HISTORIAS DE UN VENADENSE ERRANTE

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Salí de Venado Tuerto, de la casa que tras la muy reciente muerte de mis padres ahora espera vacía a un improbable comprador, hace nada menos que 48 años. Me fui alejando, debería decir, paulatinamente: a Rosario al principio, a la ansiada Capital Federal (ahora llamada CABA, pero me da lo mismo: para mí Scalabrini Ortiz sigue siendo Canning y Perón, Cangallo), a Málaga huyendo del menemismo, y hace cinco años a Londres huyendo de la recesión española. Argentino como soy, no hace falta recordar que situaciones sociales extremas no me han faltado en la vida. Pero reconozco que nunca, en 65 años, me imaginé envuelto en este argumento de película de ciencia ficción de terror que vivimos en estos días. Y lo peor: no hay adónde huir.

Y si la triste sabiduría de los años no hace más que corroer con perseverancia la confianza en esa Humanidad (así, abstracta y con mayúsculas) en defensa de la que se supone un día elegimos luchar contra el Sistema, este capítulo está terminando de sepultar aquellas al parecer ingenuas esperanzas. Pero mejor hablemos con propiedad: la Humanidad no existe, pero sí la Sociedad. Y es la Sociedad la que está mostrando su cara más verdadera en estos días de horror (el auténtico que nos provee la naturaleza y el artificial que nos bombea la “opinión pública”). Y desde luego, la cara que está mostrando la sociedad es para desesperanzarse: vaciamos supermercados y acopiamos papel higiénico sin pensar que eso hará que muchos otros se queden sin comida (y ni siquiera porque no tengan con qué pagarla, que siempre los hubo, sino porque no hay dónde comprarla); aprovechamos para irnos de vacaciones cuando se nos exige aislamiento en un intento (espero que exitoso, aunque lo dudo) de parar los contagios; etc., no hace falta seguir enumerando. Pero luego, alentados por la sociedad del espectáculo, nos enorgullecemos de salir a los balcones a hacernos selfies cantando el himno y aplaudiendo a los mismos a los que, probablemente, les hemos quitado — mientras ellos hacían su trabajo — la oportunidad de abastecer sus alacenas. A hacer la ola, como en la cancha. Esas son las formas modernas de la solidaridad: la ola, el Me gusta en el facebook. No hay que generalizar, me dirán. Desde luego. Gente solidaria y responsable también hay: incluso héroes. Individuos que logran resistirse a la irracionalidad, al individualismo. Claro que los hay, siempre los hubo. Pero la Sociedad no.

Y entonces, en nombre de la solidaridad y los altos principios de la Vida reclamamos el rigor y la autoridad absolutas, de las que desde luego se deben hacer cargo – con placer y fruición – los represores de siempre. Cuando una sociedad es incapaz de ser responsable y solidaria, de pensar más allá de sus intereses inmediatos, de autogestionar sus formas de convivencia, empieza a reclamar que la disciplina venga de fuera: el que grita más fuerte. El fascismo está servido. ¿Se acuerdan de Ensayo de orquesta, aquella película algo olvidada de Fellini? La escribió hace casi medio siglo. Recomiendo volver a verla…

Pero me han pedido un artículo sobre mi experiencia como venadense errante y, por añadidura, artista. Mal momento para hablar de eso, pero ¿por qué no? ¿Cómo se hace para vivir en una cultura diferente, y sobre todo continuar con esa autoimposición que significa la creación artística cuando a veces hasta los códigos (por no decir la propia lengua) son diferentes? Y por supuesto, sin abstracciones teóricas: ¿cómo se hace para vivir y crear viniendo de un “país periférico” en el seno de una sociedad chauvinista y soberbia como la anglosajona, blanca y británica, que ha elegido democráticamente rechazar a los inmigrantes y aislarse del intento europeo de internacionalizar la vida?

Llegado a este punto, aparece un nuevo escollo: ¿cómo hablar de todo eso de una sola vez sin caer forzosamente en la síntesis uniformadora, en el cliché previsible, en los estereotipos del tema?

Esto será, por lo tanto, si me lo permiten, apenas la primera de una serie de notas en las que trataré, lo más amenamente posible pero sin simplificaciones, de contar la historia de alguien que siempre se reivindicó, por encima de todas las cosas, escritor, y trata de seguir siéndolo en medio de mundos extraños. Huelga advertir, y espero no ser abusivo, que me será necesario acudir a mi propia experiencia.

