NO HABRÁ NUEVA NORMALIDAD SIN CUIDADO DE SÍ

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La normalidad es el sentido común naturalizado, siempre ha sido así, pero las normas asumidas en su precariedad exigen desnaturalizar el sentido y entender que son incorporadas de manera singular, cuando un sujeto despierta a la materialidad que lo constituye. La alteración de la cotidianeidad que ha producido la pandemia nos recuerda verdades elementales sobre nuestra impropia constitución.

I. 

Siempre que planteo la cuestión del cuidado de sí, las prácticas de sí, el contento de sí emerge la sospecha de elitismo, solipsismo, individualismo, etc. Estamos tan tiranizados por mandatos y dicotomías brutales que ni siquiera podemos captar que necesitamos un cuerpo sano y una mente despierta para poder vivir, para vivir bien, para engendrar el deseo de cambiar el mundo junto a otros. El cuidado de sí es una práctica tan elemental como respirar y no requiere mayor sabiduría que la de reconocer qué aumenta y qué disminuye la potencia de obrar; saber práctico que atraviesa clases, géneros y edades, como he podido constatar por experiencia propia en innumerables oportunidades. Los primeros que ponen el grito en el cielo son, en general, los académicos o quienes portan saberes expertos, mandatos o consignas abstractas que nada quieren saber de un sujeto que pueda afirmar su potencia verdaderamente. Tendríamos que despertarnos de nuestros sueños dogmáticos, estamos a tiempo: nunca es tarde para ocuparse de sí.

II.

Entre tantas innovaciones técnicas y tecnológicas en las que transcurren nuestras vidas, a veces olvidamos lo más simple. Recuerdo que en un congreso de filosofía de la técnica propuse, inspirado por Foucault, dar vuelta la expresión del llamado: la técnica como filosofía, o la filosofía como “técnica de sí”. Me sigue gustando esa expresión, antes que “ejercicios espirituales” o “terapéutica de las pasiones”, con las cuales también se puede asociar la práctica filosófica a la que adscribo. Es un modo de salir de los debates circulares entre naturaleza y cultura, humanismo y poshumanismo, razón y afectos, ciencias duras o blandas, etc. La práctica filosófica entendida como técnica de sí muestra que el ser humano no existe en tanto tal, sino que se forma en un trabajo incesante de constitución en relación con la naturaleza, diversas especies, artefactos y saberes. Humano es lo que comprende que solo existimos en relación y que su singularidad se halla en esa indeterminación que lo caracteriza: un modo de responder ahí, cada vez más, ante múltiples y variadas afecciones. Esto último lo entendí mejor con Spinoza.

III.

La materialidad de la técnica que nos constituye no se contradice con la necesidad de discurso. Podemos afirmar incluso que todo es discurso, el asunto es qué discursos, enunciados o preceptos se asumen para constituirse en tanto sujeto de una verdad, que no es otra cosa que la puesta en práctica y ejercicio de esos discursos. Y cuando la práctica es la transmisión de saberes en torno a los discursos, no basta quedarse en ese nivel de constatación (o refinar el análisis hasta la obsesión), sino que se debe mostrar cómo la incorporación de ciertos discursos transforma a lo sujetos, incluidos los que dan o toman clases. La materialidad de los discursos que hacen a los sujetos no tiene nada de esencialista, pero tampoco es jugar con plastilina: hay que hacer cuerpo los enunciados. ¿Qué sentido tiene hablar de ontología discursiva si la palabra “onto-logía” ya implica la discursividad (logos) que afecta al ser? A no ser que se sostenga una reduplicación insensata del sentido: el discurso sobre el ser entendido (solo) como discurso. Mejor pensar en el ser de los sujetos y objetos en relaciones que exceden las estructuras discursivas, aunque nos sirvamos también de ellas para enunciarlas; esto nos conduce a las distintas prácticas de transformación y modos de implicación con los enunciados.

