
Contacto con un investigador balcánico
Periodismo, fútbol y datos
El periodismo debería basarse en datos. Esto no es periodismo, pero igual. Un dato, por ejemplo, es que debutaron los tres equipos locales. Dos ganaron muy tranquilos. Uno no pudo. Y se nos infla el pecho de orgullo saber que el único equipo que no permitió que ganara uno de los anfitriones de este mundial fuimos nosotros, fue Bosnia y Herzegovina.
Vimos el partido en la zona de prensa junto a Maik Slipzuk, amigo poeta, hincha del Velež Mostar y de Bosnia y Herzegovina. Hace tiempo me contó que viajaba a Europa y hablamos mucho sobre Sarajevo, Mostar, y decidió conocer aunque una muy amiga en común le haya dicho: “no le hagas caso a él, a veces se obsesiona con cosas y recomienda planes que en su cabeza están buenísimos pero nada que ver”. Maik, por suerte, hizo oídos sordos a los consejos de su amiga o capaz que fue solo para darle la razón y no importa porque, haya sido por un motivo u otro, volvió tan fanatizado como yo. Hoy, un par de años después, todavía compartimos esa pasión, y por eso quedamos en verlo juntos. Tocó el timbre unos minutos antes del himno y salí a abrirle: tenía, como yo, la remera roja del Velež que, cada uno en su viaje, compró en pleno centro histórico de Mostar Así vimos el partido, así festejamos nuestro primer gol y, desde entonces, pedimos la hora y sufrimos con un equipo con mucha pasión, mucha mística pero bastante poco juego.
Del partido hay una primera imagen que quiero compartirles: un italiano, pongamos de cuarenta, cuarenta y cinco años, digamos que nació en 1983. Tiene entonces cuarenta y tres años, pero escribamos en números para que sea más ágil de leer. A los 23 vio a Italia campeón en Alemania. A los 27 y a los 31, lo vio quedar afuera en zona de grupos. A los 35 y 39, de hecho, lo vio perder repechajes y no clasificar al mundial. Este año, ya con 43 y tal vez con un hijo de ocho o nueve, pensó que la cosa podía ser distinta. Le ganó la semifinal del repechaje a Irlanda del Norte y después supo que tenía que cruzarse con Bosnia y Herzegovina, que venía de eliminar a Gales. De hecho, el tano vio a sus propios jugadores festejar la victoria de Bosnia y Herzegovina porque, decían, era más fácil que Gales. Ese hombre vio a su Italia, gloriosa, quedar otra vez afuera del mundial contra un país que, como tal, existe hace menos que él mismo y que, de hecho, sabe, está en una tensión constante que pone en duda que pueda sostenerse en el tiempo. Tiene 43 años, dijimos, y cuando Esmir Bajraktarevic mete el último penal y los elimina, jura dejar de ver, para siempre, fútbol. Pero pasan las semanas, los meses, y piensa que al final el fútbol no es para tanto, que no debería ser tan drástico, porque también piensa en trasmitirle a su hijo el amor por los mundiales, armar planes para ver algunos partidos juntos. Entonces vuelve de la casa, un viernes, y cocina algo para compartir con su hijo, una pizza, y prende la televisión y mira Bosnia y Herzegovina contra Canadá. Quiere ver la potencia balcánica, quiere pensar que tal vez perdieron contra el mejor. Pero mira el partido y entonces se pregunta cómo puede ser que Italia, aquella potencia mundial futbolística que él conoció, haya quedado otra vez afuera y contra ese equipo. Se pregunta si tal vez por eso todos los italianos de su generación viven melancólicos, y se plantea el problema de cómo trasmitirle a su hijo otra cosa distinta a la nostalgia de lo que no vivió. Le mandamos un abrazo a ese tano porque sabemos que hay cosas que en el fútbol no se explican. Y esas, claro, aunque hoy le cueste verlo, son las más lindas.
