MORALEJA

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Un debate por demás interesante se planteó por estos días, en términos de un verdadero dilema ético. Si se tiene la posibilidad de salvar de la muerte a una persona (de reanimarla o incluso, hipotéticamente, de resucitarla), ¿qué es lo que corresponde hacer? ¿Actuar sobre esa persona y mantenerla con vida? ¿Actuar sobre esa persona y devolverla a la vida? ¿O desentenderse y dejarla morir, desentenderse y dejarla muerta? Admito que me sorprendió que buena parte de quienes intervinieron en la discusión se inclinaran así sin más por la segunda alternativa, la del desentendimiento y el abandono. No pocos se pronunciaron a favor de no ayudar.

Me refiero, claro está, al caso de “Blancanieves” y su eventual cancelación. Porque incluso los niños advierten (o sobre todo los niños advierten) qué significa en realidad ese “sueño eterno” en el que la princesa está sumida: su madrastra la ha envenenado (¿un caso de femicidio agravado por el vínculo?), Blancanieves está muerta. Y un beso (un beso de príncipe) podrá salvarla y devolverla a la vida. ¿Por qué privarla, en nombre de qué, de una posibilidad semejante? Si el requerido consentimiento no puede verificarse, ya que los muertos no consienten, ¿qué moraleja siniestra se ofrece ahora, a manera de pedagogía aggiornada: que hay que dejar a Blancanieves librada a su suerte, es decir a la letalidad del veneno que su madrastra le administró? Tampoco el sapo de “La princesa y el sapo”, si vamos al caso, consiente el beso que la princesa le da para convertirlo en príncipe; pero nadie esperaría que un sapo consienta o no consienta un beso, y que yo sepa nadie planteó la cancelación de ese otro cuento (por zoofilia, por ejemplo, o por violación del derecho animal):

Me parece que hay un severo error de interpretación de “Blancanieves” en la confusión del “sueño eterno” con un sueño común y corriente. Y un forzamiento de lectura (inadecuado para transferirlo a los niños) encuadrando una escena literal de deseo erótico y abuso, ahí donde los niños siempre acertaron a percibir una escena mágica de muerte y salvación (claro que hay sexo en los cuentos tradicionales infantiles, pero no bajo una codificación tan realista y referencial). De esta forma, el problema se desplaza: lo que pasa a discutirse ahora es si es válido o no es válido aprovecharse de una persona dormida para, por ejemplo, encajarle un beso. Obviamente, no lo es. Podría incluso ampliarse el criterio: no es válido aprovecharse de una persona, incluso si está despierta, para hacerle de prepo ninguna cosa. No aprovecharse de los demás, así de simple. Tal vez ni haga falta un cuento para impartir una premisa tan elemental.

No obstante, y ateniéndonos al caso específico del ser-despertado-con-un-beso, habría que considerar tal vez las preferencias de aquellas personas (presiento que no necesariamente escasas) a las que no les agradaría en absoluto que en sus vidas no existieran más las sorpresas; vidas en las que se garantizaría que nada habrá que no esté anticipado, convenido, pautado, preestablecido, que todo cobrará la forma reglamentada de cualquier firma de contrato (un alquiler o la adquisición de un servicio, por ejemplo); que nada se saldrá nunca de lo previsto, que nada nunca ocurrirá por fuera de lo ya determinado. Hay personas a las que una vida así las frustra, las aburre, las deprime; prefieren asumir el riesgo de algún ocasional disgusto, antes que aplastarse en la estabilidad monocorde de una existencia en la que jamás irrumpirá nada que no se sepa desde antes. Es un tema delicado, y especialmente en la infancia, ya que los niños, en general, adoran las sorpresas (tanto como para admitir las del respingo y jugar a darse sustos).

En procura de evitar los abusos, un afán de amplio consenso, no habría que dejar de contemplar también los derechos de las personas que disfrutan de ser sorprendidas ciertas veces con algo que no esperaban y se supone que les gustará (les gustará ese algo y además el hecho mismo de que arriesgadamente aparezca sin haberlo esperado).

Pero eso, me parece, es asunto de otro cuento.



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Escritor. Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado. Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra. En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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