
Hoy te escribo a vos directo, Lauti, porque me cuestan las despedidas. No sé si será el último texto, de hecho, por lo que hablamos tiendo a pensar que algo más, del Mundial, vamos a hacer. Pero es una despedida, el final de una época. Leí varias cosas estos días: por ejemplo, no sabía que el hijo de Trump había estado en Banja Luka, capital de República Srpska, hace dos meses. Tampoco sabía que Estados Unidos, garante de la frágil estabilidad de Bosnia y Herzegovina, está cerca de Dodik, el líder serbobosnio que va por la independencia de la República Srpska. Me angustió imaginar la independencia de esa república: cuántos países, pensé, habrán surgido de formas similares y después, con el tiempo, nos acostumbramos a convivir con ellos. Me enteré de que la familia de Esmir Bajraktarević, el pibe que había debutado para Estados Unidos y en 16avos jugó para Bosnia y Herzegovina, es de Srebrenica, la ciudad que era “zona segura” de la ONU durante la guerra, el lugar donde masacraron a todo un pueblo, más de ocho mil personas fusiladas en un par de días. Pensé en todo eso, en este viaje que para los bosnios empezó hace tiempo, con las eliminatorias y el primer lugar del grupo que se nos escapó en la última fecha, pero también en marzo en Cardiff, y en casa, contra Italia, la victoria más importante de nuestra historia. Ese ciclo, en las lágrimas de nuestros jugadores, de nuestro ídolo y entrenador, estaban. Y yo, Lauti, que acababa de festejar el cumple de mi novia, me senté en la silla y lloré, a la distancia, por un país que no es el mío. Qué sé yo, el fútbol tiene estas cosas.
Del partido no hay mucho que decir. Podríamos hablar del asco que nos da Pochettino, o de los hinchas yanquis que festejaron el primer gol anulado en offside durante cuatro o cinco minutos porque sabemos que no miran ni entienden el fútbol, solo tienen plata y estar ahí queda bien, mirarse en las pantallas y decirle a sus amigos y compañeros de trabajo estuve en la cancha viendo soccer viva uesei, y los compañeros dicen uo uoo, uesei y saltan al grito de uesei uesei y lo vemos de afuera y pensamos cómo estos tipos manejan el mundo, pero ellos, en ese momento, en la cancha ven que la pelota entra en la red, festejan, y andá a explicarles el offside, seguro se fueron convencidos de haber ganado por más goles. Me dirás prejuicioso, Lauti, y tendrás razón, pero digamos la verdad: no me dirás prejuicioso, más bien vas a profundizar en el rechazo que te produce el forro de Pochettino hablando del sueño americano después de ganar un partido contra nosotros. Nos sentimos responsables, sí. Nos supimos en algún punto no tan lejos de la gloria: no estuvimos cerca de ganar, pero a la vez, si ganábamos… Qué decirte Lauti querido, el fútbol genera eso, soñar con lo imposible y a la vez comprobar, en un rato, si se pudo o no. Será una utopía, como dice tu maestro, un sueño inalcanzable, pero ya está, terminó. Ahora vendrán los balances y las nuevas imaginaciones. Es el fin de la generación que se crió en la guerra. Dijimos, ya ningún jugador nuestro habrá nacido en la Yugoslavia de las seis naciones y eso, en algún punto, es el cierre de una etapa. Me hace acordar a la generación dorada del básquet, a los procesos que en realidad nunca terminan, o que tratamos de estirar hasta que en algún punto, el final se presenta como innegable: ya es una cuestión de datos. Si Scola se retira, si Dzeko se retira, si nadie nació en la Sarajevo de los primeros 90, ya no hay forma de trampear la realidad. Habrá que decir, y esto duele, que es el fin de una época. Pero siempre, para mí, Lautarito, es mejor abrazar el final, asumirlo, que estirar cosas que ya no son verdades. Es discutible, ya sé.
Los hinchas bosnios sintieron de verdad este Mundial como un momento histórico para ser patriotas, para ser parte de algo más grande. La diáspora, el exilio, los refugiados: todos esos, en distintas partes del mundo, fueron interpelados y unidos por la selección de fútbol. Pensaba que también le pasa al Congo, a Cabo Verde, a muchos países que tienen tantos o más ciudadanos viviendo afuera que adentro. Pero hay un dato que no podemos negar: Bosnia y Herzegovina es la selección europea a la que eso le pasa de forma más evidente. En el fútbol es casi imposible querer que gane un europeo contra cualquier otro continente. Ya hinchamos por Senegal, Congo, Marruecos y Paraguay. Pero con Bosnia y Herzegovina, Lautarito, pasa algo distinto. Son musulmanes, están en el centro de Europa, y su propio continente, en cierta forma, los desestima. Estuve en Sarajevo y en Mostar y, de alguna manera, me sentí en casa, me identifiqué con la forma de vida genuina de un pueblo que se organiza para sobrevivir. Vi a la gente hablar entre sí, tomar café y convivir. Creo que eso me conmovió de los bosnios: la sensación de que hay una vida compartida y de que algo humano, incluso lo más horrible, todavía sobrevive.
Lautarito, gracias por estos envíos y estas coberturas. Cuando elegimos Paraguay y Bosnia y Herzegovina pensamos en dos países, de una u otra forma, hermanos, luchadores, con equipos de fútbol menores. Elegimos a sus técnicos, a sus jugadores, a su pueblo, porque hay algo en los mundiales que no tiene que ver con el juego, sino con todo lo otro. Y si algunos dicen que el verdadero mundial empieza ahora, en fases definitivas, yo tiendo a pensar lo contrario: ahora es el fútbol de los que suelen, y podemos decir solemos, ganar. Pero el mundial es lo otro: los países que desconocemos, los jugadores amateurs que piden licencia en sus trabajos para representar a su patria, las vidas singulares y profundas de muchas de las personas que saben que este mes fue, es o puede ser el más importante de sus vidas, las historias de vida de los refugiados, exiliados o colonizados, de los entrenadores de setenta y pico que dirigieron varios mundiales con selecciones distintas. Ahora, capaz dejar de escribir sea una manera de sentarse a ver fútbol, algo hermoso que amamos. El mundial que más me interesa o me conmueve, capaz, ya terminó, o capaz que no, por qué cómo olvidar la emoción de cada partido argentino en fases definitorias, pero por favor que nadie diga que el verdadero mundial empieza ahora: eso, digo convencido y sin encontrar palabras más atinadas, es una idiotez. Gracias Bosnia y Herzegovina por este mundial inolvidable: No conocí mayor victoria que contigo en una derrota.


Tomás Schuliaquer nació en Buenos Aires en 1990. Publicó los cuentos “Marilyn” en Narraciones al Filo (2016), “Márchate ahora” en Revista 2 y “Botas de esquí” en Por el camino de Puan (2018), entre otros. Su novela «Una flor que allá no existe» fue finalista de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires y obtuvo una mención especial. Publicó en el 2022 «Familia Etc». Es trabajador de la Biblioteca Nacional y estudió Letras en la UBA.

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