se puede borrar la memoria? /vivian palmbaum

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El 24 de marzo de 1976 se inició en nuestro país, en consonancia con la región, una dictadura que se sostuvo a fuerza de persecuciones, asesinatos, desapariciones, tormentos, campos de concentración y se hace difícil continuar enumerando una lista de vejámenes que aún no se han esclarecidos y que ofenden la condición de humanidad. El régimen vino a dar por terminado un gobierno que estaba próximo a las elecciones democráticas. El peronismo que había sufrido la proscripción durante 18 años, con una feroz persecución y muertes, donde estaba prohibido hasta nombrarlo, había podido retornar a la vida democrática y ganar las elecciones en 1973 hasta que a principios de 1976 fue derrocado por la fuerza. Así es que destruir es conservar. Fue entonces que aquella proscripción forjó un movimiento de resistencia frente a la barbarie de sucesivos gobiernos de las fuerzas armadas. Lo que siguió a ese 24 de marzo fue el período más negro de la historia reciente de nuestro país.

La memoria se ha abordado de distintas maneras. Memoria y olvido conforman un continuo, sin embargo, la negación de la memoria es una acción de la voluntad humana a diferencia de lo que se olvida que pertenece al plano de lo involuntario e inconsciente.  Dichos recuerdos retornan muchas veces de otros modos; Freud nos lo mostró en la psicopatología de la vida cotidiana, con los olvidos de nombres propios, en los sueños, y en otras formaciones del inconsciente donde algo de eso reprimido ha sido tomado bajo una forma menos advertida y se presenta como una extraña a nuestra intelección.  

La memoria muestra su carácter de ficción, construida con retazos que vienen a nuestro encuentro y bordean un centro ausente, porque no hay un todo que completar. Sin embargo, la historia de los pueblos constituye un fondo común que es fuente de cohesión entre quienes habitamos los mismos territorios.  Fueron los testimonios de las y los sobrevivientes, en los juicios de Lesa Humanidad, los que permitieron reconstruir ese rompecabezas que hace a nuestra memoria colectiva. Algunas palabras, como nos enseña el psicoanálisis, vibran en el cuerpo, con un peso significante en nuestras vidas. Es desde ese centro ausente que la palabra desaparecido adquiere sus resonancias. Una palabra que pronunciada por un genocida muestra que ha quedado elidido el término “forzada”, porque aquellas desapariciones fueron forzadas. El dictador Videla interrogado acerca de la desaparición de personas decía: “ni vivos ni muertos”, para referirse a unas vidas que quedaron en suspenso, que continúan suspendidas porque no tenemos rastros de esa cifra, 30.000, que constituye el corazón de la memoria corroída por el dolor.  Pero no solo han hecho desaparecer esas vidas, sino que también las identidades de personas nacidas, hijas, hijos, nietas y nietos, han sido usurpadas y estos crímenes no cesan de escribirse.

Escribía Jean Luc Nancy sobre la Shoah, que “saber una verdad acerca del mal no lo cura”.  Es entonces que no es la rememoración lo que nos salva de la repetición, sino su elaboración, no como una memoria estática que como un monumento hay que honrar, dejándola congelada. Nos vemos entonces con una memoria presente, una visión del mundo que en aquel entonces se quiso imponer y que no fue esclarecida, porque sus responsables no fueron interdictos, ni juzgados, sino que solo alcanzó a quienes lo ejecutaron a través de las armas y de las más crueles maneras de exterminar, que aún no terminan de ser juzgados. Estos verdugos se encargaron de instalar la lógica de la sospecha, “por algo será”, para intentar borrar las huellas de una sociedad solidaria. Detrás de las más bestiales y feroces acciones se escondía la instalación de un régimen económico que nos dejaría sumidos en un sistema económico inescrupuloso que nos volvía (y nos vuelve hoy) un poco descartables.

Quienes se vieron beneficiados, y aún se favorecen, fueron los grandes capitales transnacionales que gozan de impunidad. Vemos entonces el retorno de aquello mudo, que fue silenciado, escondido, omitido bajo unas nuevas y feroces políticas que se actualizan para intentar mancillar la condición humana de quienes vivimos en esta tierra. El terrorismo de Estado de aquel entonces, ejecutado por la fuerza de las armas, fue una dictadura cívica, militar y eclesial que aún nos compromete, a través de nuevos rostros, con discursos más refinados, con una artillería mediática que aprovecha la grave crisis de representación que nos ha dejado a merced de nuevos buitres.

A poco de constituirse la ex Esma en un Espacio de Memoria, el periodista e historiador Osvaldo Bayer afirmaba que hemos olvidado que somos hijos de la tierra, un vínculo que se ha borrado a la par que avanza el daño irreparable que provoca la mercantilización de la vida. Nuestras memorias hunden sus raíces en tierras que fueron colonizadas a fuerza de exterminio y borramiento de nuestras ancestralidades. Sin embargo, la incansable búsqueda y firmeza de Madres y Abuelas es la que nos guía para continuar resistiendo y enfrentando a un nuevo viejo poder que reivindica la muerte por sobre la vida.

 ¡30.000 detenidos y detenidas presentes, ahora y siempre!

Vivian Palmbaum, psicoanalista, miembro de la Escuela Abierta de Psicoanálisis e integrante del proyecto Propuesta Tatu



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