la casa grande del gauchito gil / diego jaureguis

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Todos los martes y jueves el templo del Gauchito Gil, que funciona en el barrio Padre Carlos Mugica, abre sus puertas para promeseros y vecinos. El pai Carlos, su fundador, explica la devoción a este santo popular desde la perspectiva de la brujería, el espiritismo y la religión Umbanda.

La devoción por el Gauchito Gil es un fenómeno de múltiples convergencias, entre muchas otras cosas más. Si la convergencia mediática es la adaptación de un contenido a diversas plataformas, la gratitud ha expandido la figura icónica del santo popular sobre distintas superficies: desde su santuario principal, en la ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes, hasta los tatuajes que exhiben promeseros y promeseras, pasando por las incontables ermitas señalizadas con banderas rojas en plazas o al costado de rutas y calles, así como los santuarios o espacios reservados para él en el interior de algunos hogares, sin olvidar los documentales acerca de su devoción y las películas sobre su leyenda, además de estampitas y estatuas. El agradecimiento de aquellos que aseguran haber sido favorecidos por sus milagros difundió, a lo largo y ancho del país, las leyendas y el identikit, ya arquetípico, de este difunto sanador: el pelo largo, el bigote, la camisa celeste, el chiripá, las boleadoras y las restantes prendas significativas de su ajuar, todas ellas de color rojo: el pañuelo anudado a su cuello, la vincha que sostiene su cabello y la rastra de donde cuelga su facón.

Las distintas versiones de su biografía mítica son creaciones colectivas del genio religioso del pueblo donde coinciden, como en un producto onírico, el romanticismo gauchesco, los misterios católicos y las tradiciones guaraníticas en honor de los muertos. Las distintas leyendas, metamorfoseadas por el carácter colaborativo de la oralidad y las narrativas digitales, repiten componentes que expresan los valores tradicionales de una persona justa: el federalismo político, la alegría de carácter, la intolerancia ante la injusticia social, la amistad sincera, la lealtad, el amor por la tierra natal. También están la coherencia entre principios trascendentes y hazañas, su final siempre trágico y milagroso: colgado y degollado, su sangre derramada posee la facultad sobrenatural de curar.

El Gauchito Gil siempre es representado junto a una gran cruz roja. Cada madero podría simbolizar una de las dos tradiciones litoraleñas: la jesuítico-franciscana y la guaraní.

Del predominio del componente cristiano obtenemos, por ejemplo, la “Novena de la Cruz Gil”, conjunto de oraciones católicas entre cuyos autores se encuentra al padre Julián Zini, cura chamamecero que fuera integrante del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.

Pero también puede anteponerse el componente guaranítico en cuya cosmogonía coexisten espíritus y dioses. Para el pai Carlos “el gauchito es compatible con todas las entidades”.

Eso es lo que veremos.

Manzana 11

Éste es otro mediodía gris y frío. Por encima de las vías del Ferrocarril Belgrano Norte se destacan, apiñadas una al lado de la otra, un centenar, tal vez un millar de casas de dos, tres y hasta cuatro pisos semejantes a chozas de chapa y ladrillo montadas unas sobre otras como piezas de un yenga. Sobre los techos, que son terrazas improvisadas sin barandas, hacen equilibrio tanques de agua, antenas de Direct TV y mezcladoras de cemento. El ingreso a ese barrio, conocido como Villa 31, se encuentra entre el Ferrocarril San Martín y la Terminal de Ómnibus de Retiro. Este acceso consiste en un arco cuadrado y amarillo de unos seis o siete metros de altura. En una de las columnas un letrero recibe a los ingresantes con las siguientes palabras: “Bienvenidos al Barrio Mugica” y, justo debajo, un mural que es un mapa para orientarse por sus calles.

Conviene sacarle una foto porque allí hay lugares relevantes que sirven de referencia a la hora de realizar cualquier consulta: algunos espacios clave son el Paseo Comercial, la Posta Same, la planta de reciclaje ATR, las Viviendas Nueva YPF, entre otros puntos.

