EL VALOR DE LA PALABRA

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En sólo tres breves movimientos, quisiera mostrar cómo pienso se juega el valor de la palabra en el contexto actual, signado por el nihilismo y el descrédito generalizado: recuperar la función material del intelecto, la invención de conceptos y la crítica de la subjetividad militante.

I. Función intelectual

La vacuna del Covid y las susceptibilidades que la situación pandémica genera han puesto en cuestión el escaso prestigio que aún conservan en nuestra sociedad fragmentada ciertas figuras intelectuales. Pero el problema venía de antes y no se reduce al mero prestigio, en suma: la devaluación de la palabra pública y la multiplicación algorítmica del imaginario en red, por las que la figura típica del intelectual muestra su insostenibilidad. Quizás sea el momento de recuperar la función material del intelectual, como intervención múltiple y dispar, ubicua e inventiva, asociada a múltiples nombres propios y no a figuras de renombre. Se trata de reinventar el uso de los dispositivos y entender la diferencia de los registros que nos constituyen.

Se podría decir que Verbitsky se precipitó ingenuamente: la relación de amistad no le permitió dimensionar el valor simbólico de la vacuna; y Sarlo se anticipó paranoicamente: invirtió el sentido de una invitación pública en un favor privado. Ambos se equivocaron, no por confundir lo público y lo privado, sino por no confiar en la palabra y su tiempo justo de enunciación: todxs seremos vacunados llegado el momento. El buen gobierno no se basa sólo en juicios científicos y lógicos indiscutibles, como tampoco en relaciones de amistad o críticas literarias liberales (o libertarias literales); sino en una ética de la palabra justa en la cual se confía, porque se sostiene conjuntamente en el decir oportuno y la escucha atenta. Esa dimensión simbólica de la palabra es la que se encuentra profundamente dañada: el enloquecimiento que producen los medios y la violencia que inducen, incluso entre figuras de renombre, es su efecto sintomático. Los medios no son un asunto menor, ni pueden reducirse a la lógica estricta del mercado, porque son portadores del valor simbólico de la palabra y sólo ella abre el lugar a la asunción singular de un sujeto que hoy se encuentra completamente desorientado. 

En definitiva, Verbitsky y Sarlo, como figuras eminentes de la desorientación actual del sujeto, han recibido su propio mensaje de forma invertida, en esta escena de la palabra devaluada y las imágenes especulares que se replican ad infinitum. El primero cometió una simple torpeza, al hacer uso de una amistad, y fue interpretado en el marco de la imagen que él mismo había instalado: el que manejaba fuentes de una inteligencia archi-secreta y no había nada que se le escapara. La segunda se pasó de lista, al recibir un ofrecimiento sincero, y fue víctima de su propia imagen y el mensaje invertido: su prestigio literario intelectual y supuesta capacidad de lectura, por los que fue invitada, mostró su estofa. No tiene sentido proyectar intenciones en los personajes (sin duda las tienen y sus cálculos habrán salido bien o mal en función de ellas, poco importa), sino tratar de circunscribir el efecto simbólico fallido de sus intervenciones a nivel de la toma de la palabra pública: cuestión que excede cualquier intención o recepción proyectiva sobre ellas. 

Incluso hay un nivel más fundamental que las proyecciones imaginarias y lo simbólico fallido; se trata de lo real en juego en cada formación (donde se vuelven indistinguibles lo individual y lo colectivo). Más acá del Bien y el Mal, del elogio y el vituperio, de la Plaza Pública o las redes, está esa zona opaca que todo sujeto, al menos una vez, debe poder habitar y atravesar, entre lo simbólico y lo real: el entre-dos muertes. Tarde o temprano caemos ahí y pasamos, en el mejor de los casos, pesarosos o alegres, perplejos o consternados; a algunos les llega demasiado pronto y a otros demasiado tarde, pero esa es la impronta y la prueba del deseo: la destitución subjetiva, la pérdida de la importancia personal y de la opinión de los otros, la excomunión, etc. Es la prueba de fuego para cualquiera que desee tomar la palabra pública con valor; todo lo demás es anécdota o chisme en lo que respecta al ejercicio del intelecto material.

II. Invenciones y tradiciones

Necesitamos inventar nuestros conceptos para pensar la época, sin renegar de las tradiciones de las cuales nos servimos para hacerlo. Así como Zavaleta Mercado, por ejemplo, formuló la “paradoja señorial” para dar cuenta de la singularidad latinoamericana, transformando la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. Por mi parte, he propuesto hace tiempo el “anudamiento del sujeto”, entre Lacan y Badiou, para mostrar que es posible articular, en distintos niveles (¡incluido el Estado!), la dimensión del vacío y el acto de su atravesamiento. También el pensar, junto a Althusser y Foucault, que la ideología es irreductible porque entraña la interpelación al sujeto para que se constituya, en la manifestación de lo verdadero, a través de diversos “procedimientos litúrgicos” (¡incluida la ficción mediática!). O postular en pandemia, la necesidad un “Estado de los cuidados” que no sea referido exclusivamente al estado bienestarista o el estado de control autoritario, sino que responda al cuidado en sentido amplio: ético y político al mismo tiempo en el “uso de los saberes” (otra expresión reformulada de Foucault). O demarcar la modulación que toma la racionalidad gubernamental neoliberal, ya no tanto disciplinaria o de control, en términos de Foucault-Deleuze, sino “disociativa”, a través del uso de redes y algoritmos (¡incluido este muro!). O reformular la expresión foucaultiana “ontología crítica de nosotros mismos” para radicalizar la inmanencia de su propuesta sistemática hacia un “gobierno crítico de nosotros mismos”. O situar el “contento de sí” como respuesta a las “alegrías del odio” atizadas por todas partes, y proponerlo como índice de lectura y desarrollo de la potencia en la Ética de Spinoza. Por último, “Nodaléctica” como un modo de habilitar esos anudamientos en cuyos movimientos de cruces alternados se va tramando el pensamiento situado. No son más que gestos frágiles pero decididos de invención o modulación conceptual que invitan a otros gestos.

