
Hará casi 41 años que la voz de Carlos Solari emergió de los subsuelos en vinilos y casettes autoproducidos por la misma cofradía que lideraba en imposibles performances, y de ahí hasta el presente se cierra una parábola artística y nacional que todos sentimos misteriosa y familiar, entrañable por común pero también por recóndita, como el órgano incomprobable que nos mantiene con vida desde un punto no tan claro.
En la errancia del Indio se conjugaron dicho y hecho, y sus actos fundamentales sostuvieron la misma coherencia de sus letras verdaderas y elusivas, una plasticidad de metáfora siempre abierta y renegada, amable en el vaivén de no mostrar toda la cara para que siempre la complete el que la escucha. Así también sus actos recortaron sólo la parte necesaria, hicieron lo que había que hacer de manera autogestiva y evidente, sin transar jamás con la estructura fabrica-chorizo (omnipotente en la era pre-internet) que los habría convertido en poster de una Latinoamérica express.
Su vida es política pero no por adherir con obviedad mundana a las gestiones de turno, sino por desdoblar con paciencia y desparpajo el más luminoso itinerario al que pueda aspirar todo artista nacional: desde sus performances motorpsicos hasta sus discos del cielito, desde sus tapas rocambolescas hasta sus Racings, los redondos siguieron siendo un rumor del boca a boca, eludieron sin rabia la domesticación de la sonrisa globalizante y su lujo decadente, tradujeron el do it yourself punk a la diagonal platense y lo mantuvieron hasta el final de la noche como orgullosos perdedores. El ejemplo de Solari, Castro y Beilinson ha sido el más aterrador para el poder: las cosas de la gente pueden crecer como un germen, microscópicas ante la máquina de humo, y en tiempo más hacerse patria, una trama silenciosa y de cualquier lugar, una praxis propia y quilombera, nunca definida por los tipos que huelen a tigre. (Esa es la razón por la que en Spotify debajo de todos los discos de la enorme mayoría de las grandes bandas argentinas puede leerse Sony, Universal, EMI o Warner, mientras que, en los discos redondos, desde el primer Gulp!azo hasta el sampler dosmiloso, dice Patricio Rey Discos. Hablame de medios de producción…)
Pero su vida también fue política por una razón menos industriosa, y, por supuesto, más poética. Desde el íntimo que estuvo ahí hasta el teórico de rock, desde el ricotero de ley hasta la chica de colegio, cada uno tendrá su versión sensible sobre esa lírica fluctuante que nos tiñó la piel desde la primera escucha. Decía Schopenhauer que la música casi que no es signo, no es representación, sino voluntad pura, una muestra de furor irreductible. Pero lo cierto es que algo sigue habitando en la polisemia ricotera que conjura al mismo tiempo dos hechos argentinos: amontona voluntades heterogéneas y las conjura en contra de lo dado, de lo afirmativo, de lo que establece el valor de las cosas.
La alquimia de las palabras y sus cosas siempre se alteran al hamacarse sobre la línea caprichosa de una melodía, pero luego de tanto tiempo Patricio Rey parece aún mantener la fórmula para que su fragua poética siga infectando. Es que Carlos Solari desordenó las sílabas de un modo abierto y sospechoso a la vez, afiló la poética hasta volverla un arma de acero universal, justo en el nervio de sentido flotante que sirva tanto al desprevenido como al desesperado, material para las luchas de ayer y de hoy. Y de mañana.
Como un verdadero poeta, su escrito nunca agota el sentido. Lo multiplica. Y eso es lo que lo ha vuelto tan poderoso, tan habitable por todos, demostrando que los que siempre han tenido pocas palabras no se contentan con los estándares del lenguaje degradado provistos por el packaging del poder, no se definen a sí mismos con el menea-menea o con el bardo de la esquina, sino que prefieren ser contados con la lengua lunfarda de un poeta sin dueño que no sentencia qué es qué.
Y en esta ocasión final, por las calles de Domínico se puede ver a su héroe: la gran bestia pop hecha de chicos sin batallas y padres veteranos, de nostálgicos noventosos y militantes explícitos, de almas de barrio y gente bien, de carteles apurados y de chabones sin dientes, de pibas dolidas y de varones huérfanos, todo un palo de personas cuya emoción inexplicable la define solamente lo indefinido en su canción.
Ah, también hay un tema del Indio para esta fecha fatídica. En Finisterre, track 4.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por UBA.
Publicó el libro «Cuentos arrebatados» (2026). @tomasvanes en instagram

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