seis pasos / raquel barrionuevo

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A la hora que llego somos pocos. Es una estación fea. Nos sentamos distanciados y nos saludamos con una bajada de mentón. Mismo escenario, misma coreografía, todos los días de febrero a diciembre.

Siempre trato de llegar diez, quince minutos antes que el tren, los necesito para organizar un poco el día. Pero esta mañana, la presencia de esta mujer nos perturbó un poco la rutina, especialmente a mí porque está sentada en mi lugar.

La miro sin tapujos, me jodió la mañana.

Tiene los ojos cerrados y mojados, unos treinta años o menos, vestida con ropa limpia, pero vieja. Está sentada erguida con los brazos a los costados del cuerpo y se aferra al banco con tanta fuerza que tiene los dedos amarillos.

Se oye la bocina del tren, se lo ve aparecer en la curva. Nos levantamos y avanzamos unos pasos. Ella camina rápido hasta el borde del andén, vuelve a cerrar los ojos y las manos en puño.

Se va a tirar.

Me acobarda la idea y retrocedo un paso. El tren, a pocos metros. Los frenos hacen chirriar las ruedas. Un segundo antes de que la máquina nos alcance, ella retrocede, casi corriendo, y se sienta. Se aferraba al banco. Otra vez los dedos amarillos.

No subo. Quedamos solas.

Se quiere tirar.

No sé qué hacer. Dejo mi lugar. Me siento a su lado. El próximo tren llega en veinte minutos.

—¿Te sentís mal?

Silencio.

—¿Sos de por acá?

No responde.

Jamás me sentí tan inútil. No sé qué decir. No digo más nada.

Los minutos corren. Veinte minutos no son nada cualquier otro día. Hoy lo son todo.

La bocina nuevamente. Se me eriza el cuerpo entero.

Ella se pone de pie y camina hasta el borde. Yo, un paso detrás, con el corazón oprimido. No puedo hablar ni me atrevo a tocarla. La miro hasta el segundo antes de la pasada del tren, segundo en el que ella retrocede y, esta vez, lentamente vuelve a sentarse.

Otra vez sus ojos cerrados y mojados, otra vez los dedos amarillos. Otra vez me quedo.

No sé su nombre. Sé que hoy va a morir. En veinte minutos, o cuarenta, o los que sean, pero se va a tirar. No quiere vivir más, está agonizando. Cada tren que llega es vida que se le va. Son seis pasos desde el banco, el coraje le alcanza para cinco. Se aferra al asiento, se encierra detrás de los párpados bajos. Se ahoga en su propio llanto. Sufre. Sufre porque está viva y quiere morir, sufre porque estar viva la hacer sufrir. O los vivos la hacen sufrir, o algún muerto, y quiere irse ella también.

La bocina grita en la curva, le queda poco. Se pone de pie, avanza cinco pasos, también yo. Le sujeto la mano y se asusta. Me mira con ojos de súplica y terror.

—Te voy a ayudar.

Sus ojos fijos en los míos, abiertos, mojados. Mis ojos en los suyos, decididos, compasivos. Sostengo su mano, no deja de mirarme, me aprieta fuerte, me clava las uñas, llora, lloramos.

Cuando queda un instante, un paso, el paso postrero de su vida, intenta retroceder, pero no la suelto y con toda mi fuerza, la empujo a las vías.

Nos seguimos mirando durante esas milésimas de segundos que dura la caída, me mira, llora y se arrepiente, no quiere caer y morir, al menos no ahora, no hoy, pero cae con violencia, con toda la violencia de la que fui capaz. Nada la separa del tren de su muerte y se derrumba hacia las vías, mientras sigue aferrada a lo único que la mantiene entre los vivos, mi mano.

Seis pasos, un cuento de Raquel Barrionuevo del libro Historias tangibles Arenz & Antich 2023

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2 Respuestas

  1. Lucas Ameijide
    | Responder

    Magnífico. Me aceleró el corazón por unos instantes.

  2. Jorge Sagrera
    | Responder

    Muy bueno. Recomiendo la lectura de ese libro.

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