queman a un niño / sabrina morelli

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I. Un niño es quemado

Un niño es quemado. Una mujer habría muerto por un accidente doméstico. “Accidente doméstico” es una categoría encubridora. “Accidente doméstico” suele archivar-esconder-disfrazar-perpetuar violencias. No se habla del tema. Una mujer podría haber sido asesinada. Podría tratarse de un femicidio. Un niño quemado perdió a su madre. Un niño quemado sobrevivió (en la terapia intensiva) al incendio. Su madre no sobrevivió (¿cuánto tiempo habría llevado sobreviviendo?). A un niño quemado no le cuentan que su madre ha muerto.

Un niño quemado sentirá la violencia en su vida de múltiples maneras, quizás un poco menos si ese nombre, esas palabras que faltan, llegan a ser nombradas. Un niño quemado tiene ahora por madre a una abuela.

Esa abuela tiene la garganta anudada-obstruida: perdió a una hija. Es tanto el dolor, que la abuela dice ser la madre del niño quemado. Es tanto el dolor, que ella reemplaza a su hija. Una generación es mutilada, devorada por el fuego. Su nieto le dice mamá (es la única palabra que pronuncia). No sabe la verdad: la muerte no se nombra (la excusa: tiene tres años). El nudo: “No, tu madre no está muerta, a tu madre no la mataron, tu madre soy yo” (1).

No escribí un niño “se” quema. Un niño que apenas camina, no se quema. Alguien deja que se queme, lo quema. También es cierto que otro niño podría quemarse en un accidente. Pero también es cierto que a veces hay intenciones, además de accidentes. ¿Quién quema al niño? Alguien incendió a su madre. Hay muertes. Pero también hay asesinatos. Hay asesinatos y muertes que no se nombran (nuestra historia social da cuenta de ello). Quemaron a un niño en un femicidio.

II. Nadie dijo violencia

Algunos años atrás, a los pocos días de comenzar a trabajar en un hospital especializado en la atención a pacientes quemadxs, me invitaron a una clase conjunta sobre prevención. Creí que hablaríamos de violencias. “El tema no es la violencia, es la prevención de quemaduras” (coro) (2). A los pocos días de llegar, la palabra violencia me atravesaba el cuerpo y no entendía por qué no encontraba resonancias ni asidero más que en el silencio, en la interrupción. Recuerdo muy fresca la sensación de mi desconcierto: en esa clase no continué cuestionando al interlocutor, finalmente me adjudiqué la desubicación. Me remonto al inicio: el temario para concursar el cargo incluía como ejes temáticos al duelo y su manejo, al trauma y su manejo, al juego según las etapas evolutivas. Como el temario llegaría unos pocos días antes del examen y en los cuidados paliativos —de los que venía— sobraba el trauma y el duelo, asumí que el tema que tendría que estudiar sería el maltrato infantil. Marco de protección de derechos de niñas, niños y adolescentes. Abuso sexual infantil. Violencias en la infancia. Investigaciones sobre quemaduras y maltrato infantil. Epidemiología. Violencia familiar. Pero no: juego y duelo. Y en esa clase iniciática tampoco, porque la estadística se impone con sus números: “¡hablemos de la prevención de quemaduras en la cocina!”. La voz anónima y total del reduccionismo dice: en el sistema de salud se curan enfermedades y aquí, se curan heridas de accidentes. La violencia está tan a la vista que no se ve (en la visión hegemónica) y nos atraviesa con un dolor mudo.

III. ¿Quién pega?

“Pegan a un niño” era para Freud el nombre de una “fantasía de flagelación”, una “confesión” de sus analizantes, que les “costaba gran violencia” comunicar. Aclarando que dichos analizantes “sólo muy raras veces habían sido golpeados en su infancia”, las preguntas que delimitó Freud fueron: ¿Quién era el niño maltratado? ¿El sujeto mismo de la fantasía u otro niño distinto? ¿Y quién era el que maltrataba al niño? ¿Una persona adulta? Y entonces, ¿qué persona era esta? ¿O imaginaba el niño ser él mismo quien golpeaba a otro? Estos interrogantes freudianos no recibían más respuesta que: “no sé, pegaban a un niño”. Esa habría sido la respuesta en los seis casos (cuatro mujeres y dos hombres) en los que Freud basó tal análisis. Finalmente, Freud afirmó que el adulto es “inequívocamente el padre”. Sin embargo, “yo soy golpeado por mi padre” —segunda fase de la fantasía, inconsciente y masoquista— sería una “construcción del análisis” que no habría tenido nunca “existencia real”. Para la fantasía erótica e incestuosa freudiana, “ser golpeado” es “ser amado, degradado por regresión”. No trataré aquí de abordar una suerte de “genealogía amorosa del fantasma” (J.-A. Miller), ni de hacer una crítica para descolonizar el inconsciente (S. Rolnik), que perpetúa la erotización de la subordinación; sino de considerar que esa fórmula que era una fantasía inconsciente masoquista, es una realidad cotidiana de muchísimxs niñxs: no es una construcción, es maltrato infantil.

Breve rodeo histórico: recién hacia fines del siglo XVII comenzó a consolidarse el sentimiento moral y espiritual hacia la niñez, con la conformación de la familia nuclear moderna, dando inicio al anudamiento entre identidad, intimidad y sentimientos. A pesar de esto, los derechos de los animales fueron anteriores a los de lxs niñxs. En 1874, la niña norteamericana víctima de violencia familiar, que conmovió a la opinión pública, tuvo que ser creativamente homologada en el juicio a un animal, ante la falta de un marco legal de protección de derechos de lxs niñxs y no así de una “Sociedad Protectora de Animales”. La Declaración de Derechos de lxs niñxs aconteció recién en el siglo XX.

