
Que se cumplan los deseos en los que no confiamos
Me convocaron para cubrir la participación de Bosnia y Herzegovina en el mundial 2026. Y a mí, cuando me convocan a algo, me cuesta decir que no. Sobre todo cuando esa convocatoria en realidad fue una propuesta mía sin que nadie me haya convocado a nada. Así que gracias Ají por la confianza.
Hay mucho para decir de Bosnia y Herzegovina, es difícil saber qué contar, dónde empezar, dónde terminar y, lo más importante, cómo hacer un buen texto con todo eso. Pero vamos a aclarar que Bosnia y Herzegovina se dice así, con los dos nombres completos, porque son dos regiones que conforman un solo país. Si dijéramos Bosnia dejaríamos afuera un gran porcentaje de su territorio, un pueblo, el de Herzegovina. Y esto es muy importante en cualquier lugar pero más todavía en Bosnia y Herzegovina, porque si hay algo que caracteriza al país en los últimos 35 años, y más también, es la lucha de las nacionalidades que no es, en definitiva, tanto más que la lucha por los territorios. Un dato: en Sarajevo estalló la primera guerra mundial a partir de problemas que, con sus diferencias, también tenían que ver con los nacionalismos, la disputa por el poder imperial, la independencia, etc.
Un dato para que vean que esta cobertura va a ser de fútbol: estamos en el grupo B, con Canadá, Catar y Suiza. Un grupo que pinta muy malo y que si no fuera por nuestra presencia seguro no querríamos casi ni ver, aunque de todos modos lo veríamos porque de eso se trata el mundial: ver partidos que solo nos interesan porque suceden ahí, en ese torneo, ese día específico, y porque todos los jugadores que vemos en esa cancha saben que están, en ese momento, en el partido más importante de sus vidas. Somos el país que más va a tener que viajar, debutamos contra uno de los locales en Toronto, partido clave para la definición mundialista, de ahí a Los Ángeles, más de 4 mil kilómetros, de costa a costa, para jugar con Suiza, y terminamos con Catar en Seattle, a mil cien kilómetros. Es decir, tenemos que recorrer más de 5 mil kilómetros para jugar los partidos del grupo. Nos perjudica el fixture pero para nosotros esta participación es un regalo y todo, de acá para adelante, debe ser sentido como una victoria.
Ya vamos a seguir con el tema fútbol pero antes quiero aclarar que hinchamos por un país con sus territorios en disputa. Uno podría pensar y afirmar que tal vez Bosnia y Herzegovina no dure tanto más con ese nombre, y aunque duela decirlo y sea medio choto de mi parte, tanto el aumento constante de las guerras existentes como mi pesimismo general nos invitan a pensar que pueden reactivarse, en los próximos años, las guerras bosnias congeladas en 1995 en Dayton, Estados Unidos, con aquel acuerdo de paz provisorio firmado por los presidentes de Yugoslavia, Croacia y Bosnia y Herzegovina, con el aval de Bill Clinton, para definir los límites, las fronteras internas y externas de ese Estado Nación que todavía existe y que, como si en ese momento se hubiera puesto en pausa, mantiene también las estructuras que fueron pensadas temporales para frenar el etnocidio y las masacres cotidianas que, desde el nazismo hasta ese entonces, no habían tenido lugar en Europa. La Masacre de Srebrenica (para saber más recomiendo que vean “Quo Vadis, Aida?”, gran película de Jasmila Žbanić, hoy en día la directora de cine más importante de los balcanes), puso en evidencia que ya no había forma de ignorar lo que ahí sucedía, había que interrumpirlo.
Los acuerdos de paz contemplan, por ejemplo, que dentro de Bosnia y Herzegovina haya dos grandes regiones con sus propios autogobiernos, la Federación de Bosnia y Herzegovina (de mayoría bosniaca) y la República Srpska (de mayoría serbobosnia). La gran discusión, en ese entonces, era de qué lado quedaba Sarajevo, si iba a ser bosniaca o serbobosnia. Podemos decir que por una resistencia popular bastante heroica quedó del lado bosniaco, pero también tenemos que afirmar que hay una General Paz imaginaria, una avenida doble mano sencilla que divide una república de la otra federación, y ahí cambia el alfabeto, los murales, los nombres de las calles, los transportes y sus trabajadores, la administración, etc. De un lado, los Carniceros de las guerras bosnias son genocidas juzgados por la corte internacional; del otro, son héroes populares que lucharon por la Gran Serbia y la expulsión de los musulmanes del territorio. Las historias de violencia salvaje y sistemática lo testifican. La fractura es total. Bosnia y Herzegovina, desde entonces, vota tres presidentes: un serbobosnio, un bosniocroata y un bosniaco. El mandato, de cuatro años, es rotatorio, es decir, cada uno gobierna durante ocho meses, dos ocasiones durante ese período. Ingobernable. Imaginemos, para sumarle cierta peligrosidad, que los gobernantes de República Srpska, creada por los serbobosnios que no querían dejar Yugoslavia durante las guerras de independencia bosnia, quieren la independencia dentro de su propio territorio: la discusión es si se unen a Serbia, hacen su propia República o, más extremistas, vuelven a la carga por Sarajevo.