En estos días en que se habla mucho de Camus, Defoe, y otros que escribieron sobre la peste, me gustaría recordar otro libro del que casi todos se olvidan: a fines del siglo XIV, el inglés Geoffrey Chaucer imaginó a un grupo de jóvenes nobles que, sin duda en un acto de insolidaridad típico de estos días, organizaron un viaje de Londres hacia el aire puro del campo para huir de la peste que asolaba la ciudad. Para entretenerse, por las noches cada uno de los viajeros contaba un cuento, y de ese modo algo salió de positivo: así nació la narrativa en lengua inglesa. Yo no creo poder inventar nada nuevo, desde luego, pero al menos espero que estas notas sirvan para entretenerlos un poco durante los largos meses que, con mucha probabilidad, nos esperan hasta que logremos salir de esto.

Crónica de una huida anunciada

Siempre me importaron los libros. Sin embargo, no voy a fardear citando prestigiosas primeras lecturas: no, sin contar al libro Upa, fueron Corazón, Hombrecitos, el Príncipe Valiente, como casi todos. A lo sumo, algo de Salgari y David Copperfield. A los once o doce años con mis amigos –Eduardo Sánchez, Muñiz, sobre todo– competíamos a ver quién escribía mejores novelitas (de 10 o 20 páginas) sobre agentes secretos a lo James Bond, que empezaba a estar de moda (de paso: nunca logré imaginarme a Bond con otra cara que la de Sean Connery). A los quince o poco más (ya había leído bastante más entonces, por supuesto) organizaba concursos de cuentos en la escuela para intentar ganarlos (pero casi siempre me los ganaba Muñiz). Después, un médico joven venido de fuera que había decidido reflotar la Biblioteca Ameghino me invitó a formar parte de la Comisión Directiva, junto con Eduardo Sánchez. No era casual: pasábamos las tardes en la biblioteca, leyendo y comentando revistas y política, molestando con nuestra charla a los escasos lectores (especialmente un señor mayor de gruesos bigotes amarillentos por el tabaco y sombrero de corcho de explorador, que todas las tardes leía el periódico en la sala), y tratando de mirarle las piernas a la inolvidable bibliotecaria. Aunque también, voluntariamente, iniciamos el reinventariado de todo el fondo existente usando la entonces novedosa clasificación “decimal”. Y nos peleábamos con la profesora de Literatura (íbamos al Colegio Nacional, entonces todavía en la vieja casona de la calle San Martín) que insistía en hacernos leer los aburridísimos clásicos que ordenaba el programa.

En algo estábamos siempre de acuerdo: Venado era “un pueblo de mierda” y había que salir de allí lo antes que fuera posible si no queríamos atarnos para siempre a la vida mediocre de la sociedad local. Hoy, desde luego, debería matizar muchísimo aquel sentimiento, pero de ninguna manera estoy dispuesto a abjurar ni arrepentirme: el cambio, incluso “por cambiar nomás”, como dice la canción de Fito, es algo a lo que no pienso renunciar nunca.

Y nos fuimos. Casi todos. La Universidad era nuestro anzuelo y el sacrificio de nuestros padres –en muchos casos– nuestra única tabla de salvación. Nuestros padres, gracias a cuyo esfuerzo económico pudimos lograr lo que tanto ansiábamos: huir de ellos.

Fui a Rosario, volví, “pasaron cosas” como diría el ínclito ex presidente. Al final, el definitivo comienzo de la errancia: Buenos Aires, la “gran ciudad” cuyo anonimato y soledad denunciaban las letras de rock de nuestros ídolos musicales, pero que figuraba en nuestras agendas como el destino irreductible. Entonces el centralismo porteño era mucho más fuerte que ahora: al menos en el territorio del arte y las letras, quien no vivía en Buenos Aires no existía.

No me estoy apartando del tema: un poco de paciencia. Ya sé que el compromiso es el de hablar sobre mi experiencia, la de un escritor venadense en una cultura lejana. Pero para llegar lejos hay que empezar a alejarse. Y para entender el alejamiento geográfico, es preciso entender cómo uno se va alejando mentalmente. Y aquí es en donde, casi siempre, los destinos comienzan a ser divergentes: unos huyen a experimentar vivencias nuevas, pero prefieren regresar a las de siempre (o, por múltiples circunstancias,  no tienen otra opción); otros encuentran en su nuevo destino lo que buscaban y se establecen en nuevas rutinas invariables (o, por múltiples circunstancias, no tienen otra opción): finalmente, hay los que deciden seguir buscando y no se conforman nunca con lo mismo. Y he aquí que debo agregar también, para evitar decir que esta alternativa sea mejor que las otras: o que, por múltiples circunstancias, no tienen otra opción.

