Recuerdos de Ypacaraí | Lautaro Lamisovski

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Con el himno retumbando en las cabezas. Con el grito de guerra como mantra: “República o Muerte”. Así salió el seleccionado paraguayo en la ciudad de San Francisco a jugar el partido contra Turquía: como si no hubiera un mañana. A los sesenta y cuatro segundos del partido, Matías Galarza Fonda clavó un zapatazo desde afuera del área al fondo de la red. Galarza, borrado en River, enviado al exilio de la MLS, corrió hacia la mitad de la cancha, con su cabellera castaña apenas larga, levantando la mano derecha envuelta en una muñequera blanca y luego, enloquecido, se estrelló en el césped para seguir gritando con sus compañeros. Así convirtió el gol más tempranero del mundial. Así los jugadores festejaron en la cancha y en el banco, pero Gustavo Alfaro, el técnico, caminaba en silencio, imperturbable, en modo zen. Después de ese primer minuto, lo único que hizo Paraguay fue un despliegue colosal de técnicas de supervivencia.

El asedio turco —comandado por jugadores como Arda Guler, del Real Madrid o Hakan Çalhanoğlu, del Inter de Milán— no pudo doblegar a un combinado de jugadores que están, mayoritariamente, en equipos de América. La selección turca, además, pasó todo el segundo tiempo con un jugador más, debido a la expulsión de Miguel Almirón por taparse la boca al hablar con un rival. Esta es una de las novedades del reglamento del Mundial 2026, para evitar insultos homofóbicos o racistas. Muldur, el lateral derecho turco, pidió la expulsión de Almirón luego de que, en una discusión entre ellos, el jugador de Paraguay se tapara la boca.

Entonces durante el segundo tiempo Paraguay se dedicó a resistir el embate otomano. La nación conquistadora versus el país que no tiene salida al mar. El imperio versus el país encerrado. A pesar de realizar treinta y tres disparos al arco —récord en el torneo—, Turquía no contaba con la capacidad del seleccionado guaraní de resistir, de defenderse. El fútbol, una vez más, como el teatro donde David le puede ganar a Goliat.

Después, en la rueda de prensa, Gustavo Alfaro se sentó frente a los periodistas, destapó una botella de agua, se sirvió un vaso que nunca tomó y luego, como nos tiene acostumbrados, regaló varios aforismos. Dijo: este partido ha sido un carrusel de emociones. Dijo: era un partido en el que no había mañana. Dijo: del mundial no te eliminan, te echan. Dijo: cuando a Paraguay lo dan por muerto, es cuando más hay que temerle a Paraguay. Y después, sus palabras se dirigieron, particularmente, a la expulsión de Miguel Almirón. Dijo: estamos jugando un deporte nuevo. Y dijo que le dijo a Miguel Almirón: le hubieses hablado en guaraní, si total no te iba a entender.

La polémica sobre la palabra volvió al centro de la escena. Paraguay es una nación bilingüe —son oficiales tanto el español como el guaraní— y es probable que Muldur, el lateral derecho de Turquía —nacido en Viena— tampoco hubiera comprendido español. ¿Podría haber cantado, Miguel Almirón, Recuerdos de Ypacaraí? ¿Lo hubiera escuchado Muldur? ¿Hubiera caído al embrujo de la canción? Poco importa. Hoy el fútbol se parece más a una inquisición policial que a un juego.

Thierry Henry, el delantero francés que en el campo se movía como una gacela, parece ser también un lector de su compatriota, Michel Foucault. Para Henry, estamos asistiendo a “la muerte lenta del deporte que amamos”. También dijo: “El fútbol se construyó sobre la emoción, el enfrentamiento, los juegos mentales, la personalidad. Ahora estamos actuando como si cada palabra privada intercambiada en el campo fuera asunto de una investigación judicial. El juego está empezando a sentirse menos como fútbol y más como un proyecto de vigilancia”.

Al día siguiente del partido contra Turquía, Gustavo Alfaro les dio el día libre a los jugadores. A Alfaro se lo vio caminando por San Francisco, como un turista más. Los hinchas paraguayos lo pararon en la calle, para pedirle fotos. En un video, se lo ve al profesor charlando amablemente con la gente, con el gesto docente que lo caracteriza. De fondo, se ve la bandera Arcoíris, la bandera LGBT flameando, tomando un involuntario protagonismo. La bandera, entonces, como un mensaje de la resistencia. Paraguay, entonces, como un mensaje, como una forma de decir: estamos vivos, estamos acá, somos la nación bilingüe, la que piensa y canta en dos idiomas, que, aunque le tapen la boca es imposible de callar.

Lautaro Lamisovski es psicoanalista y escritor. Ha publicado relatos en las Antologías Felices Juntos (Ed. Tenemos las Máquinas, 2014) y Cómo ganarle el Mundial a Brasil (Ed. Garrincha Club, 2014).

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