Este templo del Gauchito Gil no es fácil de ubicar porque no tiene redes sociales y, a menos que uno sea un vecino conocedor del barrio, no queda otra que confiar en las imprecisiones cartográficas de la publicidad del boca en boca. Primero hay que tomar por la calle Sara Beatriz Fernández, nombrada así en homenaje a una de las impulsoras de la Corriente Clasista y Combativa en la villa 31. Por la bicisenda van y vienen ciclistas. Hay librerías, kioscos, panaderías, peluquerías, una iglesia evangelista, una gráfica, dos estudios jurídicos, una heladería, tiendas donde se reparan y venden accesorios para celulares, locales de venta de ropa, uno de los cuales exhibe un maniquí femenino en mitad de la vereda.

—¡Callate, Sicario! —le grita su dueña a un chihuahua que ladra.

Un devoto desorientado consulta por la manzana 11. En la vereda, delante de un local de comida, hay dos mesas. En la única que está ocupada un hombre saborea lentamente su cerveza. Éste, que lleva puestas unas gafas de sol, responde:

—Uh, está en el fondo. Hace años que no voy allá.

Quienes ya conocen el camino saben muy bien que hay que doblar a la derecha y tomar por Machu Pichu y pasar la Feria Latina hasta la sucursal del Banco Santander y subir por Carlos Perette. La actividad comercial de las arterias recorridas es importante. Se ven carnicerías, almacenes, verdulerías, bares, restaurantes, un instituto privado de enseñanza religiosa y un centro odontológico. El promesero puede toparse con tres ermitas que preanuncian el destino buscado: la del Gauchito Gil, la de San la Muerte y la de Nuestra Señora del Valle.

Al llegar ante el edificio del Ministerio de Educación de CABA, cuya estructura vidriada contrasta con la precariedad de las viviendas circundantes, conviene tomar notas para no perderse a la hora de regresar si todavía uno no ha logrado habituarse a una infraestructura barrial como ésta. Frente al órgano ministerial, en la vereda opuesta, hay un mural de Néstor, Milagro Sala y Evita. Allí hay que tomar hacia la izquierda por Islas Galápagos hasta el Playón ubicado justo debajo de la Autopista Illia. En esa zona, donde hay obreros trabajando sobre los escombros de casas demolidas, otro promesero pregunta por la inhallable manzana 11.

—Tenés que ir por ésta, por Vicuña, contesta una abuela que trae las compras dentro de un changuito bastante cargado y que lucha por sortear los pozos que obstaculizan sus pasos.

Vicuña corre al costado de Illia. Hay talleres mecánicos, una iglesia adventista, pizzerías, merenderos. Más adelante habitan los chatarreros. Allí hay autos abandonados sin ruedas ni ventanas entre los cuales están aparcados los carritos de los cartoneros. En los frentes de algunas casas de chapa se exhibe la chatarra recolectada de la basura: electrodomésticos rotos y, sobre todo, muñecas y animales de peluche a los que les falta un ojo, una pierna, un brazo. A medida que el caminante se aleja de la entrada del barrio, disminuyen los comercios y aumentan la pobreza y la presencia de perros callejeros. Un promesero se persigna ante una ermita del Gauchito Gil y saca su celular para tomarle una foto. Un señor calvo y canoso pasa en bicicleta y se detiene a su lado.

—No hay que sacar mucho el celular acá. Esta parte es peligrosa.

—Gracias amigo, contesta el advertido.

En Isla de Pascua hay que doblar a la izquierda para luego subir por Alpaca hasta el número 1753. La meta está a sólo unos pasos.

