ESPECTACULAR

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Habrán notado, seguramente, qué tan en boga está hoy en día el adjetivo “espectacular” (en Masterchef, por ejemplo, fue de lejos el más empleado). Tan en boga como, en otro tiempo, pudieron estarlo “fenómeno”, “recopado” o “alucinante”. ¿Estará indicando algo esa puntual frecuentación de palabras?

Hace más de medio siglo, y acaso con un pesimismo excesivo, Guy Débord se alarmaba con “la sociedad del espectáculo”, ante tendencias que de ahí en más no harían sino profundizarse. El problema evidentemente no era el espectáculo en sí, sino el hecho de que se convirtiera en dominante cultural, al punto de caracterizar la condición de la sociedad entera (así como el problema nodal del “estado de excepción” no es que rija en la excepción, sino que se generalice y se normalice).

Puede entonces que se trate de eso: de una época signada por la lógica del espectáculo, la del urgido afán de darse a ver, la de la necesidad algo desesperada de llamar la atención como sea, la de la medición del rating o del streaming imperando donde no parece ser pertinente, la del recurso al escándalo como treta vacua de mera figuración.

En una conferencia de prensa ofrecida por los Rolling Stones en una de sus visitas a la Argentina, un periodista empleó su turno de preguntar para, en vez de preguntar, ponerse de pie y ensayar una imitación personal de Mick Jagger. Fue Keith Richards el que le contestó, de manera más bien seca y cortante: “We are not comedians”. Si algo no puede decirse de los Rolling Stones es que no tengan sentido del show (incluso, como sabemos, del circo). Pero está claro que hay momentos y momentos. Y está claro que hay maneras y maneras.

La expresión “dar el espectáculo” se asociaba también, en otra acepción, con dar vergüenza (Cortázar la utiliza así en “Las puertas del cielo”, por ejemplo). Esa variante puede haberse debilitado en el uso de un tiempo a esta parte, pero sin llegar a desvanecerse del todo. Si se presta atención, se la alcanza a percibir, subyaciendo. Sutil, pero nítida.



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