UN ARGENTINO EN ARKANSAS

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ESTADOS UNIDOS DESDE ADENTRO

Es sábado 27 de enero del año 2018. Estoy cruzando la ciudad de Conway, en el estado norteamericano de Arkansas, arriba de un Uber manejado por lo que a la vista es una típica trabajadora de la clase media del interior de Estados Unidos. ¿Hacia dónde me dirijo? Por supuesto, al complejo de compras a cielo abierto de la ciudad.

–¿De dónde vienes ustedes? –dice apenas dejamos el campus de la universidad.

–De Argentina. Estamos acá por una beca. Nos quedaremos unos meses – respondo.

–Ah… una beca. Como un intercambio. Interesante. ¿Les gusta Conway?

–¡Sí! Muy bonito, muy tranquilo, lleno de verde –responde una compañera.

Unos minutos más tarde, la conversación liviana se diluye:  

–¿Pueden ver esas casas de por ahí, de construcción precaria? –Mientras alza la mano derecha con el índice extendido para orientarnos sobre el parabrisas.

–Sí, ¿qué tienen? –responde otra compañera.

–Las habitan los vagos, los que no hacen nada. Este país es injusto con los que trabajamos. El gobierno les paga todo, viven de subsidios. Incluso las casas las construyeron con dinero público. Y yo que estoy todo el día arriba de este auto me tuve que mudar desde Indiana con mi hija porque allá no llegaba a fin de mes. En Arkansas los impuestos son más bajos y puedo vivir un poco mejor. 

Nadie respondió. Llegamos a destino y rápidamente nos sumergimos en las góndolas de las principales tiendas de firma (multi)nacional con sucursal en Conway. Es que incluso en el más recóndito pueblo del interior más profundo de Estados Unidos uno encontrará las marcas que lo hacen sentir dentro. Tan fuerte es la cesura cuando uno cruza las puertas del mall que renunciamos rápidamente a sopesar la apreciación de la taxista sobre la sociedad en la que vive. Ni una sola palabra. Hasta hoy.

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Tengo el irónico honor de ser uno de los pocos argentinos que conoce el estado de Arkansas. Más aún, de conocer Conway. Una pequeña ciudad muy cercana a la capital, Little Rock, cuya vida gira en torno a la University of Central Arkansas. Con un campus ya centenario, de estilo británico, ubicado justo en el centro geográfico del plano, constituye la referencia de todo lo que se mueve en Conway. Rodeada de una vasta naturaleza conquistada por franceses –la Louisiana–, su prestigio se vincula estrictamente con su oferta educativa, cuyo financiamiento estatal la hace no sólo más accesible sino también más diversa, capaz de contemplar disciplinas que escapan a las lógicas recaudatorias. Habitada por familias de clase media, media-alta, en general blancas, las vidas de los conwayenses transcurren entre las aulas, los conciertos también universitarios, las tiendas, los montes y cursos de agua de la zona por los que hacen trekking, y la iglesia. Tan relevante es esta city upon a hill para la región que el mismo gobernador, un hombre de Bush, nos comentó en la visita que nos prepararon a la casa de gobierno, que sus hijos habían estudiado en Conway. No en alguna universidad de la Ivy League. Ni siquiera en la University of Arkansas, de mayor prestigio por su financiamiento privado y orientación hacia las exactas o tecnológicas. Los hijos de Asa Hutchinson habían estudiado en Conway. Todo un gesto necesario para un hombre que juega de local. Un tanto demagógico, pero así se ganan las elecciones.

