HOSTILIDAD Y HOSPITALIDAD EN EL LAZO

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“Todo es verdad con la condición de excluir lo contrario”
Lacan seminario 17 

“Hay cierta legítima exigencia de paridad en la hospitalidad ofrecida a la pregunta”
Mirta Segoviano en La hospitalidad

Hace unos años, en una reunión donde hablábamos del cierre de un lugar al que quiero mucho y cuyas huellas aún perduran, un compañero nos decía a propósito de algunos movimientos que comenzaban a ver la luz del día, que tengamos cuidado de no ser la contracara (o sea la otra parte de la misma moneda) del fascismo del que siempre nos quisimos diferenciar. La advertencia por sí sola enuncia el reverso del que estamos constituidos. Ya lo dijo Freud en el Malestar en la cultura: “El prójimo no es solamente un posible auxiliar (…), sino una tentación para satisfacer en él la agresión”. 

En tiempos de impostura general, estar advertidos es quizás el único acto que nos preserva de no caer en esas miserias. “Miseria psicológica de la masa” dice Freud en el Malestar en la cultura, haciendo referencia a un peligro que nos acecha. Y acecha implica que está cerca, esperando el momento oportuno para irrumpir intempestivamente. Estar advertidos es también no quedar indefensos, presos del desconocimiento de las miserias humanas. 

Entonces, ¿qué hacer con esas miserias? 

Vuelvo a citar a Freud porque sitúa el punto exacto de una diferencia radical: “Sería injusto reprochar a la cultura su propósito de excluir la lucha y la competencia del quehacer humano. Ellas son sin duda indispensables, pero la condición de oponente no coincide necesariamente con la de enemigo; sólo deviene tal cuando se la toma como pretexto y se hace abuso de ella”.

En estos tiempos de impostura general, ¿qué tipo de políticas se pueden construir? ¿Qué vínculos políticos podrían existir? 

“Este empeño que ponemos en ser todos hermanos prueba evidentemente que no lo somos (…) Esta manía de la fraternidad, dejando de lado el resto, la libertad y la igualdad, no es moco de pavo –convendría ver lo que hay debajo–. Sólo conozco un origen de la fraternidad, es la segregación”, dice Lacan en El reverso del psicoanálisis. 

La segregación funda un adentro en la medida en que hay alguien que va al lugar del afuera. Funda un nosotros siempre y cuando haya uno que no pertenezca al conjunto. Ese que no pertenece es lo distinto, lo raro, lo intolerable, un resto y por ende, lo eyectado. Ahora bien, ¿no es acaso eso que se expulsa lo que me confronta con eso propio, impuro, que hay en mí?

¿Hay un lazo posible donde el otro no aparezca proyectado en el lugar del enemigo? Quizás “si puedo rechazar el rechazo que reina en la segregación”, escribe Ritvo.

¿Es posible una construcción que se sostenga en una apuesta al lazo con el otro? 

En tiempos de las mascaradas de la corrección política que oculta distintas formas de ejercer violencia, me aferro a pensar que hay una construcción posible que no se sustente en que el otro es mi enemigo. Una construcción sin ostentación. Una construcción desde la ética y no desde la moral y entonces, una construcción que aloje lo extranjero del otro y su pregunta. Y en ese movimiento de apertura, lo que se aloja sacude los dogmas instituidos. 

Una construcción con el otro, donde su otredad me confronte y me conmueva. Otro que no es yo. Otro donde no me encuentro. Una construcción que aloje un “entre” como espacio posible de habitar. Un entre, un espacio, un lugar para la pregunta. Y la pregunta exige necesariamente la presencia de otro, pero ¿qué lugar se le da al otro?

En el prólogo de La hospitalidad, Mirta Segoviano escribe que “la pregunta puede o no, ser acogida, hospedada. Podemos dar, o no, nuestra hospitalidad a la pregunta. Pero ¿qué sentido tiene preguntar, cuestionar, cuando el destinatario de la pregunta no se dispone a aceptarla?, ¿o cuando el dueño de casa, el que hace la ley, el padre, no admite ser interrogado? Y de igual modo, ¿qué sentido tiene ser objeto de pregunta cuando el que interroga no se presta a su vez a ser interrogado, a firmar con su nombre la pregunta que plantea y a exponerse así al riesgo de responder con su propia identidad…?”

Estas preguntas podrían ser la geografía de una construcción posible del lazo que ubique al otro no como igual a mí. Tampoco como alguien a quien le dirijo toda mi hostilidad en tanto es el otro eyectado del lazo.  

La apuesta, renovada cada vez, sostenida en las precariedades que nos constituyen, en las fragilidades cotidianas, quizás ofrezca una diferencia si se sostiene un lugar donde haya espacio para alojar lo extranjero del otro y uno mismo. Una apuesta sin la ostentación que ofrece la corrección política. Una apuesta al lazo, como en el chiste, cuyo efecto, la risa, aparece en ese momento de caída de los ideales. En ese momento de caída de lo solemne. 

La hospitalidad no es el cumplimiento de una condición. No es algo que se ofrezca obligadamente o para la tribuna. La hospitalidad es en acto, emerge, se da o no se da. La hospitalidad implica abrir necesariamente el espacio, airearlo de los tufos morales, dejarse interpelar por lo extranjero. 



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Fiama Mendez
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Fiama Mendez. Psicoanalista. Forma parte de Encuentro Itinerante.

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