
Cobre
La puerta no chilla aunque tiene las bisagras oxidadas y el burlete apenas despegado. La abro, la cierro, la ciudad está en silencio. Adentro no tiene ni siquiera sobras. La abro, la cierro y el acto de magia no funciona: la heladera sigue vacía. La arrastro unos metros, la subo a la vereda y saco un
destornillador que encontré la otra noche. El freezer, en su interior, está teñido de manchas negras y de una descomposición verdosa. Tanteo las placas de los costados, la del fondo, por el sonido compruebo que son de aluminio. Me miro las manos, los dedos manchados como si fuera a tocar el piano de nuevo. El moho parece vivir allí hace millones de años. Cuando tuve una de estas con freezer, hace tiempo, sabía que lo primordial era no pincharla; descongelarla con la espera, los restos de hielo cayendo solos y los cuchillos alejados. Ahora clavo el destornillador en el hongo, escarbo, cede y la punta se me zafa hasta dejar un rayón profundo en la base. Hago palanca sobre la placa izquierda, resiste dos segundos y la arranco con un despegue exagerado. A la rejilla que divide el freezer la saco para usarla de brasero y dejo la puerta abierta para ventilar el cubículo. Acaricio el techo de la heladera, medimos lo mismo, metro ochenta, aunque ella está armada, ancha y pesada. En una esquina tiene un machucón como si en una mudanza le hubieran pegado a un borde. Pienso, qué falla puede tener para que la dejaran abandonada al lado del contenedor de basura, si será fácil arreglarla. De tanto verlas tiradas conozco sus partes como si fueran órganos autónomos pero de su funcionamiento conjunto no sé nada. Quiero girarla como a una bailarina, ella corcovea y se clava mirándome en diagonal. Le doy un poco más, la parrilla tiene pelusas, alguna que otra marca, los tubos y las varillas de acero están firmes haciendo de columna vertebral. Siento ganas de arrancarla con las manos, de mostrarle cierto poder, pero el impulso se desvanece cuando pienso que puedo venderla como
repuesto. El cable del enchufe cuelga de una esquina de la parrilla y, de arriba hacia abajo, me guía al corazón de la cuestión. Desde el hueco inferior trasero asoma la forma abombada de la pepita de cobre, como solemos decirle al motor. Hago cuentas, por su tamaño puede tener casi un kilo de cobre, lo que se traduce, más menos, en cinco seis comidas y cuatro cajas de vino. Me afirmo sobre el motor y no se mueve, ocho tornillos lo custodian. Tanteo, están pegados y sino consigo una coca cola será imposible despegarlos. No tengo plata y no puedo gastar el cobre que todavía no vendí. Alrededor no veo a ninguno de mis colegas para pedirles un préstamo. Piso el pedal del contenedor de basura y se desprende la tapa. El ruido no alerta a nadie, ya ni nos miran. Alumbro dentro con mi linterna, no veo ningún envase de gaseosa. Me cuelgo y me descuelgo. No es un juego, hay noches que sueño que el contenedor es mi ataúd. Nunca, jamás, encontré un tesoro en su interior y en el sueño tengo los ojos abiertos como si hablaran, como si dirían; no es tan fácil morir. Un culito de coca sería suficiente, vuelvo a la bocha del motor, me afirmo, calzo el destornillador en la ranura, gira apenas, sigue calzado y se zafa. La impotencia es el punto medio entre el falso giro del tornillo y el corte que me surca la mano. Sangro una sangre espesa, levanto el puño y se hacen pequeñas lagunas en los huecos de mis nudillos. Debería haber sido por pegarle a alguien, a algo, debería corresponder a otro momento, a otro lugar. La heladera inmutable me da la espalda, de atrás no se pega. Un colega viene caminando por la misma vereda, arrastra todo menos la botella de fernet armado que empina. Lo saludo y ni bola, se frena a mirar la heladera como si yo no existiera. Le habla en otro idioma, el que yo también hablo otros días en otros estados. Entiendo las intenciones. Le pego un grito corto con E y se sorprende cuando le estiro la mano, no le queda otra que pasarme la botella de Fernandito Séptimo. Tomo un trago, giro apenas y me pongo de costado, me agacho; él mira la botella, yo miro el motor. Los ojos los tiene rojos, casi cerrados y, cuando tiro un poco de líquido sobre los tornillos, se le abren encendidos. Me levanto porque se me viene, trato de explicarle, ya no le entiendo nada y menos entiendo cómo terminamos enroscados el uno con el otro, ensangrentados, ahora yo sin ver nada más que una secuencia inexplicable que rápido quiero olvidar. Cuando despierto de la ceguera, cuando me despego y le doy unos metros, lo veo levantarse con dificultad y volver a arrastrar todo en la misma dirección por la que llegó. Carga el fernet armado. La heladera sigue en su lugar. Destornillador en mano tanteo los tornillos encocados, los marco por alrededor de la cabeza con la punta ancha y procedo. Ocho espárragos que mando al bolsillo y la pepita mirándome desprotegida. Ovalada la levanto, la trabo con un brazo mientras con el otro abro la tapa superior del cofre y lo confirmo; a simple vista, casi un kilo de bronce. Lo toco, pienso en si rinde derretirlo o venderlo así nomás. Cierro el cofre con cuidado. Arrastro la heladera hasta la esquina, bajo el alero donde dejé todas mis cosas. Ella custodia, yo me tiro al colchón, me tapo, abrazo a la pepita de cobre, mañana será otro día.
Sobre el autor:
Juan I. Zerito (Venado Tuerto, 1992)
Lector, librero, profesor de Filosofía; en ese orden mentiroso.


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