Una raíz de brujos

El templo funciona en una casa de tres pisos. En los niveles superiores ondean las clásicas banderas que indican la presencia del santo. Todo está pintado de rojo: el frente de la planta baja, las letras del cartel blanco donde se lee “Santería El Gauchito”, las paredes y el techo de ladrillo hueco del pasillo de entrada, los banderines triangulares que cuelgan aquí y allá como aletas invertidas de tiburones, las tres puertas al fondo del corredor junto a las rejas que las protegen de la insistencia de noctámbulos atrevidos. La puerta del medio está clausurada porque da acceso a otra propiedad; en la de la derecha, que está abierta, una muchacha y un muchacho, vestidos con atuendos umbandistas, acomodan por orden de llegada a los promeseros, rezadores y vecinos que vienen para una curación. La otra puerta, la de la izquierda, que está cerrada, posee vidrios espejados y, encima de ella, hay una cámara. Una placa confirma por fin que ésta es la Casa 61 de la Manzana 11.

El visitante toca el timbre.

—Aguarde, por favor, dice una voz por el portero eléctrico.

Algunos minutos después se oyen pasos, llaves y la puerta que se abre.

—Pase, pase, invita con amabilidad el pai Carlos acompañado de su hija Sara.

Ante los ojos asoma un salón barroco con multitud de imágenes religiosas apiñadas. El recinto, que parece comprimir la variedad de objetos que contiene, posee techos rojos y sus paredes están revestidas por cerámicas de parqué. Por la disposición de las estatuas, y las distintas ofrendas que las rodean, cuesta identificar que los santos, de cuyos cuellos y manos cuelgan collares y rosarios, están agrupados en, al menos, cuatro altares. Las luces —entre ellas una araña colgante de cobre con varias lámparas—, junto a las banderas rojas, le dan a todo el conjunto un aire encarnado y místico. Es el mismo realce calmo y emocional que se experimenta en las iglesias católicas por la sumatoria de símbolos cristianos, sólo que, en este caso, la gran cantidad de bouquets con flores artificiales de color amarillo, rosa, rojo, blanco, violeta y azul, estimulan sentidos más terrenales, recuerdan formas festivas de devoción. Dos grandes girasoles de plástico captan la atención conduciéndola hacia el altar principal. Allí seis estatuas del Gauchito Gil —cuatro de ellas de gran tamaño— y una de San la Muerte indican, en términos cuantitativos, cuál santo privilegia el fervor. Aquí y allá cuelgan distintas prendas gauchas como cinturones, sombreros y ponchos colorados.

Carlos se sienta en un banquito.

—Soy brujo, pai y espiritista, aclara. Luego, alzando un habano que está sobre una mesita utilizada como escritorio, agrega:

—Éste yo fumo cuando atiendo.

Carlos tiene 60 años y nació en Asunción, Paraguay. Del lado paterno su abuelo y sus tíos, oriundos de Brasil, se dedicaron a la brujería y la Umbanda; del otro lado, su abuelo materno poseía conocimientos ocultos. Los progenitores del pai también heredaron este oficio sagrado. Así lo cuenta el pai: “Mi papá, que ya falleció, fue lo que dicen sanador y músico. Tocaba el bandoneón, la trompeta y el violín. Mi mamá, que tiene noventa, es bruja”. Un árbol genealógico así de prolífico significa que la familia pertenece a una raíz de brujos.

“Vengo de la raíz y nací con el don”, confirma Carlos. En una raíz de brujos el conocimiento pasa de una generación a otra mediante el don. “Al nacer con el don ya nos vienen todas las entidades junto a nosotros”, afirma el pai. También hay una interpretación numérica, reservada para entendidos, que permite saber si el futuro brujo podría llegar a mostrar proclividad hacia las transacciones diabólicas.

