ELOGIO DE LA VEJEZ

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La vejez para occidente no es un valor, ni cultural, ni laboral, ni social. Dentro de las familias, la gente que envejece se va volviendo una carga al empezar a formar parte de ese grupo inactivo para el mundo laboral, pero con todo el tiempo en sus manos, y con suerte, provistos de buena salud. La vejez en nuestra sociedad no es concebida como en algunos pueblos un lugar de poder. El saber que acumulan los años y la experiencia no suelen ser elementos para lograr un valor diferencial, ni en el mercado, ni un lugar de privilegio en las familias, ni motivo suficiente como para generar espacios de sociabilidad que contemplen todas las necesidades y limitaciones de nuestros mayores. 

En este contexto y en parte también porque la pandemia renombró a los mayores de 60 como “grupo de riesgo” y nos obligó así a hacernos cargo de algunos rincones que estábamos decidiendo no mirar, empiezan a surgir los relatos de la vejez. Comienza a entramarse un discurso que adopta como tema principal esta etapa de la vida, pero también la forma particular de su lenguaje, y con esto me refiero a maneras de hablar, y maneras (sobre todo) de pensar la vida cuando volvemos a tener todo nuestro tiempo entre las manos. 

Una vieja ganadora

Aurora Venturini, quien a sus 85 años y luego de una vida dedicada a la literatura logró cierto reconocimiento en 2007 con el premio Nueva Novela, no era deudora ni representante de este discurso de la vejez. La novela con la que fue descubierta en el siglo XXI —porque ya había sido premiada en el siglo XX por Jorge Luis Borges gracias a su poemario El solitario— se llama Las primas. A raíz del aniversario de su muerte, la editorial Tusquets decide reeditar en noviembre de este año la novela que la catapultó a las masas neoliberalizadas (nosotros) y además sacar a la luz un tesoro aún oculto: una novela que narra la vejez de Yuna Riglos la protagonista de Las primas. En Las amigas, la misteriosa novela póstuma, Venturini nos descubre algo de todo eso que implica hacerse viejo.

Aunque en el caso de la protagonista no es tan así. Hoy en día la vejez empieza al menos en la formalidad, cuando un adulto pasa a cobrar su jubilación, es decir, post 60 años en la mayoría de los casos. La novela comienza con una Yuna aún relativamente joven, que se rodea con algunos personajes de su edad (y no tanto), pero las similitudes con la autora parecerían ser abundantes. “La aparición de Aurora nos obliga a preguntarnos, entre otras cosas, qué se espera de una vieja”, dice la periodista Liliana Viola en diálogo con Pablo Díaz Marenghi para La Agenda

Hay todavía un choque entre lo que pensamos sobre los viejos, el lugar que nuestra sociedad les da, y lo que efectivamente pueden hacer. Aurora es un ejemplo de que los “jubilados”  todavía pueden tener tela para cortar y talento de sobra. Ella no es la única, basta entrar en los textos de Margo Glantz, la famosa autora mexicana que este año cumplió sus 90 y gestiona una comunidad de 54 mil seguidores en Twitter.

La voz de la Yuna senior —la que se parecería a Aurora, dicen los que la conocieron— en Las amigas tiene la fuerza de una catarata de la que fluyen en tropel y sin descanso acumulaciones de palabras, frases, pensamientos, en fin, el rejunte de los saberes de una vida y las excentricidades sobre las que fuimos construyendo nuestro personaje.  

 “Me importa un pito como decían antes”

Una vez entrevisté a una mujer mayor para un trabajo. Estaba estudiando etnolingüística entonces y cuando llevé el diálogo desgrabado, me dijeron que el discurso acumulativo —el listado de anécdotas sin fin—  es típico de “la gente grande”. Venturini construye una protagonista que nos va contando los encuentros con otras mujeres, pero sin dejar de dialogar con nosotros: “se acordarán”, “no lean este renglón de maleficio”, “pero a ustedes no los voy a  engañar”, recurso literario especialmente útil para lograr, a través de la evocación consciente del que está del otro lado, un efecto de “realidad virtual” en el que una se ve inmersa de prepo. 

Lucio V. Mansilla —sobrino de Rosas, escritor y gran cronista del siglo XIX— solía utilizar este recurso en uno de sus textos más famosos titulado Entre nos: Causeries de los jueves,  diálogos entre Mansilla y su ocasional interlocutor. Claro que es sólo una ilusión la paridad en el encuentro: todo resulta un artificio para que el autor exponga su punto de vista.

