Sobre «Mi abuela no usaba pantalones» | Regina Cellino

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Presentación

de

 Mi abuela no usaba pantalones, de María Gabriela Polinori

Leer este libro fue, para mí, descubrir que hay libros de cuentos cuya verdadera unidad no está en los personajes ni en los temas, sino en una forma de mirar el mundo. Desde esa intuición nace esta lectura.

Formalmente, Mi abuela no usaba pantalones es un libro de cuentos. Sin embargo, muy pronto el lector descubre que esos relatos no solo conviven: dialogan entre sí. Cada uno posee su propia autonomía narrativa, pero, en conjunto, van construyendo una misma conciencia. No porque sigan un orden cronológico, sino porque todos vuelven, desde distintos ángulos, sobre una misma pregunta: ¿cómo se forma una mirada?

La unidad del libro no está dada por una trama que avanza, sino por una voz. O, mejor dicho, por una sensibilidad que vuelve una y otra vez sobre la culpa, la belleza, la muerte, el deseo, la violencia, el silencio de los adultos y el paso del tiempo. Más que la reconstrucción de una infancia, estos cuentos componen la formación de una conciencia.

Retomando una idea de Ricardo Piglia sobre el funcionamiento del cuento, podría decirse que Mi abuela no usaba pantalones también construye un «relato secreto»: una historia que no se encuentra en ninguno de los cuentos por separado, sino que emerge cuando el lector los pone en relación. Ese relato secreto no es la historia de la abuela ni la simple evocación de una infancia. Es la historia de una conciencia que descubre, poco a poco, que detrás de los gestos más cotidianos se esconden las grandes preguntas de una época.

En ese sentido, el título constituye una verdadera declaración estética. No elige un acontecimiento extraordinario para nombrar el libro; elige un detalle. Un detalle que, al principio, produce extrañamiento y reclama un contexto. ¿Y por qué habría de usar pantalones? Ese pequeño desconcierto es también el procedimiento del libro. La narradora parte una y otra vez de escenas que para la niña eran normales, misteriosas o simplemente incomprensibles. Solo con el paso del tiempo esas escenas adquieren un significado más amplio. El título no sólo nombra el libro: enseña cómo leerlo. Nos invita a prestar atención a aquello que parece insignificante, porque es precisamente allí donde la memoria guarda lo esencial.

El libro no convierte lo pequeño en símbolo de lo grande; hace algo más sutil:

muestra que lo grande siempre estuvo contenido en lo pequeño. La Historia nunca aparece separada de la vida cotidiana. Habita una conversación escuchada a medias, una ausencia, una caja de herramientas, un guardarropa, un gesto familiar, una frase dicha al pasar. Los acontecimientos históricos no irrumpen como explicación, sino como experiencia.

Uno de los mayores logros del libro reside en la construcción de la voz narrativa. La niña observa mucho más de lo que comprende, y es precisamente esa distancia la que vuelve los relatos profundamente conmovedores. Polinori evita que la mirada adulta explique retrospectivamente aquello que la infancia todavía no podía nombrar. Confía en la inteligencia de esa mirada incompleta, curiosa y atenta, y también en la del lector, que acompaña ese proceso de descubrimiento.

Uno de los cuentos donde esta poética alcanza una intensidad particular es «Moni». Allí la Historia se manifiesta desde la experiencia íntima de una niña que intenta comprender una ausencia. El horror nunca desplaza la mirada infantil; por el contrario, es esa mirada la que permite dimensionarlo con una potencia singular. 

En ese relato además aparece una frase que parece condensar el origen mismo de la escritura: «Anoté en mi cuaderno de viajes y pensé que yo también era un poco cuentera, como mi papá». Antes que escritora, la narradora descubre la necesidad de contar. No hereda solamente una forma de narrar; hereda el impulso de transformar la experiencia en relato. Y quizás sea ese impulso el que sostiene todo el libro y que además dé origen a la voz narrativa.  

Al finalizar la lectura, no permanece únicamente el recuerdo de los personajes o de los episodios narrados. Permanece, sobre todo, una forma de mirar el mundo. Y esa es, probablemente, una de las mayores virtudes de Mi abuela no usaba pantalones: demostrar que una época también puede contarse desde sus detalles más pequeños, porque es allí donde una vida íntima se encuentra con la Historia colectiva.

Porque, en definitiva, Polinori parece decirnos que una vida no se recuerda por sus grandes acontecimientos, sino por esas imágenes mínimas que el tiempo conserva. La literatura, entonces, no hace otra cosa que volver sobre ellas para descubrir todo lo que siempre habían contenido.

Regina Cellino, agosto 2026

Regina Cellino es editora, escritora, traductora y docente. Dirige Le Pecore Nere Editorial, sello independiente especializado en literatura contemporánea y libros para las infancias. Es Doctora en Literatura y Estudios Críticos, Magíster en Literatura Argentina y Profesora en Letras. Desarrolla proyectos de edición, formación y promoción de la lectura en Argentina y el exterior.

El libro Mi abuela no usaba pantalones de María Gabriela Polinori se presentó el 1 de agosto en Cayetano Vermutería y Regina Cellino fue la invitada a conversar con la autora. Este es el texto que fue la base de esa conversación donde Regina además hizo preguntas a la autora sobre el libro.

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