YO, ELLO, HIPSTERYÓ

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La trampa de algunos discursos de época, de corte individualistas y afines al neoliberalismo como modo de subjetivación, es persuadir de que lo injusto es necesario y que la respuesta “adaptativa” y valorada frente a esto es cualquier forma de la llamada resiliencia. Resiliente sería entonces quien se hubiera embromado con neurótica docilidad. La apuesta ética del psicoanálisis no se estaciona cómodamente en una mera “aceptación” de lo injusto, sino en la posibilidad de quebrar cualquier forma del statu quo, transmutándolo. Esto último, claro está, si y sólo si quien conduce la cura dota a su práctica de una ética en este sentido. 

Porque también, lamentablemente, hay un uso posmoderno y cínico del psicoanálisis que podríamos bautizar como resianálisis

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El hipsterismo ilustrado es, no tan en el fondo, una reversión o cover del sentido común, y por ello conserva intactas las mayores barbaridades de los imperativos superyoicos. De ahí que ciertos tips cancheros y salvadores que se pregonan y postean en redes sociales se encuentren en la perfecta convivencia, connivencia, entre el amor libre, el coaching ontológico, el budismo new age, Putita golosa y “hay que soltar”. 

La experiencia del psicoanálisis permite ante todo ir más allá de cualquier forma de conservadurismo, simplemente por el esfuerzo o la pasión de mostrarlo en su faz insatisfactoria y aburrida. 

La búsqueda como fin en sí mismo es enloquecedora. Banalmente mala, cual perro que se corre la cola creyendo que está explorando. Los discursos posmoevangelistas o neoespírituliberalistas perjudican con el imperativo “salí a buscar tu destino”; o alientan exploraciones de sí falaces, que prescinden de la pregunta por el lazo con el Otro. Una búsqueda de destino es como la vieja neurosis de destino: un cover del viejo “síndrome del conquistador”, que conquista creyendo que lo hace desde su individualidad, conquistando su individualismo. Cuando una búsqueda del tesoro es un juego, y por ejemplo somos niños, nos divertimos; si es mandato nunca es propia. 

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Un/a psicoanalista no tendría por qué estar más curtido que el resto de los mortales. En todo caso, contaría en su haber y recorrido una posición advertida de lo inexorable pero también de lo injustamente (in)necesario que hacen de la vida un devenir siempre duro. Habría en el recorrido de un/a psicoanalista un uso de esa piel o rostro curtido: una peculiar utilización de esas marcas y cicatrices. Un uso que tiene que ver menos con la victimización o el nihilismo que con su potenciación en hecho poético y político. Porque lo curtido y el síntoma pueden ser hechos poéticos y políticos. 

Para que esto ocurra, es decir, para advertir las condiciones de producción de dicho estado de cosas, es menester interrogar críticamente al hecho social, cultural y político en su conjunto. Quien ejerce el psicoanálisis debe, como invitaba Lacan, estar a la altura de la subjetividad de su época en este sentido. Un/a psicoanalista que no critica su realidad y la de quienes lo rodean no dista mucho de convertirse en un coach, que disimula su rostro curtido y el de sus clientes con maquillaje estético, que pregona una neutralidad que le permite recostarse en laureles artificiales sobre la torre de la cómoda a-politicidad.

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La compulsión utilitarista del tiempo, incluyendo el llamado “tiempo libre”; el rendimiento como medida de nuestra subjetividad, que obliga a un hacer iterante, socialmente efectivo pero atolondrado, y reactivo a cualquier forma de lazo. Se trata de un espiritualismo empresarial que produce flyers naif para Instagram, tales como “que fluya”, “hay que soltar”, “no hay que forzar”, “si sucede conviene”, etc. Imperativos a los que se le puede poner “me gusta”. Artificios neuróticos que impiden toda forma de estar-con-otros, de satisfacciones que incluyan al semejante. Ese modus operandi ingenuamente superyoico que intenta vigilar y castigar(se) voluntariamente, forzando y obstaculizando al amor, por ejemplo, o a la comunión política, también. De tan new age, newrótico

El tan malogrado deseo, newróticamente romantizado con fines utilitaristas, puede igualmente llegar a reflotar un horizonte estrictamente político. El deseo incluye un modo de concebir la acción política que no admite ninguna clase de individualismo. 

Hay una página de memes que está de moda, canchera y fatalmente new age, donde dicen “Normalicemos…” tal cosa. Exactamente: ¡hay normalización cool!

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Muy a contramano de la religiosidad/espiritualidad new age, Freud era bien cristiano al concebir a la religión como la posibilidad de aumentar el peso que pueden soportar nuestros hombros; lo propio del sacrificio, sus usos posibles. Pero lejos de un sacrificio simple y/o cínico, un mero masoquismo, para Freud la religiosidad elevada se ubicó siempre más allá del principio de placer. Todo lo contrario a una oda a la vida fácil y sin preocupaciones. En este punto, y en tanto la ilusión sacrificial habría mermado en su efectividad, la propuesta freudiana es sustituirla por otra ilusión más efectiva: el método analítico. 

¡Y vaya que un psicoanálisis no es una solución facilista!

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Una persona me cuenta que no puede llorar, que “le cuesta”. Sus allegados le dicen que tiene que llorar, que eso ayuda, que libera; que implica “soltar”, y que para llorar hay que soltarse, dejarse ir, no pensar tanto, etc. Coincido con esta persona en que resulta elocuente ese “no poder llorar” que ubica, pero le rectifico algo: el hecho de que para llorar haya que soltarse, en el sentido de no pensar o dejarse ir, es como mucho una verdad a medias. Le recuerdo que también el llanto implica un sentimiento, implica un sentir y hasta requiere de cierta convicción. 

“Hay que estar decidido para llorar”, le digo, aludiendo a su estar actual, de profunda indecisión o, mejor dicho, de decisiones que tienen que ver con su deseo pero que aún no han sido realizadas. Mi señalamiento hace asociar a esta persona, y recuerda que la última vez que lloró fue hace mucho tiempo durante un tratamiento anterior. Recuerda haber llegado a dicha sesión y comenzar a llorar ni bien se sentó, ni bien comenzó a hablar. “Lloré porque tenía todo claro, lamentablemente tenía seguridad de lo que me molestaba, tenía un convencimiento de mi angustia, por eso pude llorar”, recuerda, mientras llora. 

Llorar es un sentimiento, no sólo una catarsis. Implica el recordar: la propia historia y presente. Es un recordatorio de la propia situación, de la angustia que acontece ante la felicidad de un deseo. Por eso llorar requiere de algo diametralmente opuesto a la forma new age del “hay que soltar”. Recordar le devuelve al neurótico la capacidad de llorar, de experimentar sentimientos, de experimentar el cuerpo, que nunca es del todo propio.


Fragmentos del libro #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos, que acaba de ser publicado por La Docta Ignorancia.



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Julián Ferreyra
Seguir Julián Ferreyra:

Vive y practica el psicoanálisis en Villa Crespo. Es Licenciado y Doctorando en psicología. También es docente en Salud Pública/Mental II (Psicología, UBA). Dirige el MultiEspacio Hacer-Clínica, y años atrás trabajó en distintas instancias de implementación de la Ley Nacional de Salud Mental. No usa polera pero estudió coctelería. Fanático de Elvis, Star Wars y del peronismo.

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