas en tu mesita de luz. Cuando suena, al otro día, te levantas enseguida y no tengo que decirte cinco veces que te laves la cara. Te haces una chocolatada y me pedís galletitas, o mejor cereales, así tenés más fuerza. 

Me sorprende verte tan entusiasmado. Bah, en realidad no me sorprende ni un poco, te conozco. Y el entusiasmo que le pones a las cosas que te gustan, es algo que me encanta. Comparo tu actitud de esta mañana con la del día anterior, tercer día de clases, cuando con lagañas en los ojos, tirado en el sillón a medio vestir, me preguntaste cuándo ibas a poder faltar.

Terminas de cambiarte. Guardas las canilleras y una botella de agua en el botinero que te regalaron el verano pasado y usaste sólo una vez. Te fijas si estás bien peinado y saludas a los gatos, como haces siempre. Después salimos. Tu excesiva (y selectiva) puntualidad, hace que no me demore. Ya pasó una vez que llegamos tarde a un partido y me odiaste. Yo me odié un poco también. 

Esta vez vamos en Uber. El chofer sintoniza una radio en la que suenan canciones de moda que yo ni conozco y vos tarareas. Me hablas de un videojuego, de misiones que tuviste que hacer para ganarte no se qué cosas, y de un video que viste en Tik Tok. Yo te escucho, me esfuerzo por seguirte, repregunto algunas cosas a ver si entendí, intento acertar un comentario adecuado. Al final me sale decirte: “Qué gamer estás eh… ¿por qué no le pones un poco de esas ganas a la tabla del siete?”. “Y… ¡por qué no!”, me decís. Me doy cuenta enseguida de mi comentario mala onda y te hago un chiste. Nos reímos. No sé por que por momentos soy tan aburrida. 

Cuando llegamos a destino nos toman la fiebre. Nos indican que sigamos por el pasillo a la derecha, después para el fondo y ahí están las canchas. Mientras caminamos te comento que pasé un montón de veces por la puerta de ese club, de hecho trabajaba a unas cuadras, pero nunca había entrado, y  no pensé que fuera tan grande. Vos me escuchas sin mirarme y no contestas nada. Las paredes están pintadas con distintos planteles que salieron campeones, libertadores de tal año, torneo apertura de otro. Intento mirar en detalle a ver si reconozco algún jugador pero estas apurado, así que te sigo el ritmo. Cuando llegamos al fondo del pasillo vemos la cancha, donde recién está empezando a jugar la categoría anterior a la tuya. Te digo que al final hubiera tenido tiempo de sobra para mirar las pinturas. “Vienen un poco atrasados”, me comenta la chica de la puerta, mientras pago la entrada. Me sorprende que, después de un año, no haya aumentado. 

El Negro, tu entrenador, cuando nos ve entrar se acerca a saludarnos. A vos te hace un chiste, a mi me da un abrazo. Comenta que ya sabe que no se puede, pero hace mucho no me ve. El Negro es un genio. Ojalá si seguís jugando al fútbol, él siga siendo tu entrenador. Está en el club desde que era un pibe, lo conocen hasta las baldosas, como dice el dicho.  Pero lo más importante es que tiene una relación hermosa con vos y con tus amigos. Es el primero en ver como están, en gastarlos por algo, pero también el primero en retarlos si lo tiene que hacer. Un día en la práctica estabas con todo, hiciste un golazo, “parecido a los de Messi, ¿no?” me dijiste después. Cuando lo festejaste como si fuera la final del mundo y te abrazaste con tus compañeros, el Negro gritó: “¡No valió!”. Ustedes se le fueron al humo indignados, él se moría de risa. Yo me reí mucho también. 

El Negro me dice que está contento de que hayas vuelto a jugar. Me cuenta con una sonrisa pícara, como la de un nene cuando hace una travesura, que cuando te volvió a ver en el entrenamiento se hizo el que no te reconocía. “¿Y vos quien sos?”, te preguntó. Acto seguido te sacaste el barbijo, lo tiraste a un costado y le dijiste: “¡Soy yo!

