JÓVENES A LAS CORRIDAS

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Obturan. Ellos obturan. Reprimen. Cinismo o negligencia, qué importa. Pese a todo, seguimos en el campo. Se incendia el campo. Ellos vienen. Adocenados, buscan aplacar el fuego. Lo rocían. Nos rocían. No llueve: escupen. Cae lo húmedo, cae la política. Entonces nosotros levantamos la bandera con el pie, nos subimos al piano y bailamos, baila lo político. Rocían un campo incendiado. Por nosotros, los jóvenes. Por ellos: por ellos. Nosotros bailamos y ahora corremos. Incrédulos y estúpidos, brutales: corremos. 

Nos dicen éste no, fue feo; ésta no, fue mala; ése no, hay que revisarlo. Qué nos importa, si vamos a dar vuelta todo igual. Porque si no, ¿qué?

A nosotros nos empuja Gombrowicz. Trastabillando, nos empuja. Los pulmones no le dan más. Él siempre supo que la cosa estaba en la juventud. Potente, obstinada, errónea, fulera, bella. Bellísima. ¿Lo leímos al polaco? Qué importa. No nos importa leer. Porque nosotros podemos: correr. Ellos no. 

Corremos como corrió el Tío y sus Doce a Bragado. Descamisados, felices. ¿A dónde? Qué importa. 

Nosotros no leemos, al menos en los términos en que ellos leen. Nosotros entendemos. No, en verdad nosotros no, es nuestro cuerpo el que entiende, un ente escindido que escupe verdades prácticamente inaudibles e ínfimas (porque, ¿cómo son sino las verdades?). 

Cae la guillotina y la comemadre se morfa y se habla y se juega los últimos tiros a la diana de la trascendencia.

Entregarnos a la certeza de los cuerpos y así olvidar la realidad, dijo luego, para antes correr de Adrogué a Mar del Plata, y de ahí a La Plata, y de ahí a Capital Federal, y de ahí unos días al Delta, y de ahí de nuevo a Capital Federal, y de amor en amor y de fuga en fuga, y de ahí a Estados Unidos, y de ahí a las salas de la Tv Pública, y de ahí a las escenas de 327 cuadernos. Olvidar la realidad, pero la suya. 

El fuego nos divierte. Corremos por el campo fulguroso y ardiente. Hay llamaradas por todas partes. Pero acá las sombras son más pequeñas que quienes las proyectan. El fuego ilumina y nos descubrimos agrietados. En las caras y en las manos, agrietados. ¿No es que éramos pibes? Qué importa, una vez escuchamos decir que en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida. Una tarima inhabitada por todos y amada por muchos más.

El campo arde. 

Corremos, corremos y las brasas nos obligan a ir a los saltos. ¿Obligan? Nos reímos. A ellos les decimos que nos obligan. Nosotros saltamos porque queremos. De un noveno piso saltamos si queremos. Después nadamos tomándonos una Coca. Pero ahora estamos acá y las brasas impulsan. Nos. Creemos en ellas. ¿Si no, cómo? ¿Adónde? ¿Qué?

Nosotros ahora somos libres, podemos hacer lo que se nos antoja. Matarnos si queremos. Pero eso es algo ridículo. Y nosotros… nosotros tenemos la necesidad de hacer algo hermosamente serio, bellamente serio: adorar a la vida. Inventar, queremos. Mundos, guantes de látex, sexos, hendijas, libros, mierda, amores, gritos. Porque podemos y por prepotencia de trabajo.

Corremos, puteando a Borges corremos. Y pero Borges… ¿Borges? Borges era un viejo de mierda. Pero no hubo en el mundo un solo un viejo de mierda como Borges. Ese es el tema. Pero seguimos. Riéndonos, seguimos. ¿Y cómo hizo aquel fransuá para escribir El cementerio marino? Niño burgués pero ninguno como él. Nos lo preguntamos pero no nos interesa la respuesta porque corremos.

El movimiento, nuestro íntimo cuchillo. Puteamos y nos avergonzamos. Al instante nos avergonzamos. Pero: ¡Felicidades!, nos grita Becerra. ¡Somos esto, y qué lindo que así sea! 

Los que nos gustan hablan poco. No hablan de lo que saben porque los aburre y no hablan de lo que no saben porque no son chantas. Al menos los que nos gustan a nosotros, claro.

Sin embargo nosotros sí, hablamos mucho. Eso no es bueno, lo tenemos claro. Pero acá todo es barullo. Entonces agarramos y sumamos barullo al barullo. Es que, ¿no será que si todo es barullo, nada es barullo? Nos arrogamos esa línea, probablemente sea la única manera de meter las narices y surcar lo espeso. 

Barullo al barullo, pero mientras buscamos el equilibrio entre la línea de fuego (¿más fuego?, sí, pero uno que quema desde arriba) que separa al saber del no saber. Entendemos que ahí tiene que haber algo: y no sólo algo, quizá lo único. 

