ESENCIAL

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Juanita Viale, ¿es esencial? Sí, es esencial. Su opinión de que hay que dejar morir a los pobres produjo alguna consternación, pero tampoco tanta. Es cierto que no lo dijo así. Pero también es cierto que esas cosas casi nunca se dicen así. Existe un amplio arsenal de eufemismos con los cuales descargar, de manera apenas indirecta, la salva usual de odios y descalificaciones en contra de los más vulnerados de la sociedad. Juanita Viale se quejó de que recibieran planes sociales. Es sabido que el Estado nacional está incumpliendo sus propias normas, ya que el derecho a la salud, al trabajo, a la vivienda y a la educación está contemplado en la Constitución. Faltando a su propia ley, no hace sino procurar apenas un paliativo mezquino para esos tantos desesperados: el hilo del que penden, el borde de su abismo.

Juanita quiere que el hilo se corte. Juanita reclama un empujoncito final. Lo hace con elegancia, claro; porque ella es elegante. Pero el sentido de su exigencia no es preciso escrutarlo demasiado. No es cierto que los pobres sean idiotas (según Juanita, sin asistencia social podrían por fin pensar), ni que sea por eso que no saben buscar trabajo (según Juanita, si supieran, o si quisieran, lo encontrarían). Esa combinación tan suya de desprecio y de crueldad no es exactamente original, más bien se escucha a menudo. Pero cobra una inflexión singular por el lugar desde el que ella la profiere. Y no solamente por el gesto imperturbable con el que heladamente descalifica a los pobres, sino por ser, como es, una heredera, esto es, una refutación empírica de los valores de la meritocracia; y por evocar, como evoca, un vago lustre de refinamiento aristocrático, ahí donde la cultura argentina alojó un imaginario de alcurnia: en las estrellas casi siempre chuscas de la televisión vernácula, con sus reinas y sus princesas y su vasta corte de bufones.

Lo esencial no es lo que dice, pues también lo dicen otros. Lo esencial es que lo diga así, con tamaño desparpajo, y tan luego por televisión; que lo diga teniendo un trabajo que no precisó buscar, pues lo heredó por linaje de sangre; que lo diga siendo joven, marcando el traspaso generacional (de abuela a nieta) de las ideas más reaccionarias, para asegurar así su persistencia en los medios de comunicación; que lo diga con el artificioso aire de glamour que imposta la crème de la farándula local; y que lo diga en este contexto, el de la pandemia, en el que se habla incesantemente del cuidado de las vidas, para remarcar que, a criterio de algunos, y no precisamente pocos, no todas las vidas valen lo mismo, no todas precisan cuidarse igual.

Se entiende que a Juanita Viale la dejen salir de su casa, se entiende que le permitan juntarse a comer, acortar distancias, sacarse el barbijo. Se entiende que la den por esencial. En un país con tantos pobres, no sorprende que haya quienes consideran que palabras como las suyas, y las suyas en especial, puedan parecer indispensables.



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Martín Kohan
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Escritor.

Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo.

Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado.

Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra.

En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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