Todo lo que he escrito está orientado a lo que he definido recientemente como un “giro práctico”: no importa qué autores o corrientes de pensamiento se lean, sino cómo se lee, cómo uno se implica en lo que lee, cómo eso lo transforma de algún modo, toma cuerpo, despeja el deseo y prepara para el acto, cual sea, aumentando la potencia de obrar y generando afectos alegres (incluso al borde de la muerte). No me gusta decir a quiénes hay que leer y a quiénes no, no me gusta eso de constituir un canon o un panteón, aunque indudablemente tengo mis preferencias y las menciono. En cualquier caso, diría: lean a quienes no les dejen más alternativa que cambiar y dejar de contribuir con la estupidez del mundo que se propaga como un virus, a diestra y siniestra.

No escribo ética con mayúscula porque para mí la ética son prácticas y ejercicios de lectura, escritura, meditación y prueba, cuyo objeto es asimilar ese material abordado para hacer un cuerpo [corpus] que nos permita responder a los acontecimientos. Si hoy la práctica ética es indispensable para la práctica política, tanto como la práctica de diversos saberes, es porque notamos que el neoliberalismo (o capitalismo tardío, como les guste llamarlo) ha producido un sujeto débil desde todo punto de vista: incapaz de sostener un cuerpo y un deseo que no se agote en consumos efímeros o problemáticos. Un sujeto del deseo se constituye de manera concreta a través de diferentes ejercicios materiales, no responde a ninguna lógica trascendental, es pura inmanencia.

III. Crítica de la razón militante

Necesitamos una crítica de la razón militante que aborde sus aspectos teóricos, políticos, éticos y estéticos en simultaneidad. Esta crítica tiene que ser inmanente, lógica y afectiva, asumiendo nuestra posición en el campo; y no externa, purista o idealista, mistificante o despreciativa. Con inmanencia no me refiero a interioridad alguna, sino a la disposición de interrogar las dimensiones señaladas, unas a través de las otras, sin plantear que ninguna sea más importante que las demás, para asumir sus limitaciones y sobrepasos en la heterogeneidad que nos constituye. 

Podría pensarse también como una genealogía de la subjetividad militante, que no busca el origen mítico perdido en otra vida idealizada de las militancias, sino en puntos de emergencia diversos, parciales y fallidos, esparcidos en el tiempo y el espacio; latencias que han mostrado brevemente la posibilidad de vivir de otro modo. Si considero a la subjetividad militante como punto nodal para destrabar los atascamientos de nuestra época que nos conducen hacia la autodestrucción, es porque considero que allí se juega la mayor potencia de obrar: sujetos movidos por el deseo no solo de afectar y ser afectados, sino por composiciones virtuosas del común y su entendimiento singular. 

Entiendo los procesos de subjetivación como prácticas en dispositivos concretos, no como individuos o suma de individualidades o estilos de liderazgo a imitar. Entiendo las subjetividades militantes como modos de imbricar o producir torsiones ético-políticas (ocuparse de sí y de los otros) en cada práctica: científicas, artísticas, amorosas, y no solamente como la figura del militante orgánico. Los modos de subjetivación son esencialmente afectivos. Es sobre la base del entendimiento de los afectos que se despliega su lógica.

En la definición del deseo que da Spinoza está la clave de todo: la potencia, la alegría, el infinito en acto. He vuelto una y otra vez a ella desde distintos ángulos y he dejado caer a través de su puesta en práctica todas las falsas ideas sobre la esencialidad, el hombre, el deseo, el hacer, etc. Si se la escucha bien, con todo el cuerpo dispuesto, se entiende la palabra justa: “El deseo es la esencia misma del hombre [y la mujer] en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella”. Que la esencia sea la determinación a hacer algo, no importa qué, en función de una afección cualquiera que se da en ella, es la definición más ajustada y abierta que he oído; más determinada y más libre; más rigurosa y más creativa. ¡Todo lo que podemos hacer a través de esa definición, si la despejamos convenientemente de las imbecilidades que nos han enseñado y la hacemos cuerpo!



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Seguir Roque Farrán:

Nació en Córdoba en 1977. Publicó los libros Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo, 2014), Nodal. Método, estado, sujeto (La cebra/Palinodia, 2016), Nodaléctica. Un ejercicio de pensamiento materialista (La cebra, 2018), El uso de los saberes. Filosofía, psicoanálisis, política (Borde perdido, 2018; El diván negro, 2020), Leer, meditar, escribir. La práctica de la filosofía en pandemia (La cebra, 2020), Escribir, escuchar, transmitir. La práctica de la filosofía en pandemia y después (Doble Ciencia, 2020), La razón de los afectos. Populismo, feminismo, psicoanálisis (Prometeo, 2020); editó junto a E. Biset Ontologías política (Imago mundi, 2011), Teoría política. Perspectivas actuales en Argentina (Teseo, 2016), Estado. Perspectivas posfundacionales (Prometeo, 2017), Métodos. Aproximaciones a un campo problemático (Prometeo, 2018). Es Investigador Adjunto del Conicet, Doctor en filosofía y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba, fue miembro del Comité Editorial de la Revistas Nombres, y lo es actualmente de Diferencias y Litura. Es miembro investigador del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-Conicet) y dirige el grupo de Pensamiento Materialista en dicho Programa.

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