“Y basta de lucubrar que de charlatanear al cuete ya asemejo a un político”, nos dice Yuna, la misma que afirma en avasallante monólogo sobre ciertas cuestiones:  “Me importa un pito como decían antes y nunca dilucidé qué es tan importante en un pito…”

Vieja pero libre

Venturini era una mujer libre, y como todo lo que no sigue reglas, podía ser complicada. “Aurora era muy punk y caprichosa. Había una brecha generacional gigante entre ella y nosotros. No era como visitar a la abuela de una amiga. Era como ir a otra dimensión. Para convencerla y que no abandonara la película le llevábamos personajes que la cautivaran”, dice Agustina Massa, realizadora de Beatriz Portinari, un documental sobre Aurora Venturini que se estrenó en el 2013. “Tiene tratos tremendos con el diablo, los ángeles, los cielos, el más allá y el más acá, así que no quiero tener problemas con ella”, dice también en diálogo con Pablo Diáz Marenghi, Liliana Viola, la heredera de sus derechos de autora y quien prologa esta primera edición de Las amigas.

“No sé si me pasé con las adjetivaciones pero ya no cargo el diccionario”, dice Yuna a modo de reflexión metalingüística, y de conclusión entre la joven Yuna de Las primas y de la que nos habla en Las amigas

La vejez es el no lugar para la sociedad, el margen. Pero la contracara positiva de estar “fuera de juego” funciona al mismo tiempo como ventaja. Puedo decir y hacer lo que quiera porque total a quién le importa ya lo que haga, o, ya estoy grande para que me digan qué hacer, o soy dueña de mi tiempo y hago con él lo que se me canta.

Son justamente los momentos de la vida donde somos libres de las obligaciones del mercado —trabajo, familia, estudios—, es decir la niñez y la vejez, en los que la creación artística encuentra un lugar. Ese otro acto rebelde por “improductivo” en el sentido más capitalista del término, se asemeja en espíritu a quienes esgrimen la potencia y la valentía creativa. 

Dice Yuna, la pintora ya vieja, frente a la creación de un retrato: “Debo saber quién es y después de que termine el cuadro preguntaré”. La creación como búsqueda y certeza antes que la palabra-herramienta. Un poco porque las palabras ya no representan lo que eran. Los años han demostrado que efectivamente muchas vuelan donde el viento arrastra, y algunas ya ni pueden ser alcanzadas por la sordera, y entonces aparece el audífono, un estigma más que se suma a la vergüenza del deterioro. 

La vergüenza del deterioro

¿Por qué nos hiere en general pedir ayuda? Como toda generalidad, hay algunas excepciones, pero pongamos que en la sociedad tal cual fue pensada desde el Renacimiento el ideal que se nos impone es: siempre fuertes, siempre jóvenes.

La imposibilidad como modo de vida, diría… (ojalá que alguien lo esté diciendo).

Natalia Rozemblun, otra autora argentina que viene cosechando fama hace un tiempo, habla también de la vejez en su hermosa novela Baño de damas, editada por Tusquets en marzo de este año. Con un estilo radicalmente diferente en cuanto a la trama —más ágil que la de Venturini— y al trabajo con la palabra —menos espeso que el de Las amigas—, Rozemblum retrata la vida de Ana Inés que a sus 75 sigue persiguiendo proyectos y nuevas aventuras amorosas en el club donde trabajó gran parte de su vida y donde todavía sigue yendo a clases de natación con su grupo de amigas veteranas. 

Rozemblum construye este grupo de mujeres que han pasado casi una vida juntas para tocar temas poco explorados como la nueva percepción del cuerpo y sus achaques, los aparatos ortopédicos que ayudan pero no se asimilan como necesidad y entonces se ocultan, y el deseo erótico. Eso, ¿qué pasa con el deseo y el sexo en la vejez?

Baño de damas transita del humor en el vestuario, a las visitas agridulces de las amigas que ya están en los geriátricos, a la descripción minuciosa y realista de un cuerpo para el que la sociedad ya clausuró cualquier tipo de derecho al disfrute. 

“El modelo hegemónico propone un modelo de vejez que se satisface con la propaganda de la incontinencia y el pegote de los dientes, con una abuelidad pasteurizada y siempre dispuesta, cierra los ojos al deseo, a la pasión, al descubrimiento”,  dice Gabriela Cerruti, diputada y periodista, en su libro La Revolución de las Viejas, publicado este mes por la editorial Planeta. 