La esposa de Carlos fue la primera que llegó al país desde Paraguay. Cuando la familia se reunió vivieron primero en Quilmes y llegaron a la villa 31 en la época de los patacones. Esta etapa fue dura. La señora trabajaba en casas de familia y Carlos cartoneaba. Con su carrito recorría la villa y el centro de la ciudad “Éste no era así, era una chapa”, recuerda el pai Carlos. El templo era una piecita con suelo de tierra. Allí veneraban al Gauchito Gil y atendían las necesidades espirituales de los pocos vecinos que se acercaban. En algún momento llegaron a pedir un préstamo al Banco de la Provincia. El matrimonio distribuía su tiempo entre la atención espiritual, la limpieza de casas y la recolección de cartones. Como explica el pai: “los brujos tenemos una misión”. ¿Y en qué consiste? Simplemente en permanecer determinada cantidad de años en un lugar, ejercer su ayuda misteriosa y luego buscar otro destino. A los pais y espiritistas, de acuerdo a las reglas de esta raíz de brujos, les sobreviene un tiempo de cambio. Por eso, en estos momentos, están pensando en vender la propiedad para mudarse.

—Acá ya nos está llegando el tiempo de irnos, asegura.

Te van a matar mal

El pai sigue sentado en el banquito.

—En Paraguay también hemos tenido al Gauchito —sostiene.

Carlos tuvo un encuentro con el Gauchito Gil, un encuentro difícil de verificar como los que tienen los espiritistas con las entidades que los visitan: un día el santo popular se le apareció. La figura que en aquellos momentos tuvo ante sus ojos difiere en algunos detalles con la que ha sido difundida por la iconografía habitual en estampitas, ermitas y santuarios. Por lo tanto las estatuas que el brujo exhibe en el templo no son del todo exactas. De acuerdo a su visión:

—Es un muchacho muy lindo y no es muy alto. Tiene bigote y no tiene barba. Su cabello es medio castaño clarito, un poco largo, hasta por acá —indicando con el dedo que lo lleva por la nuca, debajo de la oreja— y tiene pequitas en el rostro.

En esta visión, ocurrida un 12 de agosto, el Gauchito traía “un poncho que siempre usó”. El fantasma, según el pai, se presentó para dar testimonio sobre los verdaderos hechos de su vida pública y para transmitir que aquel día correspondía con su fecha de cumpleaños. La revelación de este dato es todo un hallazgo dado que, fuera de esta comunicación mística —si hemos de dar crédito a tales manifestaciones—, no hay ninguna información precisa sobre el día en que el santo popular vino al mundo.

—Todavía le estoy mirando al gauchito y como que me está diciendo lo que le estoy contando, afirma el brujo.

Al recordar aquella aparición viene a la mente del pai un detalle de la vincha que el espectro traía en las manos:

—Él se puso acá y se ató para que no se venga para adelante su cabello.

Permanece un rato en silencio y luego expresa, conmovido:

—Yo soy un inmigrante y el gauchito también lo fue.

Su versión de la vida pública del gauchito, según la recibió de boca del mismo santo, es la siguiente:

El inmigrante sanador “El Gauchito fue una persona como nosotros. Tenía un caballo y, además de cabalgar, caminó. Y como poseía el don de curar, sanaba a las personas, especialmente a los niños.

Junto a tres amigos marchó hacia Paraguay. Los cuatro cabalgaron y caminaron. El año de aquel éxodo no fue guardado en la memoria. Pero era una época de esclavitud y luchas sangrientas que coincidió con la Guerra de la Triple Alianza. Sin embargo, como no deseaba matar, huyó de los escenarios bélicos, esquivó el enrolamiento y desoyó los pregones combativos. Por estos motivos se vio obligado a esconderse.

Así fue que, errando, y sin destino, cabalgando unas veces, caminando otras, encontró una pequeña estatua de oro de la Parca. Cuando agarró la estatua San la Muerte, envuelto en una gran túnica negra, apareció ante sus ojos. El ser esquelético le habló:

—No vas a vivir mucho tiempo. Te van a matar. Pero vas a volver para ayudar a muchos.

La entidad huesuda advirtió, ante el asombro, mezcla de espanto, experimentado por aquel hombre mortal y humilde:

—Cuidate mucho y llevá esa imagen mía a donde vayas.

Desde entonces el Gauchito llevó consigo la pequeña imagen, que apenas tenía unos pocos centímetros.

