historia de un cuento y lazos en la brevedad / hugo díaz

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Historia de un cuento         

Imposible. Bruno debía cruzar la avenida con pasos apretados, abrir la puerta del departamento con envión, con fuerza, como cuando experimentó la decisión de contárselo todo de una vez. Ese pensamiento lo llenaría de vigor que lo expandiría a todos sus músculos, y cada fibra ejercería una vibración que llegaría hasta los latidos del corazón, al cual controlaría con una respiración moderada. Pero Bruno, el personaje de este cuento, no lo hizo. Nada realiza de lo que escribo para él. Varias estériles carillas de la computadora he eliminado o he intentado corregir sin éxito, porque Bruno desaparece, no está donde debería, improvisa su parlamento, tuerce las cosas a su antojo.

         En el departamento, Florencia corrige evaluaciones. Ella dicta clases de matemáticas en nivel secundario. (Esta información debíamos deducirla a través de un diálogo entre Florencia y Bruno que tuvo que darse mucho antes de esta escena). Con delicadeza, él gira la llave, abre la puerta y camina sutilmente hacia donde se encuentra Florencia, la besa. Después deja sus cosas en el sillón y se dirige al cuarto, en el camino evita mirar el espejo del corredor. Sabe que mirándose en ellos puede oírme, saber lo que escribo para él. En cambio, Florencia, como otros personajes, sí se mira largamente en ellos y cree conversar, hablarse a sí misma. 

        Este cuento era sencillo. Bruno debía llegar al departamento y confesarle a Florencia que estaba saliendo con otra mujer, se había enamorado; y que se marcharía esa misma noche. Entonces Florencia perdería el juicio al instante y lo asesinaría con un cuchillo de cocina por la espalda. Luego viviría en túneles subterráneos de la ciudad hasta que se olvidaran de ella.

       En este momento Bruno se dirige a la cocina. Toma el cuchillo más lago y filoso, apoya uno de sus dedos en la punta, puede ver el reflejo de sus ojos. Los pensamientos se convierten por pocos segundos en un laberinto donde une voces y construye fácilmente una idea. 

      El cuerpo largo y lánguido se mueve nuevamente hacia el cuarto. Sé que lo sabe; sabe que en esta historia debía morir, lo que no sé es cómo va a actuar en este momento. Llega a la cama, arroja el filoso cuchillo sobre ella; lo mira como si necesitara convencerse más, quiere sacudir de su pensamiento cualquier cavilación. Comienza a desvestirse.

       Hago que con vagas excusas Florencia necesite mirarse al espejo. Frente a éste se arregla sus ondulados cabellos. Luego anuncia que va a salir un momento y toma su juego de llaves, Bruno nada responde. Escucha cerrar la puerta de entrada.  Está sentado en el borde la cama y puede sentir ciertas articulaciones doloridas como si hubiese hecho intensos ejercicios en frío, y un imaginario olor a sangre lo enferma y repugna.  Busca su ropa deportiva y comienza a vestirse, luego hace movimientos de elongación y de relajación. Ahora descuelga cortinas y empieza a tapar todos los espejos. Toma el cuchillo, apaga las luces, sólo una tenue luz que entra de la calle, se pega en todo el departamento. Agazapado cerca de la puerta, la huesuda y larga mano aprieta el mango.

Lazos en la brevedad

Quisiera imaginar que ella me vio antes de que yo lo hiciera. Que lo hizo distraídamente porque quería guardar en su memoria, aunque sea por un momento, las olas revueltas que al llegar a la orilla daban la sensación de enrollarse en sí mismas y desvanecerse en espuma, los ladridos lejanos de un perro amarillo, algunas gaviotas sobrevolando el mar y a mi descalzo caminando por la arena mojada, cuando interrumpió la lectura y levantó la cabeza. Seguramente acomodó el pelo que se le pegó en la mejilla por el viento.

           Ella todavía no sabía que había viajado solo, que me había instalado en una cabaña con una cama y dos sillas pegadas a la cocina y baño. Y que la única ventana era azotada por los graznidos de cotorras durante toda la mañana. Tampoco que en mi mochila llevaba libros. Y que uno de ellos era mío. Un librito de cuentos que había publicado no hacía mucho. Lazos brutales, dijo ella, me gusta el título, afirmó.

           No hubo intención de acercarme a ella. No fabriqué un encuentro. Al pasar la vi leyendo concentrada y pensé que podía pedirle una foto mostrando en sus manos la tapa de mi libro. Luego subirla al Instagram con el permiso de la modelo. Ella levantó la cabeza. Tenía lentes de sol y los labios tiesos hasta que imitó una sonrisa. Claro que no sabía que en ese momento estaba sola. Que el grupo de amigas con el cual había viajado estaba durmiendo o eso pensaba ella. Después señaló con un dedo tratando de hacer un resumen del paisaje y dijo que le gustaba oír toda la playa durante las mañanas.

