
A Alicia y Julieta, mis amigas en la zona
Nostalgia:
Tristeza por estar ausente de la patria o del hogar o lejos de los seres queridos. (María Moliner. Diccionario de uso del español)
A mi alrededor la gente revolotea, se ríe, se emociona. Me doy cuenta, lo percibo como si todo eso pasara en un mundo paralelo. Parada frente al espejo no me reconozco. ¿Quién es esta mujer de pelo corto y ya algo canoso que lleva lentes para compensar la miopía y le asoman cicatrices en la piel? El espejo, en cambio, sí. Él sí que me reconoce. Él sí que puede ver debajo de esta imagen, a una nena, adolescente pero nena al fin y al cabo, de dieciséis años, pelo larguísimo y medio colorado, rasgos todavía infantiles, un marco grueso de maquillaje negro alrededor de los ojos, tan negro como la ropa que lleva puesta, de la cabeza a los pies. El espejo del viejo bar Berlín, en su última noche de puerta a otro mundo, sabe quién soy, como el conejo sabía quién era Alicia.
Hay ruido. Mucho. Y mucha gente alrededor. También abajo, afuera, en las calles cercanas. Hay una fiesta, una celebración callejera. Por el escenario ubicado en uno de los extremos de la cortada pasan, una a una, bandas que regalan pasajes a otra época. Hice una cola larguísima, apretujada entre gente que quiere entrar, otra que quiere salir del que fue un bar y mucha otra más que simplemente está ahí. Yo no sabía si quería entrar. No vine muy convencida. No me gustan las despedidas ni la nostalgia. Lo que termina, termina y punto final. Y esto, en verdad, había terminado hace mucho. Pero Liza y Juana, que iban al bar cada fin de semana con esa que todavía ve el espejo, me arrastraron hasta el pozo por el que caímos, me hicieron cruzar el mar de gente y me ubicaron junto a ellas en la fila. La travesía fue larga e implicó una lucha cuerpo a cuerpo con esa masa de gente que quiere ver, tocar, beber, bailar, recordar, viajar, volver a los diecisiete, como dice la canción. Yo tengo casi cincuenta y no quiero volver a los diecisiete ni a los dieciséis. Pero acá estoy, de pronto, del otro lado del espejo, un espejo que tuerce la imagen que me devuelve, como el de Alicia, y me lleva a un año lejano, en la Rosario de 1993.
Primeros noventa: Zeppelin
-¿Vos sabés con quién estás sentada, nena? ¿Sabés qué hace el gordo Ogui?
Esa pregunta me la haría mi amigo Emilio casi un año después. Yo abriría grande los ojos delineados en negro rabioso, parpadearía con aire inocente y me quedaría muda. No tenía idea de con quién estaba sentada. Frente a mí había un muchachote de rulos desordenados, inmenso, de voz gruesa, piel blanca y risa estruendosa que cada tanto golpeaba con la mano abierta la mesa de madera oscura del bar. Claramente alguien con quien no hubiera elegido compartir mesa. Pero ahí estaba. Mis amigas se habían ido medio entonadas a La buena medida, donde Emilio y otros escabiaban. Liza, borracha ya para ese momento de la noche, quería salvarlos vaya una a saber de qué. De hecho, al entrar al bar, dicen que exclamó: “¡Emi, te vine a salvar!” Juana la acompañó porque le parecía divertido y quería ir a buscar al flaco que le gustaba y que también estaba en el bar. Como yo no quería salvar a nadie —tenía serias dudas de si podría salvarme a mí misma— y estaba segura de que a Emilio y sus secuaces no les resultaría nada graciosa la excursión, me quedé ahí, hablando con unas conocidas que habían aparecido. La mesa donde estaba sentada se había ido llenando de gente, entre ellos, el entonces célebre —aunque yo no lo sabía— gordo Ogui, consumidor y pasador de merca, según Emilio.
Pero eso sería después, mucho después. La primera noche que llegamos al bar, temprano porque no podíamos salir muy tarde de nuestras casas, el sótano estaba vacío. Cierro los ojos y me veo, nos veo, vestidas de negro, bajando por primera vez. Un fuerte olor a encierro y a humedad nos esperaba al pie de la escalera. Todo estaba en penumbras, a excepción de una luz dirigida que iluminaba la barra. Éramos las primeras en llegar. Nos sentamos alrededor de una mesita contra una de las paredes. En seguida se acercó la moza, una chica varios años más grande que nosotras, colorada. Nos preguntó qué queríamos tomar y con cierta curiosidad empezó una charla que se continuó cada viernes de ese año y del siguiente. Pedimos una sangría que Mabi nos trajo ya preparada en una jarra de plástico color rosa. Con un vaso de sangría en la mano, nos dispusimos a observar. De a poco el lugar se fue llenando de gente. A las dos de la mañana, cuando todo parecía estar arrancando, nos tuvimos que ir. Dos y media era la hora límite para volver a nuestras casas.