Un investigador nos contacta
Después de la primera entrega de esta cobertura, me escribió Matias Figal, un investigador que trabaja la reconstrucción de la memoria, las consecuencias de la guerra en la región, etc. Lo presento formalmente porque las cosas formales, aún en la la literatura, tienen que existir: es sociólogo de la Facultad de Sociales UBA, previamente investigador del Centro de Estudios sobre Genocidio en la UNTREF y actualmente investigador del Centro de Estudios Húngaros de esa misma universidad. Es decir, ´por si no quedó claro, un tipo serio que le dedica hace más de 10 años su tiempo a estudiar estos temas y, más precisamente, nuestro país Bosnia y Herzegovina. Me escribió y me dijo que estaba a disposición para aportar información, que a él también le había picado, hace bastante, el bicho bosnio. Fue una forma sutil de decirme: muy lindo el gesto de escribir sobe el tema pero quiero ayudarte para que no tires fruta, algunos nos dedicamos a esto posta. Pero lo dijo bien, muy correcto, y además con un objetivo único, real, sincero y compartido: divulgar el amor por nuestro país balcánico. Y yo, entonces, aprovecho su generosidad, su amor por Bosnia y Herzegovina, su interés laboral, formal y constante. Hablamos bastante por whatsapp. Cruzamos varios audios y hay un detalle ineludible: Matías pronuncia el idioma de la manera correcta, yo hablo como un argentino que nunca se preocupó por el otro idioma. En audios, lo que nombro Visegrad, el llama Vishegrad, si yo digo Sarajevo, él dice Saraievo. Es decir, un tipo que habla una lengua para nosotros incomprensibile, que estudia la reconstrucción de la memoria, el genocidio, y que encima vivió 10 meses en Zagreb y otros tantos viajó por toda la región para profundizar estos temas.
Matías, entre tantos datos y cosas para pensar y de hecho ya estamos armando proyectos para profundizar y estén atentos porque estoy ilusionado, me contó que Jovo Lukić, el delantero jugó en lugar de nuestro Dzeko lesionado, nació en Serbia, por entonces Yugoslavia, en 1998, en Šabac. Su familia es la región de Modriča, que hoy pertenece a la República Srpska, dentro de Bosnia y Herzegovina. Detalles confusos que aportan a la información y entorpecen la lectura, sigamos. Lukić, apellido serbio, a mi me sonaba de Milan Lukić, uno de los carniceros serbobosnios más feroces, responsable de cientos de crímenes de lesa humanidad, que dirigió Vilina Vlas, uno de los centros de detención, violación y tortura más importantes de la zona oriental de Bosnia y Herzegovina en Visegrad, ciudad a la que fui en 2022. Milan Lukić el carnicero bosnio genocida, fue detenido en un café Recoleta en el año 2005 y desde entonces está preso. Le preguntaron por qué se había escondido en Argentina y djio que le parecía un país hermoso y que si habían recibido a los nazis por qué no a él. Bueno, todo es un lío.
Esta comparación entre un jugador de nuestra selección y un genocida es muy injusta y la escribo solo para mostrar el error gigante que yo cometí: empecé a hablar el lenguaje de los nacionalistas. Cómo vamos a comparar, por decir algo, a Claudio Beto Acosta, goleador histórico de San Lorenzo, con el Tigre Acosta, uno de los principales responsables de la ESMA durante la última dictadura militar. En fin, algo así hice. Jovo hizo el gol contra Canadá, lo festejó, se emocionó: Bosnia y Herzeoginva, desde siempre, se caracterizó por la convivencia pacífica entre sus etnias, religiones, nacionalidades, sus lenguas. Es la fractura de Yugoslavia, la profundización de los nacionalismos, la que corta con eso. El orgullo bosnio es la coexistencia de mezquitas, sinagogas, iglesias católicas y cristianas. Eso hay que rescatar.
En el diálogo con nuestro amigo investigador Matías, él me hizo pensar todas estas cosas. Señaló, con mucha astucia y pertinencia, los problemas de hacer análisis basados solo en la nacionalidad. Es también caer en ese mecanismo de las etiquetas, las divisiones, los odios, las agresiones: es hablar el lenguaje del poder. Sin dudas, a la distancia, se puede tomar partido de otra forma, y yo lo voy a seguir haciendo, pero también es interesante pensar de qué manera se hace, qué lógicas dentro de nuestra propias tomas de partido rompen, irrumpen, o determinan la forma en que un accionar, con intenciones respetables, puede terminar en reproducir los mecanismos del poder: entrar en la disputas por las nacionalidades es parte de eso. Al laberinto hay que salirle por arriba. O acá, en este caso, capaz la mejor forma sea salirle con la ficción, en una ciudad de otro continente, en un país donde nadie nos escucha. Pero eso, el investigador especializado, muestra que no es tan así: en el mundo de 2026 siempre alguien escucha. Y eso está buenísimo: si no, para qué escribimos.