Esto es realmente un quilombo. Y me refiero al texto, no a la situación bosnia, que también lo es. No olvidemos que la cobertura es futbolística: estos datos sirven para dimensionar cuán memorable es que Bosnia y Herzegovina le haya ganado a Gales en Gales por penales después de perder durante todo el partido para, de forma inesperada, llegar a ese repechaje contra Italia. Tal vez los datos de la inestabilidad y la tensión que se vive en Bosnia y Herzegovina nos permita pensar en ese partido contra Italia, jugado en un pueblo bosnio cerca de Sarajevo en un estadio para nueve mil hinchas, y preguntarnos cómo pudo ser posible el empate sobre la hora para mandar el partido al alargue y, más aún, al final cómo se dio el milagro de eliminar a Italia, cuatro veces campeona. Nuestra tierra, capaz, no pueda entenderlo, pero los textos pueden servir para intentar sentir otras realidades.

Sergej Barbarez: exilio, póker y debut como técnico
Voy a contar parte de la historia de una persona y con eso cierro la primera entrega, con la invitación a que nos conectemos el viernes 12 de junio a las 16hs para nuestro debut en Toronto contra Canadá. Para ver partidos hay que hinchar por alguien y acá proponemos eso: seamos hinchas de Bosnia y Herzegovina. La historia que vamos a contar es la de su técnico, Sergej Barbarez. Un tipo querible, con el que uno, parece, podría tomar un vino, comer un asado o, por qué no también, hacer un viaje corto a un pueblo cercano.
Barbarez nació en Mostar, una de las ciudades más lindas de Europa, en 1971. Debutó en el equipo más importante de Bosnia y Herzegovina durante el período yugoslavo, el Vélez, que de hecho salió campeón de la copa de Yugoslavia en 1981 y 1986 y tres veces subcampeón de la liga, persiguiendo de cerca a veces al gigante serbio, Estrella de Belgrado, otras all equipo más importante de Croacia, el Dinamo Zagreb. El Vélez de Mostar fue fundado en 1922 por un grupo de trabajadores e intelectuales de izquierda. En sus comienzos, era uno de los dos equipos de Mostar, el otro el Zrinjski Mostar, fundado por jóvenes croatas nacionalistas en 1905, cuando esa región pertenecía al Imperio Austrohúngaro. El Zrinjski estuvo prohibido entre 1945 y 1992, durante la existencia de la Yugoslavia socialista, por sus vínculos con el nazismo: durante la ocupación, Croacia estuvo gobernada por el régimen ustaša y el Zrinjski decidió competir en la liga que el régimen creó. A la distancia y sin temor a represalias, podemos simplificar con bastante certeza: Vélez, partisano; Zrinjski, ustaša.
Durante las guerras bosnias, Mostar fue asediada por el ejército croata y por los bosniocroatas. Aún hoy permanece dividida internamente en dos: una ciudad de 46 mil habitantes en la que una avenida divide unos de otros y no se cruzan. No es una exageración ni una forma de simplificar: unos y otros no se relacionan. Mostar tiene uno de los puentes más emblemáticos del mundo —de hecho fue bombardeado por el ejército bosniocroata—, y cuentan que quienes nacieron en la parte croata no lo conocen porque no van para ese lado que queda a diez cuadras del límite. El Vélez, de hecho, perdió su histórico estadio en esta división: en el que era su estadio juega, ahora, el Zrinjski, que hoy es uno de los dos equipos más importantes de la liga, y fue el primer equipo bosnio en clasificar a la zona de grupos de una competencia europea: en 2023 jugó la Conferenci League. En el Zrinjski, por ejemplo, hizo su debut oficial Luka Modric en el 2003. Es decir, un equipo que juega en la liga bosnia pero, como veremos, su identidad, su escudo y sus colores son croatas. Cuando se juega el clásico, la ciudad se militariza y la avenida corta su paso: son días en que las fronteras invisible se vallan. Hay, en Mostar, en la emblemática Plaza España, ubicada en la avenida que divide a los bosniocroatas de los bosniacos, una escuela secundaria símbolo de la reconciliación: es la única a la que asisten estudiantes de una y otra nacionalidad y religión (no lo dijimos, pero bosniocroatas, católicos; bosniacos, musulmanes). Sin embargo, una salvedad: unos van a la mañana, otros a la tarde. Lograron, en un esfuerzo y negociaciones intensas, compartir la misma currícula para todos los estudiantes. Sin embargo, otra salvedad: no lograron coincidir en los programas de historia y literatura, cada quien tiene su propia currícula en esas materias.
Una breve anécdota: viajé a Mostar en abril del 2022, tres días. Sin conocer la historia previa, me fijé que jugaba el Zrinjski. Le pregunté entonces al hombre que me hospedaba en la casa cómo podía ir al partido: me dijo que no había partido, que el Vélez jugaba de visitante. Le dije que había visto en internet que había un partido y le mostré el celular. Me dijo eso no es acá, ese partido no vale, no podés ir. Entonces me contó más del Vélez, de su hinchada la Red Army, el origen obrero, de su vínculo con los sindicatos durante Yugoslavia, de la resistencia partisana. Los del Zrinjski son ustaša, me dijo, son colaboracionistas y nos robaron el estadio.