Pertenezco, obviamente, a la última de estas tres categorías. Mientras viví en Buenos Aires me fui vinculando, por momentos hasta con cierto “éxito” (todo el mundo tiene derecho a quince minutos de gloria, ya lo decía Andy Warhol), al campo inestable, fangoso y a menudo fatuo del “arte y la literatura”; y también, paralelamente, al de la política, que arrastraba, siempre paralelamente, desde la adolescencia. Sufrí la dictadura sin mayores consecuencias (físicas, me refiero); escribí centenares de notas en medios que van desde “Clarín” hasta pequeñas revistas marginales, publiqué algún que otro libro, fundé dos revistas literarias; milité contra la dictadura y luego por una izquierda renovadora (que quizás no lo fue); participé en un cúmulo de recitales, mesas redondas, debates, encuestas, programas radiales. También conocí la mayor parte de mi país, hice periodismo para vivir, me enamoré varias veces, me emborraché muchísimas más, tuve tres hijos.

Durante esos diecisiete años volví al pueblo (a la ciudad: no vaya a ser que se ofenda algún susceptible) con frecuencia: descubrí que la familia de la que había huido era una de las cosas más gratificantes que tenía en la vida, que el reencuentro con paisajes de mi infancia me enriquecía literariamente, que en mi pueblo las nuevas generaciones estaban construyendo unos originales espacios culturales (sobre todo, alrededor de la Biblio) que hubiésemos envidiado en mi época. Igual, nunca se me ocurrió volver a vivir en Venado Tuerto. La vida tiene etapas que se van cumpliendo: ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas.

A principios de los noventa, también sentía agotada otra etapa, y esta vez lo abarcaba todo: la decepción de una esperanza de democracia que había terminado en el menemismo, las sordas aunque descarnadas disputas por espacios y jerarquías en el campo intelectual porteño, el auge de la mentalidad neoliberal e insolidaria en la mediocre clase media argentina, me sacaron de quicio. Con alguna ayuda, invalorable, de amigos que residían ya en Europa, mi mujer y yo –con nuestro hijo pequeño– decidimos irnos del país. Tenía claro –o creía tenerlo– una cosa: me iba para cortar definitivamente con el periodismo y la política. No funcionó, pero lo comprobaría más adelante. ¿Cómo iba a hacer para adaptarme a una cultura diferente, esa amenaza que sobrevolaba en la famosa canción de León Gieco? No lo sabía, pero con la que dejaba ya no quería tener más nada que ver.

Y ahora sí, con un poco de retraso, llega el momento de hablar de lo que, al fin y al cabo, me pidieron los responsables de la revista AJÍ. Claro que para saberlo, tendrán que esperar hasta el mes que viene. Espero dejarlos al menos con la intriga.



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Seguir Enrique Zattara:

Nació en 1954 en Venado Tuerto, y ha vivido en Rosario y Buenos Aires (hasta 1992), en Málaga, España (hasta 2014) y actualmente en Londres (UK).

Escritor, crítico literario y periodista, ha sido corresponsal y director de diversos periódicos en Argentina y España, y fundador de varias revistas literarias: Arte Nova y Contrapelo (Buenos Aires), Utopía Poética y Letras Axárquicas (España).

Publicó siete libros de poesía (Desde lo más profundo de mi, Testamento de adolescencia, La ley de la selva, Omertá, Bailemos, Anatomía de la melancolía y Veinte epígrafes para un álbum familiar); dos de relatos (Fotos de la derrota y Ser feliz siempre es posible), una novela ( Como dos cuervos en la rama, que transcurre en Buenos Aires en los años de la Guerra de las Malvinas y el retorno de la democracia) y ocho títulos más en diversos géneros como el ensayo y la historia, incluyendo La escritura de la luz, el único estudio sobre la historia de la literatura en la región andaluza de la Axarquía donde vivió dos décadas. Tiene una segunda novela inédita, Lazos de tinta.

Actualmente, ejerce su actividad en la capital británica, siendo Director del proyecto cultural multimedia El Ojo de la Cultura Hispanoamericana (www.elojodelacultura.blogspot.com) y Manager de la emisora cultural bilingüe ZTR Radio (www.ztradio.online).

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2 Respuestas

  1. Elvio
    | Responder

    Todo el artículo es bueno. Atrapa la narrativa del periplo. Prometo seguir leyendo en los próximos artículos como fue esta vida tan interesante de este venadense.

  2. Felicitaciones usted personalmente compañero de trabajo de !
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