Poco después llegó a una estancia y, tras hablar con el patrón, se quedó a trabajar como peón. Y, aunque le pagaban poco, al menos los días libres tenía permiso para salir a cabalgar.

La guerra se iba acercando cada vez más hasta que un día cayó una bola de cañón en el campo de la estancia. El Gauchito, que era buscado por desertor, se marchó, pero a poco de andar encontró mucha gente hambrienta y desesperada. Así que volvió sobre sus pasos y habló con su patrón para que le entregara una vaca. Pero el estanciero, avaro y egoísta, se negó. El Gauchito, entonces, ofreció pagarle con su sueldo la res que había muerto con la caída del proyectil. Así que de noche volvió con el animal y lo repartió entre todos los necesitados que estaban acampando. Cenaron y comieron todos juntos, pero él no probó ni un bocado. Entre toda esta gente desgraciada, obligada a emigrar, separarse de sus seres queridos y dejar sus pertenencias, había muchas criaturas enfermas. El Gauchito, entonces, las sanó aplicándoles sobre la frente la pequeña imagen de oro de San la Muerte.

—En nombre de éste que encontré, San la Muerte, te curo, decía el Gauchito, quien ya poseía desde antes el don de la sanación, pero a partir de su encuentro con la entidad esquelética estos poderes curativos se volvieron más fuertes y efectivos. Hasta el amanecer curó a los niños haciendo desaparecer la fiebre y los sarpullidos.

Al día siguiente continuó su camino, pero a donde iba le precedía su fama: para algunos era un sanador y para otros, que no cuestionaban el relato de la justicia, era un desertor; además comenzaba a pesar sobre él la falsa denuncia realizada por su ex patrón quien lo había acusado de haberle robado aquella cabeza de ganado.

El destino, en aquel cabalgar sin rumbo, reencontró una vez más a los cuatro amigos y juntos compartieron la senda de los desertores. Buscando un lugar, el Gauchito cometió el error de aceptar la invitación de una hermosa mujer que le ofreció hospedaje en su casa por algunos días. Y, como era lindo, la mujer se enamoró de él. Pero había un problema: era la amante de un militar, un tipo celoso que siempre mandaba soldados para espiarla. En una ocasión, uno de los espías siguió a la mujer a la salida de la iglesia y la vio reunirse con el Gauchito. Escondido observó a la pareja entregada a la pasión.

Rápido informó a su superior sobre la situación. Sin perder tiempo el militar se apersonó en la casa de su amante para corroborar lo que le había reportado su subordinado. Ésta, en un principio, lo negó todo pero finalmente reconoció lo sucedido pero no dijo que estaba hospedando al prófugo. Por las señas personales que el soldado le había transmitido, el hombre quiso saber si el muchacho con el que había intimado era el famoso Gauchito Gil. La mujer dijo que sí. El hombre, furioso, abandonó la vivienda. Tan pronto el militar se marchó la mujer salió corriendo para advertirle a su amado Gauchito que, como era su costumbre, andaba por los montes. A todas sus preocupaciones el fugitivo debía sumar ahora el hostigamiento de un militar rencoroso y vengativo.

Sus amigos seguían acompañando al Gauchito en su derrotero y ésta fue una época dura y desesperante. Debido a las múltiples persecuciones de las que el gaucho sanador era objeto, los jinetes se veían obligados a cambiar de lugar continuamente. El Gauchito, además, debía de tomar muchísimos recaudos con los extraños que sanaba, precisamente para que nadie informara de su paradero a las autoridades. Lo perseguían de todos lados y, en las cuatro direcciones del viento, sólo monte y más monte. El fugitivo no contaba con parientes que pudieran ofrecerle un lugar donde ocultarse. Su padre y su madre habían muerto hacía mucho tiempo. ¿A qué edad se quedó huérfano?

¿A los seis, a los siete o a los ocho años? La realidad es que había crecido como un montaraz.