Decía que esta cobertura es de fútbol y que íbamos a hablar del técnico, Barbarez: debutó en el Vélez de Mostar 1989. Estuvo dos años, hasta que tuvo que cumplir su tiempo en el ejército yugoslavo en Zagreb. Después estalló la guerra y él, junto a su padre, su hermana y su novia, se exiliaron en Alemania. La madre, sin embargo, se negó a irse, permaneció en Mostar y sobrevivió a la guerra. Barbarez jugó en el Hannover y fue goleador muchos años en el Hamburgo. En 1998 debutó en la selección en un amistoso preparatorio del mundial de Francia: casualidad, o tal vez no, ese partido fue contra la Argentina de Passarela, y ganaron 5 a 0, con tres goles del Bati. Más datos: Barbarez fue capitán de la selección, se retiró en 2007 y quiso ser su técnico en 2009. No pudo: la federación de fútbol de Bosnia y Herzegovina, en ese momento mayoritariamente serbobosnia, no lo permitió. Entonces, Barbarez se dedicó al póker de forma profesional. Y dicen que le fue muy bien.
La selección jugó el mundial 2014, se volvió a enfrentar a Argentina, y desde entonces no tuvo éxitos en el fútbol, de hecho nunca en su historia clasificó a una Eurocopa. En septiembre de 2023 asumió Savo Milošević como entrenador y perdió el repechaje por un lugar en la Euro contra Ucrania. La derrota pudo justificar su despido; lo extraño, desde nuestra óptica, sería que Milošević, nacido en Bijeljina, entonces Yugoslavia y hoy Bosnia y Herzegovina pero dentro de la República Srpska, y jugador referente de Yugoslavia, luego de Serbia y Montenegro, y finalmente de Serbia, fuera técnico de un país con una bandera que no lo representa. Si todo esto que recién escribí no se entendió, está bien, es parte del problema, no me voy a hacer cargo. En República Srpska, por ejemplo, la bandera de Bosnia y Herzegovina no se ve; ahí flamea la bandera Srpska que, casualidad o no, tiene los mismos colores y en el mismo orden que la bandera serbia, dicen que hay algo distinto en el ancho de las bandas de cada color, habría que agarrar un metro, medir para confirmar las diferencias. En 2024, cuando asumió Barbarez, trajo consigo para debutar como técnico —al igual que Scaloni, digamos—, ex jugadores bosnios que volvieron a darle mística, lugar y centralidad a la selección de un país, como vimos, incomprensible. Todo eso es importante, pero resalto: Barbarez no había dirigido, antes de la selección, nada, ni un equipo, ni unas inferiores, nada; se había dedicado, durante casi quince años, al póker.

La patria no es lugar de nacimiento
Cierro con un dato más. Bosnia y Herzegovina tiene en su plantel solo diez jugadores nacidos en su suelo: los otros dieciséis son de la diáspora, exiliados, refugiados, nacieron afuera por la guerra pero juegan para su patria. Edin Džeko nació en 1986, antes de la guerra, es uno de los últimos futbolistas yugoslavos —Modric es otro—, y pasó la infancia en Sarajevo: una tarde su madre no lo dejó salir a la calle a jugar con sus amigos, minutos más tarde una bomba explotó donde ellos jugaban y murieron todos. Esmir Bajraktarevic, que hizo el último penal para clasificarnos al mundial, es la promesa del fútbol bosniaco y tiene veinte años: nació en Appleton, Estados Unidos, y llegó a debutar incluso en la selección mayor yanqui en 2024 pero después se decidió, según dijo él, por sus padres refugiados y por sus familiares muertos y por la lucha de un pueblo. Desde entonces juega para nosotros.
Cada país, seguro, tiene miles de historias interesantes para contar. Permítanme decir, imparcial absoluto como soy, que ninguno me parece llegar a la altura de Bosnia y Herzegovina, en el centro de Europa, atraviesa una guerra congelada, con tres naciones y tres religiones que tensan el vínculo con el riesgo, latente, de estallar en conflictos armados indeseables, horribles, de los que nunca un país puede recuperarse del todo. Que el fútbol y la participación en este mundial puedan, de una vez, traer aires frescos para pensar una paz estable, profunda y sincera. Que los deseos en los que no confiamos puedan sorprendernos y, sin explicarnos cómo, un día se cumplan.





Nació en Buenos Aires en 1990. Publicó los cuentos “Marilyn” en Narraciones al Filo (2016), “Márchate ahora” en Revista 2 y “Botas de esquí” en Por el camino de Puan (2018), entre otros. Su novela «Una flor que allá no existe» fue finalista de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires y obtuvo una mención especial. Publicó en el 2022 «Familia Etc». Es trabajador de la Biblioteca Nacional, milita en JJ Circuito Cultural y estudió Letras en la UBA. En 2025, junto a Ají Ediciones, reeditó «Una flor que allá no existe»

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