MUNDO DIGITAL, MUNDO DE INTENSIDADES

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Hemos dicho de diversos modos capitalismo. Hablamos de globalización, de economía global de mercado. Después se habló de pos capitalismo o de sociedad pos industrial. Cuando Berardi habla de semiocapitalismo, tampoco es demasiado original, ya lo había hecho Baudrillard en los 70, le dió muchas vueltas a esta idea de estar entrando en una época virtual, donde la verdad se convierte en una fábula, donde una guerra como acontecimiento material terminaba siendo una especie de video game y así casi definió a la primera guerra de Irak (que nosotros la vimos como una suerte de película de TV). Esto quiere decir que hay una especie de virtualización de la realidad, donde el discurso de la construcción digital del mundo va definiendo, determinando lo que supuestamente son las condiciones materiales de la vida.

No sé si el término nos explica perfectamente lo que está ocurriendo, pero lo que sí nos está planteando es un desafío, que es tratar de qué modo –cada vez más– la mediación, la ficción, lo virtual, lo inmaterial, lo digital se convierten en la referencia de nuestra relación con el mundo. Entonces, dentro de eso el capitalismo ha transformado también lo virtual en una gigantesca mercancía. Ejemplo: muchos utilizan Facebook o cualquiera de esas redes, y suelen gratuitamente regalarle a una corporación que es la dueña de Facebook –que ni siquiera saben qué le están dando– toda una información sobre sus sentimientos, sus emociones, lo que le gusta, lo que no le gusta; y eso Facebook lo convierte en una extraordinaria mercancía que le da una rentabilidad gigantesca. Y nosotros eso se lo regalamos gratuitamente porque ni siquiera imaginamos que un algoritmo está organizando parte de nuestras emociones para después convertirlo en esa mercancía que le vende al mercado y el mercado después utiliza con aquello que yo ni siquiera sé que me gusta o que deseo y convertirlo en publicidad. En ese mundo inmaterial, en ese mundo de ficciones, se constituye en gran medida nuestra relación con las cosas. Hoy se habla mucho –ahora un poco menos, porque las palabras se agotan muy rápido– de pos verdad. La pos verdad era algo así como el dominio de un tipo de información, que independientemente de la realidad concreta, de lo fáctico, de lo comprobable, era capaz de transformar en verdad aquello que no era otra cosa que una construcción ficcional; y la gente lo cree. En ese universo se mueve lo que hoy llamamos las fake news, es decir, las noticias mentirosas, engañosas, que nos invaden, nos atraviesan y nos constituyen. 

Hemos pasado de lo analógico a lo digital, y eso significa que un tipo de tecnología, un modo de procesar la información, una manera de construir nuestra relación con el mundo, opera cada vez más sobre nuestra sensibilidad, sobre nuestra percepción del tiempo y del espacio. En el interior de esta experiencia pandémica también hemos experimentado una sobreabundancia o un exceso de plataformas, de pantallas, de información, que tienen ya toda la forma de lo digital; y lo digital –aunque no lo sepamos porque somos legos– tiene la estructura de lo binario, se organiza como un lenguaje de lo binario, esa organización hace que esa realidad que nosotros vemos y que nos parece muy abundante y muy diversa, en realidad es cada día más estrecha, más simplificada, más plana y por lo tanto, más binaria. Hay un problema con eso: lo binario y lo digital estructuran un modo de vincularnos con las personas, estructuran nuestra percepción del mundo, nuestra sensibilidad, y se van convirtiendo cada vez más en la gran mediación entre nosotros y el mundo. Eso supone cosas muy complejas, es como pensar que yo puedo remplazar la educación presencial, la que se juega en el vínculo, la que tiene materialidad, forma, olores, por una educación teledirigida. Son dos universos completamente distintos. La magia de la educación, la magia del contacto, del descubrimiento, se remplazan por un artefacto, y el artefacto va hacia un lugar completamente distinto. Y a su vez, el semiocapitalismo apunta a que todo se convierte en mercancía, porque con la pandemia, las corporaciones que más han ganado  son las famosas empresas de Sillicon Valley como Google, Facebook, Amazon, etc., que trabajan con este mundo de ficciones, con estas estructuras digitales y con esta capacidad de meterse en nuestra cotidianeidad como nunca antes. Cada vez que prendo una pantalla, que toco una tecla, cada vez que dialogo con alguien, estoy alimentando al monstruo, estoy entregando jirones de mi propia intimidad sin darme cuenta y eso se convierte en mercancía, en observación, en un ojo que no es unívoco porque está en distintos lugares pero nos observa de una manera cada vez más intensa lo que cada uno de nosotros hacemos. Cuando hablo a través de mi celular me estoy geolocalizando. Si antes me quería perder, uso mi GPS y ya no me puedo perder nunca más. Un viejo filósofo decía que para aprender a conocer una ciudad primero había que aprender a perderse en ella. Y si uno no se pierde de vez en cuando en la vida, no encuentra nada, lo termina encontrando otro por mí.

Entonces, todo esto es lo que hay que poner adentro de una reflexión sobre el semiocapitalismo, las plataformas digitales, las relaciones laborales, las protestas, etc.