Vuelta al hospital. Por mucho tiempo el festín de la conversación en las salas de internación de niñxs fue cantar el canto patriarcal: que el padre falta, que los límites y el orden faltan, que la madre se desborda, enloquece, psicotiza, asfixia o quema. Falta padre… Y sobran progenitores que atropellan, que se apropian de los cuerpos (de las mujeres y de lxs niñxs), que violentan, que desalman.

IV. Nadie dijo muerte

Una familia está internada en diferentes habitaciones del mismo hospital. Una madre muere. Un padre muere. Una hija pequeña sobrevive. La niña pregunta por su madre. El dolor nos deja en silencio. Mudos.

Para cierta pedagogía pediátrica instituida —en consonancia con cierto sentido común—, la muerte no se pronuncia. No se puede escuchar que el niño pregunta. La transmisión de que la madre, el padre o unx hermanx del niñx ha muerto, será privada (privatizada): la transmitirá su familiar (verá cómo y cuándo). Hay que “proteger” al niñx. Eufemismo en que funciona la inestable categoría de “la niñez”: entre la infantilización —peyorativa— de su entendimiento del mundo y el adultocentrismo que extrapola su percepción.

Algunxs se horrorizan por anticipado al ver destruida la imagen idealizada de una infancia anónima, una infancia-reservorio de lo ideal, del no-sufrimiento, despojada de realidad, una infancia-edén de cada uno (que tampoco), una infancia que no es niñez. Que no es la de la niña de 6 años que pregunta por su madre.

Nos desentendemos. ¿Pero acaso se puede proteger a alguien vía el ocultamiento? ¿Vía la decisión paternalista de hacer caso omiso a lo que pregunta y decidir por anticipado que no podrá escuchar?

A veces, se suman algunas voces psi que vienen de lejos, y advierten: “hay que transmitir desde la castración”, “desde el dolor de ser el familiar y estar atravesadx por esa situación”, etc. Y así, se elude que también es responsabilidad profesional del equipo de salud responder a la niña por su madre internada desde y en la misma institución, que ha muerto.

Una mentira por respuesta, una postergación. Y el/la niñx queda sólx, aisladx, sin derecho a saber la verdad. Se cansa de preguntar. Más adelante vendrá el reproche por el circo de mentiras que construyeron a su alrededor. Y los síntomas. En este circo, los tiempos se fetichizan: encontrar el tiempo “oportuno” se vuelve aliado de la procastinación, de la renegación, del desentendimiento.

Para lxs profesionales del sistema de salud, proclamar que sea responsabilidad de lxs familiares, implica olvidar-rechazar nuestra responsabilidad en la transmisión de la información, que no se reduce a un diagnóstico, al nombre de un procedimiento o sus alternativas, a un pronóstico, a un nombre técnico. Lxs pediatras paliativistas saben de esto: no subestiman a lxs niñxs, ni a su percepción y entendimiento. Acogen y acompañan su dolor. Están a la pesca de las oportunidades.

V. Nombrar lo que (nos) duele

En los dos recortes clínicos, la muerte se hace presente en un lugar donde no se la espera. Casi nunca se la espera. A veces se la busca. A veces se sobrevive.

En un caso, se trata de la realización extrema de la violencia hacia las mujeres, en conjunto con la violencia y los malos tratos a las niñeces.

En el segundo caso, se habría tratado de un accidente en un contexto social de vulnerabilidad, donde también podemos hablar de otras violencias estructurales.

Algo que une a las dos situaciones es la enorme dificultad para nombrar tanto a las muertes y a sus causas, como a lxs muertos para sus deudxs; a las violencias, al sufrimiento.

Destinos trágicos resultan del silencio.

Injusticias resultan del silencio.

Nombrar es una llave de apertura a los duelos, a la restitución y (re)construcción de la historia (que podrá ser) la propia, a la continuidad psíquica de las generaciones, de la filiación, a la posibilidad de construir(se/nos) un futuro.

Necesitamos permitirnos y tomarnos el tiempo necesario para acompañar a nombrar con lxs niñxs, sus responsables afectivos y sus entornos, para reticular historias, relatos, tramas, en función de cada pregunta: porque cada una de ellas es la clave de lo que cada niñx quiere y puede escuchar en ese momento. Estar disponibles y al acecho, porque ésa es también una función desde el hospital. Armar estrategias interinstitucionales para intentar tejer en los agujeros de las tramas deshilachadas de la vulneración, para —en lo posible— evitar caídas o aliviar golpes.

El horizonte de trabajo sería poder introducir algunas modulaciones de la ternura en este territorio “hospitalario”, permear el terreno, aliarnos en intervenciones colectivas en el espacio púbico —que vayan quebrando la totalización paradójicamente fragmentaria de, en este caso, el hospital “quirúrgico”— para reorganizar el campo simbólico, a modo de incluir, nombrar y acompañar a lo que se excluye (por saturación): muerte y violencias.  

Notas

  • Los recortes clínicos están ficcionalizados para preservar las identidades personales. Condensan en sí mismos varios entramados de hechos y situaciones que se repiten, y que fueron más complejas aún que lo que se recorta y resume aquí.
  • Entiendo aquí por “coro” al anudamiento de la voz hegemónica: lo decible y escuchable instituido. Por supuesto, hay voces que se desvían. Quizás más cercanas al ruido, a una estridencia que estalla por momentos, que desentona en el canto institucional, que resiste (resistimos). El coro adormece. A veces, nos juntamos y hacemos ruido, nos despertamos.

Sabrina S. Morelli. Psicóloga. Ex residente de Salud Mental en el Hospital Ramos Mejía, ex residente y jefa de residentes de la residencia interdisciplinaria en Cuidados Paliativos del Hospital Udaondo. Psicóloga de planta del Hospital de Quemados (CABA). 



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