           Dos noches después me escribiría por WhatsApp. Se encontraba en un bar con las amigas, se aburría muchísimo y la música del lugar era de lo peor. Rato más tarde la vería por primera vez sin lentes de sol. Luego de la charla del mediodía, nos saludaríamos mostrando la palma de la mano, desde lejos, en la playa, con tres o cuatro sombrillas de distancia. Ella estaba rodeada de sus amigas y el viento sacudía el pareo que dejaba ver una malla roja.

           Tengo presente que, durante ese mediodía, nos habíamos quedado en silencio, casi espiando un chico de unos cuatro años despegar caracoles de la arena mojada mientras el perro amarillo ladraba desbocado a las olas. Luego las apariciones espontáneas de familias cargando sombrillas y reposeras desordenarían el paisaje señalado. Apuntó la nariz patricia hacía mí y preguntó de dónde era. Lo que no recuerdo si señalé la solapa de mi libro, donde había algunos datos o si le contesté.

         Esa noche, en la cabaña, ella dijo que yo estaba un poco inquieto, nervioso, quizá. Por eso al entrar preguntó si podíamos escuchar música.

         El chico que juntaba caracoles corrió con su balde repleto hacia la madre que lo vigilaba reparándose de los reflejos de sol con la mano en la frente. El mar retrocedía, el viento daba una tregua y el sol parecía lanzarse violento a nosotros. Seguí con la conversación y consulté qué leía. Habló sobre la autora del libro y fingí no conocerla. Desde el costado derecho del cielo las nubes bajas parecían hincharse y subir lentamente.

           Moví la cabeza negando. No tenía un equipo para reproducir música. Entonces señalé mi Notebook, podíamos buscar algo por YouTube, aseguré. Ella se descalzó, se sentó en una de las sillas y preguntó si estaba escribiendo algo nuevo. Antes de que respondiera dijo que le había gustado el cuento Antígona, el mar y la muerte. La historia de la nena que roba.

         Antes de que la viera por segunda vez una pequeña lancha encallaba en la playa y algunas gaviotas la seguían de cerca, planeando esperaban la oportunidad de apropiarse algo de la carga. Uno de los pescadores bajó y empezó a destripar los pescados. El olor rancio hacía que se juntara más aves y también turistas que empezaron a rodear la embarcación. Hombres con el torso desnudo, barrigones y de espaldas flechadas por el sol compraban, al otro pescador con sombrero, por kilo. En ese instante pensé que podría narrarlo en algún cuento, que todo ese momento podría describirse de otra manera.

         Ella eligió música y yo destapé un vino. Busqué vasos en la alacena con mucho cuidado, tenía miedo que se desprendiera una de las puertas. Había dos tazas que sirvieron. La mía era de un color marrón claro, como tierra seca y la de ella completamente blanca. Dijo que se sentía bien lejos del bar y del forcejeo constante con el viento del mar, sonrío.

         La misma expresión hizo la tarde que le mostré cómo había salido sosteniendo el libro desde el celular. Se acomodó el pelo que el viento unía a la cara. El protector solar hacía brillar por partes la piel en cada movimiento. Entonces me pidió que mandase la fotografía a su WhatsApp.

         Escuchamos una rara fusión de música electrónica y funk. Ella para dar por terminado el tema de conversación que discutíamos dijo que mis palabras tenían un romanticismo un poco cándido cuando afirmé que no me creía un escritor, más bien me sentía similar a un hombre que escribe todo el tiempo. Nos besamos. No. En realidad, primero nos desnudamos y luego nos besamos.

        Una luz rosada entraba a la cabaña como una tintura clara. Ella se vistió. Desnudo la acompañé hasta la puerta. Se despidió con un beso en la mejilla. Volví a la cama. Me levanté cuando sentí hambre, entonces vi que la computadora no estaba sobre la mesa, donde recordaba haberla dejado. Barrí el lugar con la mirada sin dar con ella. Reaccioné buscando mi billetera. La encontré en el jean que me había puesto la noche anterior y debajo de más ropa estaba la Notebook.

        En la playa los turistas enfrentaban las olas, abandonaban su peso y se hundían en el mar y luego emergían satisfechos. De a poco todos edificábamos un día normal.

       A la distancia observé a un muchacho que caminaba descalzo por la orilla con una mochila colgada en uno de sus hombros. Él miraba a una chica que leía bajo el sol del mediodía.

Hugo Díaz. Rosario, Argentina. Estudió Letras. En la actividad literaria comenzó escribiendo poesía. Algunas de ellas fueron publicadas en antologías. En género cuento ha obtenidos premios en distintos concursos literarios. También colaboró en revistas literarias nacionales y del extranjero. Ha publicado Lazos brutales, cuentos (2020) y la novela El mal del reflejo (2021).



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