Zeppelin, en una lista
Sangría (tinta)
Pasaje Zavala
Sostener el pelo de las amigas
Don Nicanor
Mabi
Decir que íbamos a otro bar
El piscuí
Los redondos
Caminar de Zeppelin a Conga
El Roxi
Sumo
El juego de las palabras que se acumulan
Vomitar en la vereda
“En ese lugar donde van no fumarán marihuana, ¿no?”
El bar era un sucucho en un sótano. Un sucucho con aura —palabra que aprendería algunos años después, en la facultad—, que se expandía a buena parte de la cortada sobre la que estaba emplazado, incluso a buena parte de los alrededores.
Lo que pasaba en Zeppelin podía pasar entre las mesas, o en el baño, o en la barra, o, por supuesto, en la escalera que, a medida que avanzaba la noche se iba llenando de gente instalada ahí a falta de mejor lugar.
Lo que pasaba en Zeppelin podía pasar en una especie de entrepiso diminuto donde había que estar sentada para que la cabeza no tocara el techo. No entraban más de tres o cuatro personas, pero desde ahí se podía acceder a algo de aire que venía de la calle y entraba por una ventana baja y alargada que desde afuera se veía al ras del piso y, adentro, marcaba la frontera de la pared con el techo.
Lo que pasaba en Zeppelin podía pasar en la vereda del bar. O en la de enfrente, donde por esa época había otro bar, también subterráneo, que se llama El Roxi, al que iba gente más grande, vestida de modo diferente al de los habitués de Zeppelin y que, en general, llegaban en parejas. (Nadie recuerda hoy al Roxy. Ni mis amigas ni otra gente que iba a Zeppelin. Yo, en cambio, tengo súper presente la puerta, la gente que cada tanto entraba o salía, una luz que había en el frente. Googleo pero no encuentro nada. La IA, siempre tan solícita, me corrige cortésmente señalándome que debo de estar confundiéndome con el famoso bar de Buenos Aires que llevaba ese nombre, que en Rosario no hubo un bar en los 90 llamado así y me habla de un boliche en Pichincha pero en esta época. La IA no entiende nada. Estoy segura de que El Roxy existió. Yo no entré nunca, pero lo miraba con curiosidad desde la vereda de enfrente, que era mi vereda, la vereda de mi bar, del mío y del de mis amigos).
Lo que pasaba en Zeppelin podía pasar en la esquina de calle Mitre que por aquel entonces era la esquina más angosta de Rosario, o en la plaza que todavía no era la plaza del Che. O en la esquina de Sarmiento, ya en declive porque a esa altura de la cuadra, el terreno se comba y empieza a bajar como buscando el río.
Toda esa área definía algo así como una zona, “la Zona Zeppelin”.
En la zona Zeppelin nos enamoramos, nos emborrachamos, intentamos salvar destinos, nos separamos, nos reencontramos con ex en situaciones poco precisas, discutimos o nos reconciliamos por un momento, tuvimos romances de unas horas, nos ilusionamos y nos desilusionamos, lloramos y nos reímos, a veces todo en la misma noche, a veces en semanas consecutivas, con frío y con calor, con más plata —que igual siempre era poca— y con menos.
Probamos cosas que nunca antes habíamos probado y que, quizás, alguna vez pensamos que no queríamos probar.
Descubrimos un mundo tan extraño como seductor. Tan encantador como peligroso.
Empezamos a entender el mundo.
Nos hicimos grandes sin perder del todo la inocencia y los rasgos infantiles.
En la zona crecimos sin darnos cuenta.
Segundos noventa: Berlín
Tal vez fue el año 1996, tal vez el 97, pero fue por ese tiempo. Por aquellos años yo iba a Luna los viernes o sábados a la noche, cerca de la cortada pero fuera de “la zona Zeppelin”. Alguien del grupo de la facultad con quienes salía por ese entonces, propuso ir a un bar nuevo antes de llegar a Luna donde la noche empezaba a las tres de la mañana. El bar resultó estar arriba del viejo Zeppelin, tenía ventanas (diferencia no menor), un escenario, una barra más grande y había luz. Poco o nada más que la ubicación me hizo pensar en el viejo bar al que iba de adolescente, apenas unos años atrás, pero me gustó. Era un lugar más limpio y mejor iluminado.
No sé cuándo dejé de ir a Zeppelin, cuándo dejamos de ir. No sé si fue una decisión o simplemente fue sucediendo. No sé si fuimos espaciando las visitas o de golpe no fuimos más. El final de la escuela secundaria abrió un hiato. El trío que formábamos se desintegró por un tiempo, cada una en una carrera diferente, explorando un territorio distinto, ocupada en su nuevo presente. Cada uno de esos espacios nuevos tenía también nuevas personas con las que salir, vivir aventuras, hacer imprudencias.
Empezar la facultad fue descubrir un espejo en el que aparecía un mundo nuevo que no dejaba tiempo para el anterior. Todo eso ocurría con una música de fondo que nos hacía avanzar alegremente, sumando personas en el camino, sin darnos cuenta de la distancia recorrida, entre chistes y lecturas y días de estudio y noches de cerveza y nuevas canciones, nuevos amores, nuevos amigos.
