
El pueblo bosnio clasificó a la próxima ronda. Podrán decir, y tendrán razón, que nos tocó un grupo fácil, que el Mundial es injusto porque en zona de grupos no jugamos contra nadie, que no tiene sentido que un partido de 16avos sea Sudáfrica contra Canadá y otro, posible, sea Brasil y Japón o, incluso, Países Bajos. Tendrán razón cuando lo digan, pero nosotros podremos responder que hay cosas que mejor es recordar: por ejemplo, el hecho de que eliminamos, para estar acá, a Gales y a Italia. Es decir, podrán tener razón, pero también tendremos la razón nosotros cuando respondamos, con certeza, que hicimos mucho mérito para llegar al Mundial. A la gilada que dice que el Mundial arranca en 16 avos podríamos hablarle de aquel 21 de marzo de 2025 que fuimos a Bucarest y, con un frío bajo cero y a las diez de la noche, le ganamos 1 a 0 a Rumania. O también, a los elitistas que dicen, cancheros, que el Mundial arranca ahora, les podríamos decir por qué no vinieron con nosotros a Lárnaca el 9 de octubre, cuando le ganábamos a Chipre 2 a 0, y nos empataron sobre la hora y, por un rato, pensamos que nos íbamos a quedar afuera. A todos esos chabones en cuero que dicen, con un pucho en la mano después de un asado, que el Mundial empieza en 16 avos, podríamos responderle que si son tan vivos por qué no fueron con nosotros a Viena, cuando los austríacos nos empataron faltando 10 minutos y nos rompieron la ilusión de clasificar, nos dejaron segundos y nos pensamos afuera porque imaginábamos que no había manera de dejar afuera a un país con cuatro copas del mundo.
Además, y esto me parece importante, con un equipo flojo ahora logramos pasar de ronda. Mirá a los checos, mirá a los escoceses. Son jugadores sin sangre, equipos que vuelven a un Mundial después de veinte años (los checos) y veintiocho (los escoceses), y juegan así. Nosotros, el mix entre los últimos niños de la guerra, Dzeko, y los hijos de la guerra, los que no vivieron en guerra, pero tuvieron que nacer en otro país porque sus padres se escaparon del etnocidio, las masacres: son diecisiete que nacieron afuera, los mejores para mí, Kolašinac, Alajbegović y Demirovic (con mucha diferencia de edad, todos en Alemania), o Bajraktarevic (Estados Unidos). Este último, ya lo hemos comentado, debutó oficialmente con la selección mayor de Estados Unidos, pero decidió jugar para Bosnia y Herzegovina. El próximo miércoles 1 de julio, a las 21hs, va a jugar el Mundial en su lugar de nacimiento, contra el país de su nacimiento, representando a su verdadera patria, la de sus padres, al país en el que debería haber nacido si no hubiera habido guerras.
Un dato conversado con nuestro investigador Figal, aunque algunas son interpretaciones mías: el medio oficial de la República Srpska, en línea con el presidente de la república, es decir, de los serbobosnios, le dio poca relevancia a la clasificación. La población de esa zona dentro de Bosnia y Herzegovina suele hinchar por Serbia. Pero como Serbia no participa, la gente común, podemos suponer, quiere que gane Bosnia y Herzegovina, aunque no lo sienten tan propio. El medio oficial de la República Srpska, decíamos, informó la clasificación a 16avos en un recuadro chico, abajo, como se puede anunciar el cierre de un zoológico de un país lejano. Los festejos en las calles suceden, también sabemos, en las ciudades bosniacas. En la parte bosniaca de Mostar, en la de Sarajevo, en Tuzla. Pero nadie ha salido a festejar en las calles de Banja Luka, en Visegrad o en la parte bosnio croata de Mostar. Por qué el 49% de un territorio nacional se siente poco representado por su bandera y su país. Es un problema desesperante.