Retomando, decía que, si tengo el irónico honor de ser uno de los pocos argentinos que conoce Conway o Arkansas, tengo la aún más extraña peculiaridad de haber visitado Estados Unidos por primera vez mediante la beca que me llevó disparado a ese punto periférico del mapa. ¿Me quejé de que la Comisión Fulbright me enviara a Conway y no a Boston, o a Nueva York, Chicago o Seattle? ¿Me quejé de que ni siquiera me enviara a Austin, Dallas o Nueva Orleans? En efecto. Me molesté conmigo mismo por no haberles dicho en la entrevista que my deepest wish era conocer Massachussets, o Illinois, o California. Sencillamente, confié en ellos. Pero éramos cientos de becados y no todos íbamos a tener el privilegio de subirnos al subway de Manhattan tres veces por día. Sin embargo, hoy, que todavía el mundo no entiende por qué Donald Trump es el presidente, y menos aún que haya aumentado las proporciones de su base electoral en los últimos comicios, puedo pensar que mi estancia arkansiana me ofrece más de una pista para asumir, primero, el fenómeno Trump –cosa que la mitad de los norteamericanos aún no consiguió hacer– y para comprenderlo después.

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Durante la década de 1980, Ronald Reagan lideró la transformación del perfil productivo de Estados Unidos. El proceso de desindustrialización fue en todo caso un proceso de relocalización de las fábricas en distintos países del mundo subdesarrollado, más amigables respecto de la legislación laboral y ambiental, y, por ende, más capaces de engrosar la plusvalía de los empresarios del centro. Mientras ese fenómeno se llevaba arrastradas a miles de familias cuyos padres y madres perdían sus empleos o pasaban a trabajar medio día y no llegaban a fin de mes, la economía productiva fue trocada por la economía financiera. Las relaciones de trabajo se transformaron. Se cambió el fordismo de Detroit por los corredores de bolsa de Wall Street. De la periferia al centro, las grandes ciudades fueron punta de lanza de un proceso de recualificación que sigue vigente hasta hoy. Con las inversiones inmobiliarias a la cabeza, se recompuso el paisaje urbano mediante el montaje de edificios de vidrio que, reflejados en el cielo, dibujaron un alto y acicalado skyline. Desde el interior de sus oficinas, la formación de diversos activos, no siempre estrictamente respetuosos de la ley, pasó a ser la preocupación central de las grandes fortunas, desplazando de su eje a las inversiones productivas. Ello, sumado a la aceleración de los diferentes tipos de turismo internacional de cuya recepción goza ya hace décadas Estados Unidos, volvieron a las grandes economías urbanas dependientes del sector de los servicios. La invariable presencia del Partido Demócrata en las alcaldías y gobernaciones previno que los efectos de ese nuevo tipo de desarrollo más volátil se desplegaran bajo sus formas más rapaces.

Porque si Reagan y los Bush fueron el padre y los tíos del hijo neoliberal, Clinton y Obama fueron los buenos padrinos que lo vieron crecer. Nada cambió durante sus presidencias en materia de macroeconomía. No revirtieron la desindustrialización, sino que matizaron el proceso acentuando las políticas culturales y de asistencia social. Diseñaron un oxímoron que Nancy Fraser llamó neoliberalismo progresista. Se podría considerar al estado de California como la versión territorial y a la ciudad de Nueva York como la urbana de esta invención demócrata. La agenda de los magnates de Wall Street o Silicon Valley cruzada con la progresía bienintencionada de los actores de Hollywood y los profesores de Columbia. Caben igualmente las preguntas: ¿fue la gestión Clinton socialmente más justa que la de Reagan? ¿Fue una etapa de inclusión la de Barack Obama? Sí, y sí, también. Pude ver en el Clinton Presidential Center de Little Rock las cifras de los avances sociales de los años ‘90 y comprobar una leve mejora. Por su parte, nadie dudaría que Obama fue, él mismo, su mejor ejemplo de inclusión: un afroamericano llegando a la primera magistratura de un país profundamente racista.  Sin embargo, el carácter socialmente restringido y políticamente condicionado de sus decisiones de gobierno los volvieron, a los ojos de la amplia clase media del interior de Estados Unidos, continuidades antes que rupturas. La reconstrucción del tejido social del interior fue muchas veces evocada, pero tantas menos demostrada. La clásica dicotomía del siglo XIX entre ciudad y campo parece, una vez más, resultar precisa para explicar no ya una pesada herencia sino el resultado del futuro. 