Pero no era fácil encontrar al Gauchito porque la gente que había recibido su ayuda —y que era mucha— no quería colaborar con ninguna autoridad. Pero los milicos, a pesar de la reticencia del pueblo, comenzaban a pisarle los talones. Tal vez por miedo, ya que la situación parecía no tener salida, y previendo que por ello nadie saldría indemne, uno de sus amigos, fantaseando con la posibilidad de salvarse solo, empezó a delatarlo.

Aunque los verdaderos motivos de la traición son una incógnita. Con escrúpulos, al menos al principio, trataba —sin que los otros amigos se dieran cuenta— de informar a las personas que creía más predispuestas hacia los militares acerca de los próximos movimientos del grupo, así, poco a poco, se fue acortando la distancia entre los perseguidos y los perseguidores. Para desconcierto de los fugitivos, los soldados estaban cada vez más cerca. Entonces San la Muerte se hizo presente una vez más y le dijo al Gauchito que uno de sus amigos lo estaba traicionando.

—Ése es, señaló el espíritu huesudo. Y luego agregó:

—El que más querés es el que te está traicionando. Pero no te fíes de ninguno. Ahora ya lo sabés, así que preparate porque no vas a vivir mucho más y te van a matar mal…

El Gauchito, cuando desapareció San la Muerte, se echó a llorar porque no podía creer en la deslealtad de su amigo. Sintió un dolor muy grande pero no quiso compartir la verdadera razón de aquel llanto. Simplemente dijo que lo entristecían la injusticia de la guerra y el sufrimiento que veía.

De allí marcharon hacia Uruguay y de Uruguay se encaminaron hacia la Argentina. A veces bajaban de las monturas para que los caballos pudieran descansar. El camino fue duro porque no tenían nada para comer. El Gauchito decidió compartir lo que le dijo San la Muerte con los dos amigos que, en principio, no estaban complotando. Primero habló con uno y luego con el otro. Ante la insistencia de éstos por encarar al tercero el Gauchito siempre contestaba lo mismo, con la resignación de quien ya tiene la certeza que el destino está escrito y no se puede modificar:

—Dejá, no le cuentes nada. Ya está.

A veces, para desconcierto de sus dos confidentes, contestaba, evasivo:

—Dejá ahora. Vamos a descansar acá.

Ya en Argentina encontraron un arroyo donde saciar la sed. Cerca de un sauce había un espinillo alto, grande, lindo. El espinillo era verde y, al verlo, dijo el Gauchito:

—Vamos a parar acá.

Se detuvieron ahí, cazaron un animal silvestre y lo comieron. Aquel paraje era un gran yuyal. El Gauchito, entonces, les dijo a sus tres amigos:

—Mañana me van a agarrar. Y bueno, voy a ver qué hacen ustedes…

Luego de estas palabras se alejó y se paró frente al espinillo. Tomó su cuchillo y con la madera del árbol hizo una cruz. Una cruz pequeña. Mientras realizaba este rudimentario trabajo de ebanistería, dijo:

—El espinillo va a ser un árbol milagroso.

E incrustó la cruz en el espinillo, y continuó:

—Donde yo esté este árbol estará conmigo. Y donde pongan mi cuerpo, también estará este árbol. El que tenga fe cuando toque este árbol me recordará.

Al otro día reemprendieron la cabalgata. Como estaban sedientos buscaron a alguien que pudiera darles agua. Pero la gente, debido a la guerra, se había vuelto inhospitalaria y desconfiada con los forasteros. En ningún rancho querían recibir a los jinetes hasta que un paisano, con reticencia, les dio de beber a ellos y sus caballos. Estaban tan agotados que eligieron un lugar retirado para descansar. Era el momento de la siesta y el Gauchito se durmió bajo la sombra de un árbol.

Cuando despertó estaba rodeado de militares y policías. El Gauchito vio, con amargura, que sus amigos se habían escondido.