Hemos hablado de distintos jugadores, del entrenador, de los equipos. Hay mucho que queda por conversar con Matías Figal sobre los equipos de la liga bosnia —los más fuertes son el de Banja Luka y el de Mostar, uno serbobosnio y otro bosnio croata—, pero eso será para futuros proyectos. Acá queremos decir unas cosas del arquero: Nikola Vasilj. Nació en Mostar en diciembre de 1995, recién se habían firmado los acuerdos de Dayton, aunque el sitio de Mostar había terminado hacía casi dos años. El padre de Nikola también era arquero: Vladimir Vasilj. De nacionalidad croata, nació en suelo alemán y estuvo en el primer Mundial de Croacia: fue el arquero suplente de esa selección sorpresa que terminó tercera en Francia 98. Entonces, el hijo, de nacionalidad croata, nacido en Bosnia y Herzegovina, hizo inferiores y debutó en un club del que hablamos en la primera entrega, el HŠK Zrinjski Mostar, equipo bosnio croata de Mostar, clásico de nuestro querido Velež. Es decir, hijo de un croata nacido en alemania, Nikola es un croata nacido en Bosnia y Herzegovina. Pero como nos recordó el querido investigador Figal, hay que dejar de pensar el lenguaje de las nacionalidades. Hay un susurro que se escucha cuando uno viaja por Bosnia y Herzegovina, o al menos muchos guías lo repiten, quizás sea un acuerdo general para poder dialogar con los turistas, pero no pareciera ser eso, se escucha genuino el susurro popular de que al poder le conviene que se siga pensando así, en nacionalidades, porque mantiene el status quo caótico que, a algunos poderosos, que no sabemos del todo quiénes son, les conviene. Así que, de nuestro arquero, mejor, vamos a decir un dato hermoso: es el arquero del Saint Pauli, fue héroe del ascenso a la Bundesliga en el 2024. El Saint Pauli es el equipo de izquierda antifascista alemán, quizás el club más ideologizado que exista en Europa, al menos en ligas competitivas. Un equipo popular de Hamburgo, una ciudad portuaria, obrera. Es un honor que nuestro arquero sea ídolo de un club que queremos y admiramos tanto.
Las calles de Sarajevo, por poner un ejemplo, cuatro años sitiada, avenida de los francotiradores, atacada desde las colinas por el ejército serbobosnio, sin electricidad, solo alimentada por un túnel bajo tierra al lado del aeropuerto, construido por ciudadanos que resistieron una vida invivible, en esa ciudad se crió Dzeko, de esa ciudad se fueron, también, los padres de Kolašinac, de muchos de los jugadores que hoy representan a Bosnia y Herzegovina. Esas calles de Sarajevo, que en cada lugar donde explotó una mina, cayó una bomba o asesinaron a alguien durante la guerra tiene una rosa pintada, algo similar a nuestras baldosas de la memoria, y uno no puede ya caminar por Sarajevo sin mirar el piso y encontrar, en casi todas las cuadras, una rosa, señal de que alguien, durante la guerra, murió. Esas calles, decía, de la capital que resistió defendida por su propio pueblo, la ciudad que fue otomana, austrohúngara, yugoslava y que hoy es bosniaca, en los 90 era la sangre, la guerra, las destrucciones, las bombas, los francotiradores, las minas, la falta de agua, la vida sin electricidad, sin calefacción. Esas calles, tan difícil de pensar por fuera del dolor, la angustia y la muerte, son, durante estas semanas, felices: lugar de reunión, de festejo, de encuentro. Antes intransitables, hoy ocupadas por un pueblo que festeja, aunque para algún idiota pueda parecer poco, la victoria a Qatar, la clasificación a la próxima ronda. Nosotros, como dijimos en la primera entrega, ya estamos orgullosos de estar acá. La imagen de Dzeko, héroe, emblema, mito, condensa el espíritu de un país dispuesto a vivir mejor. Y si ahora nos toca jugar, en su Mundial, contra Estados Unidos, el país que, tarde, frenó la guerra, y que hizo posible la firma de la paz, se nos presentan algunas contradicciones: un país que ayudó a frenar la masacre, que recibió muchos refugiados bosnios, pero también el imperio de las guerras y eso, en Bosnia y Herzegovina, se tiene muy presente. Es muy probable que el martes 1 de julio, a las 21hs, sea nuestra última presentación en el Mundial. Y a diferencia de lo que les pasa a otros países que suelen clasificarse, podemos preguntarnos si no va a ser, tal vez, la última participación que veamos de nuestro país en un Mundial. Nos iremos, sí, pero como decía una gran bandera del Rayo Vallecano después de perder una final: No conocí mayor victoria que contigo en la derrota.



Tomás Schuliaquer nació en Buenos Aires en 1990. Publicó los cuentos “Marilyn” en Narraciones al Filo (2016), “Márchate ahora” en Revista 2 y “Botas de esquí” en Por el camino de Puan (2018), entre otros. Su novela «Una flor que allá no existe» fue finalista de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires y obtuvo una mención especial. Publicó en el 2022 «Familia Etc». Es trabajador de la Biblioteca Nacional y estudió Letras en la UBA

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