Rápido te vas para unas gradas y yo subo a la tribuna. Pienso en cómo me pondría a leer el libro que traje mientras terminan de jugar los otros y empezás vos, pero enseguida veo caras conocidas. Me acerco a saludar, varios lugares ya están ocupados y tengo la ilusión de irme a otra punta. “Espera que se corren y te sentás acá con nosotras”, me dice una de las mamás. Entonces un grupo de padres se corren, y quedamos todas juntas. Antes de empezar a charlar, acción casi que obligatoria, me detengo unos minutos a observar, lo mismo que observo siempre. ¿Por qué hacen eso? Unos por un lado, otras por el otro. Las mamás hablamos de “cosas de mujeres”, si gritamos o alentamos a nuestros hijitos, es careciendo de conocimiento u objetividad sobre el asunto. Esto todavía es así. Nosotras las mamás, para opinar en el submundo de madres-y-padres-que-van-a-ver-a-sus-hijos-jugar-al-fútbol, tenemos que ganarnos el lugar. Tenemos que haber tenido la suerte de acertar dos o tres comentarios afortunados, aprobados por el plantel de expertos. La élite que concentra el saber futbolístico. De lo contrario, si tan sólo alguna vez no supimos algo, o preguntamos qué cobraban, o qué era un offside, quedamos para algunos en la categoría mami-que-lleva-a-su-hijo-a-fútbol-pero-no-entiende-nada. A los padres en cambio, enseguida se los toma en cuenta, aunque digan una pavada. Algo de los estereotipos que es siempre el mismo loop. Pero toda esta dinámica requiere de un análisis aparte, en el que no voy a detenerme ahora. Entonces, con mi mejor cara, empiezo a conversar. 

Termina el partido anterior, ustedes entran en calor pateando al arco. El Negro los junta para hablarles y veo que te quejas. En unos minutos voy a saber que es porque te puso de defensor. Nunca jugaste en esa posición, pero pienso que puede irte bien. La última vez que jugaron hacías un tiempo de arquero, otro de delantero. Yo no entendía mucho como podías jugar de las dos cosas, y más de una vez te pregunté. Siempre me dijiste que te gustaba ser delantero, pero al mismo tiempo te encantaba atajar. Entonces empezabas atajando, y en el segundo tiempo ibas adelante. A veces te veía un poco nervioso, no tan suelto como en las prácticas, por eso pienso que quizás defendiendo estés menos “expuesto”, al menos que siendo arquero, pero ya veremos qué pasa. 

Arrancas con todo, súper atento, metido en el partido. Sacas varias pelotas, no se te pasa una. “¡Bien Juani!”, te gritan. En el segundo tiempo vas adelante y estás a full también. Corres por toda la cancha, tan rápido que por momentos dudo de si vas a llegar a una pelota pero llegas igual. Le gritas varias veces a Bauti para que te la pase, algo que no recordaba si hacías o es nuevo, pero me parece bien. “Bauti es mi amigo, pero es un morfón”, vas a decirme después. 

En el equipo rival juega una chica, la única. Es alta, y su pelo largo y rubio, se balancea en una cola de caballo, mientras ella se mueve por la cancha con destreza. “Es una muñeca, no parece que le guste el fútbol”. Siento que ese comentario viene de hace 50 años atrás pero no, lo dice alguien cerca mío. En un momento la muñeca futbolista pasa a dos, esquiva a la defensa, y mete un golazo. Percibo dentro y fuera de la cancha un segundo de silencio generalizado, casi que de sorpresa. Después todos aplauden y su equipo festeja. “Mira que bien la piba eh, debe tener hermanos varones”, agrega otro comentarista. 

El partido se pasa volando. Cuando me doy cuenta escucho el silbato del árbitro. Ganan ustedes 2 a 1, con dos goles de Bauti, que es morfón pero tiene con qué. Festejan como siempre, el Negro les habla y se saludan. Venís para donde estoy yo, con tu botella de agua ya vacía, y todo transpirado. Te doy un abrazo que hubiera querido que dure todo el día, y te digo que me encantó cómo jugaste. No te miento. 

Cuando nos vamos ya no estás tan apurado, pero recién cuando llegamos a la calle me acuerdo que quería detenerme a mirar los planteles dibujados. Demasiado tarde para volver a entrar. Además tengo hambre, vos también. Es la hora de almorzar y te prometí unas milanesas.  



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Lic. en Psicología (UBA)

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