PANDEMIA, VIDA Y MUERTE EN EL ENCIERRO

Motín en la cárcel de Las flores, Santa Fe. 25 de marzo de 2020.

Después de unos días de encierro en nuestras casas, por la pandemia del Covid-19, comenzamos a sentirnos extrañadxs, incómodxs, ansiosxs. Algo de lo inédito nos conmueve, no podemos encontrarnos con nuestros seres queridos, no hay posibilidad de abrazos, y la lejanía nos duele. El futuro se nos presenta como incierto.

En la cárcel pasa lo mismo. Caer en cana es una especie de cuarentena multiplicada por muchos años, y no precisamente con las comodidades —por más austeras que sean— de nuestras casas.

La normalidad en las cárceles, esa normalidad que las constituía como un espacio ajeno a quienes no la atraviesan o quienes no tienen seres queridos que la transiten, siempre fue de sufrimientos. Los mismos informes oficiales lo confirman: desde las pobres condiciones edilicias a la comida en mal estado, desde la casi inexistente atención médica al continuo verdugueo del personal del servicio, el encierro, la situación dada por el cumplimiento de una pena. No es solamente el encierro, es también la humillación. No hace falta tener una gran imaginación para poder pensar que es esperable que una pandemia global como la que atravesamos con el Covid-19, tensiona y pone al límite las vidas en el encierro.

Los dos tipos de encierro —el de la cuarentena por el virus y el del sistema penitenciario— con sus lógicas restrictivas y represivas, confluyeron. Se interceptaron. Y el globo estalló.



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Una respuesta

  1. Pablo
    | Responder

    Tremendo. Vamos que sale.✌

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