Pero lo llamativo de cómo se aplica ese binomio al estado contemporáneo de la sociedad norteamericana es que ha llegado a adoptar la forma de dos culturas que se niegan mutuamente, que no se otorgan entidad entre sí. Dos ejemplos. Uno, dado por el compañero de cuarto con el que me tocó compartir aquellos meses en Arkansas. Pierce era un típico joven arkansiano, blanco, flaco, de clase media, con auto propio, de modales someros, que nunca había estado en Nueva York, ni en Chicago, ni siquiera en Nueva Orleans. ¿Creía que eran lugares dignos de visitar? Claro que sí, pero no pensaba que les debía tan siquiera un paseo. Y su familia tampoco. Si salían de su casa, generalmente lo hacían para circular por la tan cercana Texas algún fin de semana, y regresar para seguir con sus asuntos mundanos y, para ellos, suficientes. El otro ejemplo es el de Katie, de Nueva Jersey, amiga de una compañera del grupo de becados, quien cuando le dijo que iba a pasar unos meses en Arkansas todo lo que pudo responder fue: “¿y eso a dónde queda? No tengo idea”. 

De esta forma, puede suponerse por qué la conductora del Uber, con la misma lógica de Pierce, en vez de mudarse de Indiana a una gran ciudad, volvió aún más agreste su paisaje: creyó que Conway sería una mejor opción. No porque hubiera más demanda, claro está, sino porque los impuestos serían más bajos. Porque el Estado sería más bien una ausencia y podría destinar sus ingresos a mitigar el daño de su condición recaudatoria. Esa mujer, de aproximadamente 50 años, había crecido durante la última década (1970) en que el American dream funcionó como utopía de la clase trabajadora. Una época en que la movilidad social ascendente todavía era un hecho. Años en los que se creía que los hijos estarían mejor que los padres por haberlo corroborado ya con una o dos generaciones anteriores. Sin embargo, desde los años ’80 en adelante esa dinámica se detuvo y, es más, se invirtió. Los hijos pasaron a estar igual o peor. Y quienes más oportunidades de escapar a ese ciclo regresivo tuvieron, fueron los residentes de las grandes urbes. De hecho, se constituyeron en espacios de atracción de migrantes internos eyectados por el proceso de desindustrialización.  

Pero una vasta proporción de norteamericanos se resisten a emprender ese rumbo. Hay miles de conductoras de Uber en el interior del país cuya cultura niega la de las ciudades. Es más, creen que el problema proviene de allí mismo. El pequeño horizonte comunitario de familias blancas y heteronormadas desprecia la agenda de la negritud o de la sexualidad que tiene, siempre, al Estado como cómplice y garante. Tampoco representa una gran ofensa que alguien se burle de los discapacitados, ni consideran delirante negar el calentamiento global, y tampoco creen que Meryl Streep sea un baluarte del cine. Porque lo que ordena su mundo es un invariante de la cultura norteamericana que ninguno de los dos polos niega, porque lo tienen dentro: el consumo. Sin embargo, hay igualmente una diferencia: en el interior se despliega sin aditamentos. Es decir, los museos, universidades, teatros y movimientos sociales que en las grandes ciudades representan a “la cultura”, en el interior no existen. O si existen, la escala es infinitamente menor. Por eso, desde el gobierno de Reagan en adelante perciben un proceso de desposesión que solo los deja en condiciones de soñar con el sueño americano, más con la inamovible restricción de poder (re)vivirlo. Porque para la clase trabajadora la impotencia de vivir con lo justo y no poder tan siquiera disimularlo representa una rara mezcla entre exclusión y humillación que los vuelve extraños en su propia tierra. Como si fueran hijos de otros padres. Como si fueran inmigrantes.