Algo sobre los Acuerdos de Dayton
Hablamos ya de los acuerdos de paz firmados en 1995 en Estados Unidos. La guerra era salvaje, despiadada, había etnocidio y crímenes de lesa humanidad: se destruía una civilización en el centro de Europa. Hoy no parece tan alejado pensar en todo eso, el mundo está en guerras, pero por ese entonces desde el nazismo no pasaba algo así en Europa. Entonces se firma la paz, se congela la guerra. Y ese acuerdo fue atado con alambre, la cosa no estaba nada fácil. A la distancia, dice Matías, el Acuerdo fue muy importante, frenó una violencia imposible. Ahora, igual, cómo se puede construir un país con esos propios acuerdos por entonces temporales. Matías me dijo que desde el día siguiente ya se sabía que iba a traer consecuencias negativas a mediano plazo: por ejemplo, lo parafraseo de forma bruta, como todos los cargos y puestos están divididos en tres (bosniacos, serbobosnios y serbocroatas), en algún tipo de elecciones o asambleas que hay que conformar, se tienen que completar los cupos de las tres nacionalidades, y en algunas regiones no hay suficientes representantes, digamos, bosniocroatas, y por eso algunos políticos se presentan dentro de tal identidad nacional para poder ingresar al parlamento porque no hay competencia suficiente. En otras elecciones, esos mismos candidatos compiten dentro de otras nacionalidades. Traspolamos de manera horrible y cero académica (perdón Matías): imaginemos elecciones comunales en un barrio o una ciudad chica, se eligen tres representantes, uno por los panaderos, otros por los ferreteros y otro por los peluqueros, e imaginemos que en esa comuna hay mil ferreteros, doce panaderos y tres peluqueros, y por eso un ferretero astuto cambia su profesión dos meses antes, se anota como peluquero, y de pronto tiene un cargo de igual importancia que los ferreteros, que vienen hace rato en la construcción de una propuesta asamblearia y representativa de mayorías. Me fui a la mierda.
El problema es que la lógica del país está institucionalizada en la división entre naciones y etnias. En su momento, sirvió para que no se maten. Pero después estableció la imposibilidad de pensar fuera de esas lógicas. Los problemas de la institucionalización, la burocratización, la corrupción. Todo esto en un país que tiene un sistema sostenido con alfileres y con una historia violenta reciente interna difícil de superar y, a su vez, una inestabilidad política y económica profunda. Cómo no amarlos, eh.
Dije que esta cobertura era de fútbol y lo estoy intentando. Pero qué quieren que haga si me escribe un investigador de la UNSAM sobre estas cosas. Igual hablamos bastante con él de futbol. Algo de eso puede ir para la próxima nota o, quién sabe, para futuros proyectos con mi nuevo amigo: si a mí me parece una locura meterle cada tanto un rato de pasión a Bosnia y Herzegovina, no me quiero imaginar a él cuando estudia cirílico. Respeto profundo.
La hinchada y el fútbol
Para cerrar: jugamos en Toronto, y vieron lo que fue eso. Llenamos las calles, la cancha, una locura. Hay pasión, hay necesidad de encontrar un motivo común que llene de orgullo a todo un pueblo. Las calles de Sarajevo, por si no vieron, también fueron una fiesta. De la guerra de los 90, la ciudad sitiada durante más de tres años, la muerte en la esquina, la falta de luz, de agua, de comida, correr para no ser alcanzado por un franctoriador, a salir a la calle para festejar un partido contra Canadá. El fútbol y el mundial son eso: aunque le hagan hydratation breaks, kiss cams y deportaciones por, justamente, las nacionalidades, el mundial todavía resiste y permanece cuando un pueblo se junta, festivo, por una causa común. Sí, ojalá no fuera el fútbol y fuera la Revolución, estoy de acuerdo. Pero bueno, disfrutemos un poco también y dejemos de racionalizar sentimientos, al menos por unas semanas.
POSDATA: El jueves vamos contra Suiza, el equipo de Infantino, el equipo del poder. También uno de los países que más refugiados recibió en los 90, se dice que más de 30 mil, un número que acá nos resuena, siempre. Qué complejo: la corrupción pero también la humanidad, todo un mismo país. Esto es fútbol, vayamos a ganar, y ojalá pueda volver a jugar Dzeko, lo necesitamos, aunque tenga 40 años es nuestro mejor jugador, y con distancia.



N

Tomás Schuliaquer nació en Buenos Aires en 1990. Publicó los cuentos “Marilyn” en Narraciones al Filo (2016), “Márchate ahora” en Revista 2 y “Botas de esquí” en Por el camino de Puan (2018), entre otros. Su novela «Una flor que allá no existe» fue finalista de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires y obtuvo una mención especial. Publicó en el 2022 «Familia Etc». Es trabajador de la Biblioteca Nacional y estudió Letras en la UBA

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