
El fútbol o la máquina de narrar
En Los Ángeles, los equipos salieron a la cancha en una puesta en escena hollywoodense. Paraguay volvía a la cita mundialista luego de dieciséis años de espera y Estados Unidos oficiaba como local luego de treinta y dos. Un único antecedente en mundiales había entre las dos selecciones: hace noventa y seis años, en el primer mundial de la historia, con victoria para Estados Unidos por tres a cero.
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Dice Roberto Bolaño que el abismo es el único sitio donde se puede encontrar el antídoto. Esta frase, quizás, tendría sentido para el profesor Gustavo Alfaro, que rápidamente se encontró en el fondo del mar, ahogado por la máquina norteamericana, que además de narrar una época, como suele hacerlo desde desde hace más de un siglo, pareciera que el viernes pasado se dedicó también a narrar cómo se juega al fútbol en estos tiempos: a un toque, rápido, penetrando entre líneas y asumiendo riesgos a un ritmo vertiginoso. Una banda de rock en estado de gracia.
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Del otro lado de la línea de cal, antes del silbato inicial, los entrenadores argentinos escucharon en silencio los himnos nacionales: música ajena. El choque de estilos también se dio en la vestimenta. Alfaro, como un viejo profesor: de traje, el pelo con gomina, peinado hacia atrás: un tanguero que venía a tirar verdades con la mirada rígida. Mauricio Pochettino, fiel a su estilo, se vistió para aparentar algo que no es: un ciudadano estadounidense, como si estuviera buscando, desesperadamente, que le otorguen una green card. Usó una camisa amplia, una overshirt azul, como si fuera un fanático del béisbol, como si hubiera nacido en Carolina del Sur.
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Pero Pochettino, aunque quizás él lo haya olvidado, nació en la provincia de Santa Fe y supo representar, con una triste actuación, a la selección argentina en el mundial de Corea y Japón, en 2002. Los futboleros no olvidan el penal que le hizo a Michael Owen en el partido contra Inglaterra que inició la debacle. Fue un penal burdo y evitable, de alguien que además de no saber jugar al fútbol, no sabe lo que es defender una camiseta. Pochettino, sin embargo, construyó una carrera como técnico que le dio cierto prestigio, principalmente en Inglaterra, y que lo catapultó a dirigir a una de las selecciones anfitrionas del mundial de 2026.
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El partido se inició con un saque de fútbol americano, invento patentado por el entrenador del PSG, el loco Luis Enrique. Después, comenzó el concierto de Estados Unidos: jugadores que parecían volar en el campo, como gacelas, como banderas que flameaban. Pulisic, puliendo cada jugada, fue quien generó el primer gol: Bobadilla, quizás haciendo honor a su apellido, se llevó la pelota por delante y rubricó el primer gol de Estados Unidos, a los siete minutos.
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El profesor Alfaro tuvo la posibilidad de reconducir a sus alumnos en la pausa de hidratación, pero no surtió efecto. El primer tiempo terminó tres a cero y podría haber sido peor. Gustavo Alfaro pareció no preparar la lección primera: el mediocampo es el metrónomo del fútbol moderno: todo sucede ahí, en ese aleph. El ritmo lo impuso el trío rockero del mediocampo estadounidense que contó con un solo estelar del Pulisic.
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Durante el mundial siempre aparecen nombres nuevos, jugadores que estaban fuera del gran radar. El segundo y el tercer gol fueron convertidos por Folarin Bolagun, un nombre que suena a alegría, a música, a danza.
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Si bien en el segundo tiempo pareció haber una leve recuperación del seleccionado paraguayo, el resultado ya estaba sentenciado. En el mundial de los nacionalizados, Mauricio, un brasileño, convirtió el descuento para el seleccionado guaraní. Pero en el final del partido, Giovanni Reyna -nieto de argentinos, que podría haber jugado para Argentina, pero también para Inglaterra y Portugal- marcó el 4-1 final con una pincelada de tres dedos.
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Alfaro se olvidó que cada partido de fútbol es una narración, con inicio, desarrollo y final y no un conglomerado de oraciones aisladas, inconexas. Los jugadores de Paraguay pensaron con el corazón y se confundieron en la mitad del partido, con las frases de Alfaro zumbando en su cabeza, como moscas, como taladros, adquiriendo una pérdida total del sentido. La selección de Paraguay fue espectadora de su propia tragedia.
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La palabra es un campo de disputa, también en este mundial. En los primeros días de la competencia, la FIFA había prohibido a los periodistas hispanohablantes hacer preguntas en su idioma. La polémica estalló cuando la FIFA no permitió al jugador de Marruecos nacido en España, Achraf Hakimi, contestar preguntas en español. Luego, el organismo presidido por Gianni Infantino, rectificó la medida. En la conferencia de prensa luego del partido con Paraguay, Pochettino, quien debe creerse angloparlante, se burló del español pronunciado por un periodista estadounidense.
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Después del partido, la leyenda del fútbol paraguayo, el ex arquero José Luis Chilavert, que desde que dejó el fútbol practica el resentimiento como práctica deportiva, criticó a Alfaro por el uso de sus ya celebérrimas frases: “habla de Platón y de Sócrates, pero ellos nunca jugaron al fútbol”.
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Ahora la selección de Paraguay tiene la oportunidad de reivindicarse frente al combinado turco. Como tantas veces ha sido dicho: el fútbol siempre da revancha. Una victoria lo colocaría de nuevo en carrera para clasificar a la siguiente fase. Pero para hacerlo deberá hilvanar las frases del profesor y convertirlas en una historia coherente, en una narración que lleve convertir goles en el arco rival, y dejar en cero el propio. Que haya lugar para la filosofía y para las letras, pero también y sobre todo, para jugar con la pelota.

Es psicoanalista y escritor. Ha publicado relatos en las Antologías Felices Juntos (Ed. Tenemos las Máquinas, 2014) y Cómo ganarle el Mundial a Brasil (Ed. Garrincha Club, 2014).

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