los días sin memoria, el cielo se pone gris

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Se desinflaron bajo el sol las ruedas de una bicicleta. Tendido a los pies de la cama, el vestido de jueves, sigue esperando el viernes por la mañana. A orillas del río, hundida en el barro, una caña bordó se quedó sin carnada. En el cruce de 27 con 9, solo el aroma de un perfume llegó al otro lado. Lechugas y rúculas siguen listas en una huerta. Una madre, con el chaguar en mano, espera a su hija para enseñarle a hilvanar. Domingo: la silla de la punta continúa vacía. La remera verde de él y el buzo negro de ella, siguen colgados en la soga bajo la lluvia. Se detuvo un reloj de cuerda. Hay tierra en el cenicero; no hay hielo en el vaso de whisky y el televisor, a todo volumen, le grita a un sillón vacío. Faltaron tres al partido de las nueve. El bastón sigue caído junto a la mesa de ajedrez. En el maternal, una batita celeste no fue estrenada. Un perro mira y mira hacia la entrada de la casa. Otras, mira hacia la puerta que da al patio. El agua hierve dentro de una olla a fuego lento. En la radio se oye, el silencio.

En la memoria, escribió Eduardo Halfon (Biblioteca Bizarra), las sensaciones son más intensas que los hechos, y las ausencias ocupan más espacio que las presencias. Algo que no tuvimos, que perdimos, que se marchó, deja en nosotros un vacío permanente, irreparable.

El veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis mis viejos caminaban por las calles de Montevideo sin conocerse. Desconozco si, en ese momento, estaban enterados de lo que sucedía en el país vecino. El veinticuatro de marzo de mil novecientos ochenta y cinco, nace mi hermana en la misma Montevideo. Seis años después que ella, migración por medio, en pleno estado de democracia y de crisis económica, nací en Argentina.

Crecí con las imágenes que abren esta columna y no con las de una, para ese entonces lejana, Montevideo. Imágenes de recuerdos fragmentados que, aislados, no narran. Aislados son las astillas de un país fracturado y convaleciente. Son las penas del pueblo arriesgándose al olvido. Pero, juntándolas y juntándonos, quizás, podamos narrar las mismas escenas, no solo cargadas de sentido, sino, completándolas con los nombres que allí faltan. Recordándolas. Recordándolos. Narremos.

Soy Nahuel Juárez, nací en Baradero pero vivo en Rosario desde el 2009. Estudio la Lic. en Comunicación Social de la UNR y participo en el Taller Alma Maritano de escritura creativa coordinado por el escritor Pablo Colacrai.
En 2016 publiqué mi primer y único libro Sería ser, editado por Escritor de la Legua. En el 2019 formé parte de la Antología Literatura en Flor, Rosario.
He llegado a instancias finales del Premio Itaú Cuento Digital, categoría General (2019-2022). También fui premiado en el IV Certamen Literario Osvaldo Bayer “Historias de Malvinas” 2022.
Algunos de mis cuentos fueron publicados en revistas digitales y en la actualidad realizo colaboraciones en la Revista MU de Lavaca.



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