Nos reuniríamos las tres de nuevo, claro. Con el tiempo volveríamos a armar ese trío que, asentado en el pasado compartido, sin embargo, no tenía nada de aquel. Pero eso sería después, mucha vida después.
Volví muchas veces a Berlín después de esa noche. Volví a tomar algo, a escuchar música, a ver teatro. Volví a aturdirme durante algún duelo, a reencontrarme con alguien, a despedir fantasmas, a recibir recién llegados. Volví cada semana o por épocas; cada mes o cada tanto. Volví como previa, como segundo plan y como la salida de la noche. Volví para hacer tiempo, para hacerle pata a alguien, para conocer una banda, para escuchar radio en vivo. Volví con amigos y volví con mi sobrino. Volví como estudiante y como profesora. Volví una vez y al abrir la puerta, lo primero que vi fue a Darío Grandinetti acodado en la barra, como un habitué más.
Todo eso pasaba en Berlín.
Berlín, en una lista (incompleta)
Cerveza
Pasaje Zavala (primero)
Desconcierto en sí
Jekyll and Hyde
El regreso del Coleacanto
Lulo
Match de improvisación
Caminar de Berlín a Luna
Pichuco
Pasaje Simeoni (después)
Aldo El-Jatib
La parrillita Norte (o Don Alberto)
¿Berlineamos?
Los Bajos de Berlín
Ya no sé si cuando fui a Berlín por primera vez Zeppelin seguía funcionando, si cuando se extendió hacia el local de al lado y de golpe ocupó el doble o el triple de espacio de lo que era y se volvió un lugar para bailar seguía siendo Zeppelin. Pero en algún momento Zeppelin se fue y el local de abajo se convirtió en Los bajos de Berlín a donde fui a bailar algunas noches con ese sabor agridulce de saber que ahí había habido otra cosa, que había historia en el lugar pero también en mi cuerpo en el lugar, en definitiva, que había historia y que yo era parte. Bailaba rock and roll hasta la madrugada, la música que pasaron desde siempre, pero algo del aura de aquel viejo Zeppelin se había perdido allá al lado.
2026. Las ruinas de Berlín
El flash de la cámara de un telefonito me encandila y devuelve al espejo a la mujer de hoy. Ya no hay doble fondo. Ya no hay viaje, ni conejo, ni agujero. El espejo me devuelve a una mujer que tiene canas y usa lentes y necesita crema para humectar la piel. Una que ya no viste de negro aunque perdió casi toda su inocencia y ya no reconoce ningún gesto infantil en su cara. Juana y Liza hacen fotos, miles de fotos, en las que seguramente estoy incluida, estuve incluida mientras viajé a través del espejo. Nos siguen apretujando otras personas que también quieren asomarse, encontrarse con las que son y las que fueron, sacarse fotos, adivinar en caras ya maduras los gestos juveniles de quienes compartían noches y tertulias y bailes y copas. Dosar el nivel de nostalgia en sangre.
Mis amigas están exultantes, se ríen, disparan el teléfono, hacen caras, me piden que las haga yo también, saludan gente acá y allá. Supongo que estuve y estoy haciendo todo eso que ellas hacen, pero en un segundo plano.
Afuera, la música sigue sonando. La gente llega pero nadie se va. Espío por la ventana y veo que la multitud crece, que todos son felices en la calle, con la música, aunque casi no se pueda respirar, como si estuviéramos en el sótano de Zeppelin y no entrara un alfiler y hubiera que esquivar cuerpos, vasos, botellas para subir la escalera, a las tres de la mañana, una vez más. Como si no fuera una despedida. Como si la nostalgia hubiera desaparecido del diccionario. Como si la noche no terminara nunca. Como si fuera un baile infinito, eterno. Eso. Una noche más, eterna, en la zona.
Julio/agosto 2026

foto: Matías Martín
Cecilia Reviglio escribe desde antes de aprender las letras. Copiando a su hermana mayor, llenaba cuadernos de nubecitas que acomodaba unas al lado de otras para leerlas en voz alta. Actualmente, da clases vinculadas con el área de los lenguajes en la facultad y en un profesorado. El aula de clase es uno de sus lugares de felicidad. En 2011 se animó a ensayar la escritura de ficción. En 2012, empezó a ir al taller que coordinaba Alma Maritano y desde 2016, al de Pablo Colacrai. Ahí aprendió el valor de los espacios colectivos para una actividad solitaria y conoció a los compañeros con quienes compartió la aventura editorial cooperativa de Río Ancho ediciones entre 2013 y 2016, y al grupo que la desafió a escribir para niños y a pensar la escritura colectivamente. Algunos de sus cuentos se publicaron en antologías, diarios y revistas. Es autora de la novela corta, La casa frente al mar, el libro de cuento infantil Ojos de galera e integra los libros colectivos Cinco historias con Belgrano y Cinco entre cientos. En 2024 publicó su primer libro de ensayos, La pregunta por la escritura.

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