Yo espero que, más allá de la fascinación que producen estas tecnologías, haya también una capacidad de resistencia. Por ejemplo, en estos últimos meses, todos hemos atravesado la experiencia de participar en algún zoom. Donde de repente nos vemos con 10, 15, 50, 100 personas, que son caritas en cuadraditos, y supuestamente se produce un intercambio; imaginemos que una empresa resuelve que el trabajo ya no va a ser presencial sino que va a ser a través de plataformas y teledirigido, y que yo me levanto por la mañana, voy preparándome mi desayuno, prendo la computadora, me instalo cómodamente, hago el clickeo necesario y me instalo en la reunión de zoom de ese día, y ahí me encuentro con los compañeros de trabajo de ese día, ahí está Juan, ahí está Gabriela, están todos, el día transcurre normalmente, me despido; al día siguiente prendo de vuelta mi computadora, hago más o menos lo mismo, pero ya Gabriela no está. Me puedo sorprender un ratito, pero después sigo porque está el resto. Y después sigo, y después no está Juan, y así. Es decir, mi relación con los otros es una relación absolutamente mediada, distante, des-afectivizada, sin cuerpo. Qué le pasó a Gabriela no lo sé. Quizás si hay alguna oportunidad le escribiré un whatsapp a alguno de los compañeros o compañeras si sabe algo, pero ya no está ese lugar en el que uno puede indignarse junto con el otro, en el que se puede lograr un espacio colectivo para sentir que se puede hacer algo común, en el que yo pueda sentir la extrañeza, la falta de alguien. Si no está, es un cuadradito, una carita más que será remplazado por otra; estará otra. Me parece que allí hay un problema para nada  menor que le agregaría otro, que para mí es más grave: la ausencia de límites entre lo íntimo, lo privado y el trabajo. El hecho de estar disponible, la disponibilidad, porque estos aparatos (que supuestamente nos súper conectan) también se convierten en máquinas que nos absorben la vida, nos chupan la vida, nos chupan las horas. Ya uno no trabaja, digamos así, las ocho horas, sino que trabaja todas las horas que sean necesarias de acuerdo a la conectividad que el propio ámbito de trabajo esté generando. Se escucha mucho entre los jóvenes: “Lo que pasa, es que si trabajo free lance, desde mi casa… manejo mi tiempo, soy más libre”. Aparece ahí un concepto de libertad que es realmente problemático, porque queda claro que hoy se trabaja cada vez más que nunca. A principios de siglo XX, el promedio de sueño estaba por encima de las ocho horas; hoy en el siglo XXI el promedio está bastante por debajo de las seis horas. Eso significa que estamos cada vez más conectados, más exigidos. Cada vez más la diferencia entre lo íntimo, lo propio, lo privado y lo laboral, lo público, se va difuminando en todo sentido. Entonces ahí también aparecen otros niveles de problemas en lo individual y en la vida de vinculación colectiva. Después lo colectivo, si yo me conecto simplemente, sigo siendo una especie de célula auto-referencial, donde lo común, lo compartido, la relación con el otro, queda demasiado vaciada de contenido y se convierte en una forma que es etérea, que está en una nube y esa nube puede un día efectivamente desvanecerse y ya no queda ni siquiera la memoria. Este horizonte no lo miro con demasiado optimismo; si eso fuera la posibilidad de reducir la jornada de trabajo del capitalismo contemporáneo y una reconstrucción de los tiempos de ocio, bueno uno lo podría discutir (la capacidad tecnológica contemporánea está perfectamente en condiciones de producir un reducción exponencial de las jornadas de trabajo, pero no lo hacen sino todo lo contrario). Pero si de lo que se trata es de maximizar nuestro rendimiento, de convencernos de que cada uno es el administrador y el gerente de su propio capital humano, y que por lo tanto si me va bien es porque me exploto a mí mismo, y si me va mal es porque soy un incapaz y por lo tanto me tengo que hacer cargo de que soy un incapaz y no la sociedad o el estado tratar de ayudarme en mi dificultad… bueno, ahí también tenemos otro nivel de problemas. Este tipo que este tipo de modelos va a la fragmentación cada vez más generalizada, a la des-socialización más profunda. No soy un optimista de las  plataformas tecnológicas o de las innovaciones propias del mundo digital. Creo, sin ninguna duda, que ya están entre nosotros, que tendremos que convivir con estas tecnologías que tienen también, por otro lado, elementos bien interesantes, pero que tenemos que tener un radar de sospecha y de crítica funcionando a pleno.

Cuando en los años 80 surgió toda esta fantasía de Silicon Valley, y se materializó en los 90, se hablaba mucho de una nueva igualdad, de una democratización generalizada en la vinculación de la información, de que todos íbamos a ser iguales en el éter informático; y de repente lo que vimos es que hay una concentración como nunca antes en poquísimas manos de la riqueza que se ha generado a partir —precisamente— de estas empresas. Cinco tipos se llevan unas fortunas que nos resultan imposibles de calcular. Entonces, la apuesta utópica de Silicon Valley, de la contracultura de los 60, de la igualdad, de la democracia, se convierten en dispositivos de vigilancia, en máquinas de guerra, en abuso y sobre-explotación del trabajo cotidiano. 

Parece importante tener una mirada crítica, no ser complacientes. Yo digo a veces que, cuando termine esta pandemia, y si sobrevivimos, una parte de la humanidad va a ir en peregrinación a rendirle pleitesía a los dioses de Silicon Valley, como si ahí estuviese la verdad, la revelación y fueran los nuevos dioses de esta época. Bueno, empecemos a sospechar un poquito de esos dioses.


Transcripción de un extracto de la entrevista radial en FM@Gora, del 09.11.20



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Seguir Ricardo Forster:

(Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 26 de septiembre de 1957) es un filósofo, profesor y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. ​ Es profesor titular de grado y docente de posgrado en numerosas universidades argentinas e internacionales.

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