Resulta que después de la menopausia, Ana Inés descubre una cascada de orgasmos al mismo tiempo que reconoce “la línea del rollo” que ahora divide su cuerpo, y que las arrugas del pecho son como “canaletas” que encausan la transpiración.

El sexo existe todavía e importa, parecen testificar Ana Inés y las aventuras de sus amigas. La masturbación también.

 “Se acarició las tetas hasta escuchar su propio gemido, que terminó con un chorrito de pis cayéndole por una pierna”, Ana Inés en las duchas del baño de damas del club. 

“Después se enojó con su cuerpo: era gordo, viejo, desproporcionado; tenía marcas y lastimaduras, tenía manchas. Pero era el mismo cuerpo con el que unos minutos antes había sentido placer”, Ana Inés, animándose a sacarse la toalla de a poco frente al espejo del mismo baño, previa constatación de que ningún moro quedara en la costa.

Y un día, cayó el rayo

Una vez Eduardo Longoni, mi maestro en la época que estudiaba fotografía, nos confesó al grupo de los miércoles que tomábamos taller en su casa que no le temía a la muerte sino a la vejez.  No sé si los hombres de su generación, mis compañeros, compartían su idea, pero guardé el dicho como se guardan esos tornillos que una no sabe para qué, pero seguro en el futuro sirven.

En Baño de damas volví a encontrar esta idea, en la mirada de Ana Inés sobre el episodio de una integrante del geriátrico donde su amiga Fanny vive hace un tiempo y ellas le hacen visitas contrabandeando tortas y cigarrillos. Resulta que esta mujer logró salvarse de una neumonía, pero un día, se levantó habiéndose olvidado de toda su familia. En un segundo, lo que dura la luz de los rayos en el cielo, la memoria desapareció. Sin explicaciones, lo cotidiano se volvió extraño: la definición de Freud sobre lo siniestro.

“La familia decía que se le habían transformado los gestos de la cara, había envejecido en una noche. La historia le daba terror a todas aunque Ana Inés pensaba que eso no estaba tan mal: la vejez como algo fulminante que una no puede reconocer”.

Yuna también visita a Matilde, una de sus amigas más antiguas, ex compañera de la escuela de artes, en el geriátrico donde finalmente termina. Pero antes de eso, las mujeres se encuentran y, en diálogo, la protagonista de Venturini dice sobre Matilde: “Ya viejas me confesó que se avergonzaba con haberse tiernizado en la madurez intentando buscar calor humano de hogar y no bueno”, luego de que su amiga le contara el desfiladero de historias de amor crueles, pero igual soportadas.

“… en algún punto no logramos salir de la idea de un hogar armado en base no al libre acuerdo de buena compañía, sino a la propiedad de algo en común, sea la casa, el auto, les hijes, o el futuro”, dice Cerruti en relación a los debates que últimamente se dieron en torno a los diferentes modelos de familia posibles. 

¿Cuántas son las salidas que ofrece hoy nuestra sociedad para que todos —algunos pondrían acá “nuestros viejos”, pero ¿y si los jóvenes también nos sentimos viejos?— tengamos un final digno después de la vida extenuante que se nos exige?

“Matilde nosotras debemos aferrarnos a la inspiración creativa y dejar huellas imborrables porque otra no nos queda”, es la conclusión de Yuna, quien después le cita a su amiga un pasaje de la Divina Comedia de Dante Alighieri sobre el séptimo círculo donde “penan los violentos contra sí mismos”, y le explica que ella prefiere estar con sus telas antes que con la gente. 

A riesgo de enojar al espíritu de la legendaria Venturini —que, no dudo, sus motivos tendrá— yo agregaría que no debemos darnos por vencidos con los otros, sino más bien recomponer esa confianza que el sistema se empeñó en quitarnos: construir en comunidad las antenas que absorban los rayos. 


Fuentes
Las amigas, A. Venturini, Tusquets, 2020.
Baño de damas, N. Rozenblum, Tusquets, 2020.
La revolución de las viejas, G. Cerruti, Planeta, 2020. 
“Muchacha punk”, Pablo Díaz Marenghi, La Agenda, nov. 2020

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Agustina Del Vigo
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Lic. en Letras (UBA) - Maestría en Periodismo Narrativo (UNSAM) Periodista freelance en Página 12/El Planeta Urbano - Artezeta - La Agenda - Nuestras Voces - Estación Libro

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