CRÓNICAS DE LOS CONFINES I

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INTRODUCCIÓN NECESARIA

Triplemente obligado por 1) el culpógeno tiempo disponible del confinamiento; 2) la fecha de cierre de Ají y 3) la férrea insistencia de los editores, garrapateo estas Crónicas de los confines para incluir en el lanzamiento de este nuevo espacio digital, que, como  no podía ser de otra manera, celebro entusiasmado.

Un confinamiento –coronavírico– me llevó a otro confinamiento –carcelario–, sucedido hace ya muchos, demasiados años, tantos que la reconstrucción tiene el permiso del olvido y los recursos de la invención.

Traduttore, traditore reza el conocido adagio: cuando se traduce, se traiciona. Cuando se vuelcan recuerdos, la traición es casi inevitable. Pero al mismo tiempo, es el único acceso posible. La verdad se construye, dicen. El proyecto no podía ser más ambicioso. ¿Qué pretendo? Nada, solamente dar cuenta del paso del tiempo, sorteando las trampas de la memoria, y elegir entre la buena y la mala conciencia, para tratar de reflejar, ¿qué?: todo. 

La piedad, la vergüenza, la pena, las lealtades, las pérdidas, la supervivencia, las arbitrariedades, las injusticias, la dignidad, la furia, los miedos, la locura, la amistad, la solidaridad, la violencia, el dolor, la tortura, el humor, la militancia, el aprendizaje, el vacío, el respeto, el honor, el amor, el pudor, el sexo, la ternura, el derecho, la pobreza, el dinero, la gratitud, el poder, la mentira, la verdad. ¿Todo esto pasó? ¿En serio pasaron 43 años?

Con el fin de exorcizar mis demonios personales, de rendirme cuentas a mí mismo, de hacer justicia con tantas y tantos, desgrano estas Crónicas de los confines

Bienvenidos a bordo.


CRÓNICAS DE LOS CONFINES I

El punto más lejano que se alcanza con la vista

“Corré en tu living, pelotudo” indicaba sutilmente el cartel firmado por la Secretaría de Comunicación para esos, con escudito nacional y todo, mientras un videíto repetido hasta el hartazgo en las redes sociales recordaba diferentes situaciones de “confinamiento” en condiciones durísimas: los mineros chilenos, los rugbiers uruguayos, los chicos thailandeses y nosotros –concluía– que estamos encerrados con wi-fi, netflix, cable, energía y alimentos ¡y encima nos quejamos! 

¿A santo de qué arranco con estos ejemplos, escasamente ilustrativos de los modos de reaccionar frente a situaciones impuestas por la inexorable realidad del confinamiento coronavírico? Porque se me canta. Pero si de confinamientos hablamos, a mí que me revisen: después de haber pasado 1.949 días en cana, esta cuarentena me resulta fácilmente soportable, más allá de los recursos materiales que mi condición de clase media me permiten.

Y en todo caso, son una excusa, un pretexto. Siempre las excusas son nimias, banales, intrínsecamente estúpidas, con escasa relación respecto del tema en cuestión, como no sea la contigüidad o un cierto “parentesco”, casual o forzado, para permitir(nos) un giro del sentido que nos lleve a otra cosa, mejor o peor, y seguramente menos aburrida que las que podrían ocurrir hoy, en el trayecto de la cama al living de mi confinamiento porteño.

Si confinar es obligar a alguien a permanecer en un lugar o encerrarlo en él, y que no pueda traspasar la línea real o imaginaria que marca los límites de su espacio, no deja de ser una paradoja que el confín sea el punto más lejano que se alcanza con la vista, o sea, precisamente, los límites de su confinamiento, o sea, las paredes de una celda, sin ir más lejos.

Con-finados, o en lunfardo-lacaniano: ¿con muertos? Enrique Medina popularizó en su novela a los que, muertos en vida, habitan Las tumbas, los tumberos. Y una serie televisiva homónima escenificó y estetizó el morbo que rodea la vida carcelaria. Pero el término ya existía. Pregúntenle a don Elías Neuman, de larga y prolífica producción sobre las cárceles y el sistema penal argentino.

Con-fin ¿hay un fin?, ¿quiere decir que en algún momento se termina el confinamiento? Y cuando termina, ¿sólo se trata de salir y ya está? ¿Adónde salimos? ¿Cómo salimos? ¿Cuánto cambiamos nosotros y cuánto cambió el mundo? Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y el mundo, ya se sabe, siempre fue y será una porquería. Los niños, los borrachos, los poetas y los locos siempre tienen razón.

De cualquier manera, el problema siempre es qué se hace para rellenar el confinamiento, el problema es el mientras tanto, el problema es qué se hace para llegar, el problema es el viaje hasta el punto más lejano que se alcanza con la vista, hasta el confín.



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Seguir Oscar Estellés:

(1953) Nació en su casa, en la localidad de San Francisco de Santa Fe. En 1955, sus padres se mudaron a Venado Tuerto. Con el pretexto de estudiar Química, en 1971 se fue a Buenos Aires. Tuvo varios oficios, hasta que por su militancia política, fue detenido en 1977. Estuvo preso hasta fines de la Dictadura. Comunicador, especialista en planificación y desarrollo estratégico de campañas de imagen institucional y sobre temas sociales y políticos, comenzó como corrector tipográfico y de estilo. Trabajó como creativo publicitario en agencias de Argentina y Ecuador. Fue periodista y guionista documental en América 2. Publicó artículos en varias revistas culturales (El Porteño, Lote, Espacios) y en el diario Página 12. Se desempeñó como docente de publicidad y periodismo en la Universidad de Palermo y para el Ministerio de Cultura de la Nación. Desde su creación en 2006 hasta 2014, fue el responsable de la comunicación del Instituto Espacio para la Memoria de la CABA. Y después integró el área de publicaciones de la Secretaría de DDHH de la Nación. Actualmente trabaja en prensa y comunicación para el Ministerio de Justicia y co-conduce “Ahora y Siempre”, por Radio Caput, programa sobre DDHH y Memoria.

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2 Respuestas

  1. Jayson
    | Responder

    Hermosas reflexiones, Oscar! Un abrazo

  2. Pablo
    | Responder

    Lecturas necesarias si las hay. Vuelvo a leer, a re-leer y esto obliga a re-pensar. Entiendo poco de este círculo virtuoso del sentirpensar, pero pasa todo por ahí, y no es solo por consecuencia de el contexto de pandemia. El texto trae todo a la cabeza (y al corazón).
    Abrazo Oscar.

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