IV.

El cerebro es como un músculo: tiene cierta plasticidad, se entrena, hay que ejercitarlo. Por eso los pensamientos más difíciles no se logran de un día para el otro, hay que ir preparando el terreno con movimientos repetitivos, series alternadas, elongaciones graduales, variaciones coordinadas, etc. Las meditaciones y ejercicios espirituales cumplen esa función preparatoria para realizar pruebas o performances más complicadas. No basta con leer mucho y variado, o bien informarse, hay que ejercitarse en lecturas puntuales y encontrar las variaciones precisas acordes a nuestra propia constitución o complexión psíquico-afectiva. Poder asumir la muerte como parte de un proceso natural de transformación de la materia; no darle tanta importancia a nuestros problemas en función de considerar escalas temporales y espaciales que comprendan el conjunto universal y lo infinito; o alegrarnos por la simple posibilidad de existir; parecen pensamientos difíciles de sostener, pero son practicables de suyo.

V.

No hablo solo de cuidados en general, trato de ejercer el cuidado: que no haya abuso en el medio donde me constituyo como sujeto de habla, escritura, pensamiento. Invitar a lxs otrxs, interpelar a lxs otrxs a que respondan por lo que dicen, que lean y se comprometan en un proceso reflexivo, que no digan cualquier cosa, que no agredan o se crean que están en una competencia de opiniones. Poder decir que no, parar el automatismo idiotizante, cortar sin odio ni rencor, tomar la distancia necesaria sin cancelar completamente. Separar y distinguir los medios, relaciones y espacios. La transformación en lo cotidiano es posible en la medida que cada quien cultiva y se hace responsable por un espacio singular que no reproduce la normatividad de la violencia imperante. Por eso me permito elegir con quién juego y con quién no, en función de sus actos, sin rencor ni cancelación, con distanciamiento y corte.

VI.

Apenas estamos empezando a salir de lo más duro de la pandemia y lo peor que podríamos hacer es actuar como si no hubiese pasado nada; al contrario, tendríamos que abordar cada uno de nuestros actos como si todavía pendiese sobre nosotros el peligro inminente, teniendo presente el recuerdo de nuestros muertos, las imposibilidades prácticas y el temor a enfermar o morir. Con la consideración en simultáneo de esa gravedad, por un lado, cada acto y cada gesto (encuentro, escritura, juego, proyecto, voto, etc.) cobrarán su verdadera dimensión, por otro. No habrá retorno a ninguna normalidad, pero en este tiempo de excepcionalidades varias podemos elegir vivir de la mejor manera posible: una en la que cada acto cuente como si fuese el último.



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Seguir Roque Farrán:

Nació en Córdoba en 1977. Publicó los libros Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo, 2014), Nodal. Método, estado, sujeto (La cebra/Palinodia, 2016), Nodaléctica. Un ejercicio de pensamiento materialista (La cebra, 2018), El uso de los saberes. Filosofía, psicoanálisis, política (Borde perdido, 2018; El diván negro, 2020), Leer, meditar, escribir. La práctica de la filosofía en pandemia (La cebra, 2020), Escribir, escuchar, transmitir. La práctica de la filosofía en pandemia y después (Doble Ciencia, 2020), La razón de los afectos. Populismo, feminismo, psicoanálisis (Prometeo, 2020); editó junto a E. Biset Ontologías política (Imago mundi, 2011), Teoría política. Perspectivas actuales en Argentina (Teseo, 2016), Estado. Perspectivas posfundacionales (Prometeo, 2017), Métodos. Aproximaciones a un campo problemático (Prometeo, 2018). Es Investigador Adjunto del Conicet, Doctor en filosofía y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba, fue miembro del Comité Editorial de la Revistas Nombres, y lo es actualmente de Diferencias y Litura. Es miembro investigador del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-Conicet) y dirige el grupo de Pensamiento Materialista en dicho Programa.

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