Nos caemos. Nos rescatamos. Volvemos al equilibrio. Para ser sinceros, no nos piace mucho el equilibrio, pero tampoco comemos vidrio. 

Nos pensamos pensando y escribiendo en la extremidad del saber. Dentro suyo, pero en la extremidad. Tajear el límite con dagas de metal e ir recomponiendo con aliados de jazmín. Tener apuro y a la vez paciencia. Tener un radio para vivir.  

Leemos a Foucault a Barthes a Laclau a De Beauvoir a Sartre a Freud a Benjamin a Adorno a Hegel (¡¿qué mierda dice?!) a Deleuze a Butler a Zizek a Berardi a Segato; leemos a Hemingway a Fitzgerald a Sallinger a Christie a Poe a Dostoievski a Tolstoi a Gogol a García Márquez a Vargas Llosa a Fuentes a Bolaño a Houllebecq a Baricco a Woolf; leemos a González a Walsh a Viñas a Piglia a Cooke a Arregui a Rinessi a Urondo a Gelman; leemos a San Agustín a Marechal a Lamborghini a Lugones a Scalabrini Ortiz a Rivera a Alberdi a Sarmiento a Hernández a Echeverría a Ocampo a Arlt a Onetti a Saer a Sábato a Bioy a Orozco a Pizarnik a García a Masotta a Fogwill; leemos a Sztulwark a Aleman a Martín Kohan y a Alexandra Kohan a Genoud a Semán a Schargrodsky a Pozzo; leemos a Guerriero a Enriquez a Harwicz a Almada a Casas a Cabezón Cámara a Becerra a Larraquy a Scott a Gainza a Romero a Ferrari a Schweblin a Pron a Consiglio; vemos a Martel a Almodovar a Di Tella a Llinás a Allen a Tarantino a Herzog a Gerwig a Cuarón a Kiarostami a Fellini a Hitchcock a Kieslowski a Scorsese a Tarkovsky a García Blaya a Leonardo Favio a Eastwood a Polanski a los Cohen a Fincher a Vinterberg. 

Los leemos, los vemos. Los olvidamos. Los retomamos. Los envidiamos. Los copiamos. Los rompemos. Los puteamos. Les agradecemos: los queremos. Porque a ellos sí. Porque ellos no son ellos.

Ocupamos ese territorio a los golpes y plantamos barricadas. El espacio se nos presenta tan prometedor como inviable. Pero nos gusta, se nos da bien. Si no, ¿cómo?

Vamos por eso. Vértigo. ¿No se terminaba esto de la ansiedad y el pánico? Surfeamos.

De repente uno cae. Ahora sí un pánico denserio para esta generación de cristal: ese sí se puede quemar. No grita ¡Viva la patria!, grita ¡No me dejen solos, hijos de puta! Vamos por él. Lo levantamos. Como podemos. Entenados somos. Asistimos, sin saberlo, a nuestro propio nacimiento. Lo llevamos en andas ahora. Me cago en Saer y en las diez mil veces que lo intentamos copiar. Te amamos, Saer. Lo llevamos en andas. Está mejor. Nos reímos de su grito. Gran grito, le dice uno. Qué hijo de puta, le dice otro. Él también ríe. Estamos juntos. Cargamos a los buenos nosotros. Nunca nos olvidamos de los buenos nosotros. 

Y no perdonamos ni olvidamos a ellos.

Walsh pone el cuerpo y escribe esas líneas en memoria de Vicky. Y después El amor después del amor. Y nosotros ahora queremos abrazar a todos, a Rodolfo, a Vicki, a Fito; a todos: a los que sufren, a los que no tienen un plato de comida, a los que no pueden correr, a los que luchan, a los que combaten para comer, a los que lo hacen para comprender. 

A ellos, sí. 

A ellos, no. 

Salimos del campo. El fuego no cesa. Nos rodea, nos vulnera: nos alimenta. Ahora no hay campo, hay una habitación. Estamos en un piso alto de edificio. Hay fuego afuera también, pero es fuego abierto. Nosotros también tiramos y al mismo tiempo prendemos. Revoleamos billetes. Una pequeña hoguera con billetes. Plata quemada. Nos reímos y nos besamos. 

Nosotros también tiramos. Aliados de jazmín y dagas de metal. Tenemos apuro y a la vez paciencia. Nos reímos y también nos besamos. Mientras… tiramos. Nos reímos a carcajadas. Porque entendimos algo que ellos no. Quemamos plata y nos retorcemos de la risa.

Ellos obturan. Canallas. Reprimen. Cinismo o negligencia, qué importa. 

Qué importa. Nosotros, a lo que nos compete: correr para seguir buscando encontrarnos por primera vez.



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Marplatense. Escribe ficción y es periodista. Intenta estudiar sociología. En 2018 ganó el concurso de cuentos Osvaldo Soriano de la ciudad de La Plata.

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