
El fútbol es el deporte de las frases hechas. Frases que se repiten como mantras o como estribillos, frases que de tanto decirlas pierden el sentido. En el minuto 102, en la primera parte de la prórroga por los dieciseisavos de final, Jonathan Tah, el defensor alemán, clavó un cabezazo y puso el 2 a 1 frente a Paraguay. El relator de TyC Sports, entonces, no perdió oportunidad de citar la célebre frase de Gary Lineker: “El fútbol es un deporte de once contra once en donde siempre ganan los alemanes”. Pero intervino el VAR —ese juez que trabaja a oscuras, en una habitación cerrada— y anuló el gol. El partido retomó el empate y el relator no pudo desdecirse, aunque hubiera querido. ¿En qué lugar de la memoria se guardan los goles anulados? ¿A dónde van a parar las frases hechas? ¿Cómo se desarman los lugares comunes, las metáforas sin vuelo? Quizás cuando aparece un equipo como Paraguay, que se educó futbolísticamente en la tierra colorada y maceró a sus jugadores en ligas sudamericanas. Quizás cuando aparece un técnico como Gustavo Alfaro, que oficia a veces como un pastor, a veces como un padre adoptivo y siempre como alguien que cita frases de un libro de autoayuda.
El partido entre Alemania y Paraguay se definió en el juego psicológico de los penales. El primer turno fue Kai Havertz, un futbolista campeón de la liga inglesa y de la champions, un muchacho de ojos claros, con cara de estudiante de intercambio de Erasmus. Del otro lado, Orlando Gill, el arquero paraguayo, con nombre de ciudad estadounidense y apellido con el que debe haber tenido que lidiar. Orlando Gill, criticado por Chilavert por su mutismo, juega en San Lorenzo, de Argentina y debutó en San Lorenzo, de Paraguay. Orlando Gill, buzo color jacarandá, sin gestos ampulosos, sin expresión corporal, con la mirada triste o perdida o concentrada, dio tres saltitos tímidos en su eje antes de que Havertz pateara, y cuando la pelota viajó, voló hacia su izquierda y sacó el remate con su mano derecha. Luego, apenas festejó tirando dos besos al cielo y caminó hacia un costado, para mirar el siguiente penal. Después el bueno de Orlando le atajó otro penal a Woltemade e intimidó a Tah, que envío la pelota a las gradas. Definió José Canale, el defensor de Lanús, el chico de rulos que decretó el pase de Paraguay a octavos de final y logró lo imposible: es la primera vez que Alemania pierde en una tanda de penales en un Mundial.
Después del partido llegó la conferencia de prensa de Alfaro, un momento que ya se convirtió en un clásico de este Mundial. Por técnicos como Alfaro —o como Bielsa, que en este mundial dio la nota por varias cuestiones, pero sobre todo por la foto oficial, en la que sale cabizbajo, sin mirar a la cámara, los anteojos puestos, ambas manos en los bolsillos de su pantalón— es que vale la pena escuchar lo que dicen: porque se sacan el cassette, porque no repiten como loros, porque deshacen las frases hechas. Durante su hora cátedra de cuarenta y nueve minutos -lo mismo que duró el primer tiempo contra Alemania, incluída la pausa de hidratación- el profesor Alfaro no se privó de nada. Dijo una frase que sonó a Andrés Calamaro: “yo no muero con la mía, vivo con la mía y vivir es cambiar”. Disertó sobre planes de educación y moda deportiva: “los alemanes están formados en academias de primer nivel, nosotros estamos formados en tierra colorada, la camiseta que tenemos son las franjas de esa tierra, jugando descalzos mezcla de sangre y utopía”. Y finalmente, cerró con una metáfora musical: “Todavía tenemos que bailar la música que nos ponen. A veces nos ponen una cumbia, a veces un tango, a veces una rumba, hoy nos tocó bailar una polca.” Gustavo Alfaro puede ser técnico de fútbol, docente, predicador, lector de frases de libros y también, parece, bailarín.
Ahora Paraguay jugará contra el dream team francés. Al igual que en 1998, se enfrentarán en octavos de final. El técnico de Francia, Didier Deschamps, disputó aquel encuentro, como capitán. Ese partido se definió en tiempo suplementario y es recordado porque es el único de la historia de los mundiales que se definió con un “gol de oro”. El nivel de exigencia es extremo, pero el “cazador de utopías imposibles” es capaz de muchas cosas. Durante su gestión ya le ganaron a cuatro campeones del mundo: a Argentina, Brasil y Uruguay en las eliminatorias y a Alemania, en el Mundial. Ojalá que en esta vuelta sea Paraguay el que ponga la música, que Gustavo Alfaro sea el DJ del estadio en Filadelfia. Y si no sucede, que es lo más probable, escuchemos la chanson française al ritmo de lo que ha sido el paso hasta ahora Paraguay en este mundial: La vie en rose, o la vida en colorado o la vida en tierra colorada.

Lautaro Lamisovski es psicoanalista y escritor. Vive en Buenos Aires. Publicó cuentos en antologías y revistas y la novela Va a llover más que esto (Neural), en 2022.

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