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Make America great again fue, hasta hace unos días, el lema de campaña de Donald Trump. En el país cuna de la posmodernidad y del “fin de la historia”, uno de los mayores exponentes de su mundo empresarial fue candidato a presidente en nombre de una misión restauradora. Y para hacerlo, se animó a modificar las reglas instituidas de las imposturas políticas. Las denunció y produjo una propia, personal, intransferible. Se opuso a los demócratas y a los viejos republicanos de su propio partido. Diseñó un liderazgo de marca. Más gráfico: volvió insustancial lo que el gobernador de Arkansas creyó importante al enviar a sus hijos a estudiar a Conway para su propia legitimidad política. Por eso Hutchinson es un hombre de Bush y no de Trump. Porque lo que vino a hacer Trump no se atrevería a hacerlo ningún político norteamericano. Montó una campaña política en torno una serie de reflejos ideológicos conservadores que otro candidato se hubiera cuidado de que trasvasaran su esfera privada. Expresó sin desdén una larga acumulación de síntomas ofreciendo en él mismo una solución sorpresiva e inédita. Suficiente como para que sus inconsistencias nunca lograran opacarlo. Con su sola presencia neutralizó las incompetentes actitudes reactivas.  

En definitiva, se comportó como un verdadero animal político. Entendió los artilugios de la representación al estilo bonapartista: no hay que parecerse al representado, sino que hay que expresar sus demandas de un modo que los invocados perciban el parecido o la posibilidad de parecerse. Por eso no importa que su procedencia de clase lo diferencie de sus votantes. Tampoco es relevante que haya construido cada una de sus torres durante la era del neoliberalismo progresista. Eso, en vez de contradecirlo, lo alimenta: pudo hacerse rico a pesar del neoliberalismo progresista. Logró lo que todos buscaban y nadie alcanzaba. Su biografía se lee como la del hombre común que, subvirtiendo lo establecido, conservó vivo el sueño americano. Para eso tuvo que violar algunas normas, como incurrir en la evasión impositiva, por ejemplo. ¿Pero quién no quiere evadir impuestos? ¿Quién quiere que le quiten para que después no le den? Se comportó como cualquiera desearía comportarse, a pesar de no ser como cualquiera, y de que si cualquiera evadiera impuestos sabría que rápidamente pagaría las consecuencias. Maniobró la alta cuota de ficción con la que carga la soberanía popular y la representación política de una forma riesgosamente inteligente. Y tuvo la osadía de hacerlo porque sabía que también la tendrían sus potenciales votantes. Porque en el país del capital, el riesgo siempre lo vale.     

Después de un triunfo y cuatro años de gobierno, es probable que Trump acabe fuera de la Casa Blanca. El coronavirus atentó contra el núcleo duro de sus políticas: expandir el capitalismo productivo y fomentar el mercado interno. Y, además, es dable recordar que Estados Unidos es un país prominentemente urbano. Por lo que Biden lleva las de ganar. Pero estuvo muy cerca de renovar su mandato, y quizás lo intente de nuevo. Lo cierto es que Trump representará siempre una línea de discontinuidad en la historia política de Estados Unidos, que personalizó el Estado y jugó con el filo de la institucionalidad, habiendo alcanzado igualmente un notable apoyo. 

La conductora del Uber que conocí quedará un tanto ofuscada por la derrota, aunque, por qué no, quizás también un tanto esperanzada de haber enseñado que con Trump la sociedad-escuela de la democracia puede desafiarse a sí misma. Que un solo hombre puede manipular las estructuras en nombre de ellas mismas o en defensa de otras que considere superiores. De manera que los demócratas deberán entender que gobiernan una sociedad nostálgica de un pasado que ya no es. Deberán agudizar los equilibrios entre los mandatos propios y ajenos si buscan rearticular una legitimidad horadada y reservarse un lugar en el futuro. Mientras tanto, Trump y sus votantes estarán allí, esperando.



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Valentín Magi
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Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Rosario. Ex becario por la Comisión Fulbright y actual auxiliar de cátedra en la Escuela de Historia de la misma universidad.

Valentín Magi
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Una respuesta

  1. Avatar
    Silvia Burki
    | Responder

    Meduloso, muy interesante, partiendo de lo vivencial para llegar a los conceptos críticos.
    Profesia cumplida del país decadente que pinto
    W.Faulkner.

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