Prendieron al Gauchito pero antes de llevárselo le dieron una golpiza. En el camino la patrulla que lo traía se topó con un indio. Éste y el cautivo cruzaron una mirada. Cuando los militares y policías se alejaron el indio desapareció en el monte. Pero más tarde la patrulla fue asaltada por una gran cantidad de indígenas. El reo aprovechó el enfrentamiento para escapar. Pero su huida no duró demasiado. Fue aprehendido por un soldado que lo ató —ahí mismo— de los pies, de los brazos y del cuello.

—Matame. Pero sacame todo esto, le dijo el Gauchito, y siguió:

—Acordate lo que te voy a decir: tu señora, tu hijo y vos se van a enfermar. Vos estás equivocado porque yo nunca hice nada malo.

El soldado, incrédulo, raspó varias partes del prisionero con un facón bien afilado. Le laceró las piernas, los brazos, el torso, la espalda. El cautivo, debido a las cortaduras, estaba todo empapado y cubierto de rojo. Luego, a los empujones, obligó al herido a caminar en una dirección y en otra de modo que el área donde estaban los dos quedase cubierta de sangre. Finalmente, y siempre a los empujones, condujo al Gauchito debajo de un árbol.

—Vos estás derramando la sangre de un inocente, ¿qué te hice yo?

Pero el milico no quería oír. Finalmente encontró una rama de donde colgar al fugitivo y le ató otra cuerda a los pies. En ese momento aparecieron otro soldado y un indio. El hombre de armas quiso ayudar a su camarada al verlo entretenido con el pobre infeliz.

Pero se detuvo cuando el Gauchito le dijo, igual que al primero:

—Vas a estar enfermo vos, va a estar enfermo tu hijo y va a estar enferma tu señora.

Ellos van a morir y vos te vas a morir después.

Atemorizado ante estas palabras se quedó inmóvil. El militar que había maltratado al fugitivo quedó impresionado por la reacción de su camarada y, aunque ya no estaba convencido de aquella tarea, tampoco deseaba dejarla inconclusa, así que llamó al indio para que continuara con la tortura. Éste tomó la cuerda que había sido amarrada a los pies del apresado y la pasó por la rama que le había sido señalada de manera amenazante. Tiró de la soga alzando el cuerpo del desafortunado que quedó colgando cabeza abajo. Ahí, el indio, le hizo al Gauchito un corte profundo en las costillas.

El colgado, al ver la angustia del indio, lo tranquilizó diciéndole:

—A vos no te va a pasar nada porque te están obligando.

—Perdón, contestó el indio, vivamente conmovido.

—Haceme —dijo el Gauchito.

Y el filo volvió a cortar en varios puntos la piel del prisionero.

—Ahora cortále el cuello, ordenó el militar apuntando al indio con un fusil. Pero el indio no quería obedecer.

—¡Cortale el cuello te digo! —ordenó de nuevo.

—¡Esperá!, gritó el Gauchito. Y dirigiéndose al milico una vez más le profetizó:

—Acordate lo que te dije. Antes de llegar a los cuarenta y siete metros de tu casa ya vas a encontrar a gente llorando. Acordate. Y donde se derrame mi sangre vos vas a poner una cruz de espinillo y otra de tacuara.

Ésas fueron las últimas palabras del Gauchito y, a continuación, el indio le cortó el cuello. El militar, cuando el colgado dejó de respirar, se fue. Pero el indio quiso cumplir con las palabras del Gauchito. Toda la sangre derramada por el yuyal se había secado.

La sangre acumulada debajo de la cabeza del Gauchito, luego de que fuera degollado, se había endurecido formando una costra con la tierra. El indio, como si se tratara de una mantilla roja, la levantó y depositó esta bandera de tierra y sangre seca en otro lugar y colocó en su centro una cruz de tacuara. Luego llamó a otros indios que lo ayudaron a bajar el cadáver y ahí mismo lo enterraron, a los pies del árbol.

El soldado, mientras tanto, emprendió el largo camino de retorno y cuando llegó a su tierra fue directamente a ver a su jefe y le dijo:

—Quédese tranquilo que el Gauchito Gil ya murió y tu novia está en su casa.

El soldado, luego de reportar lo sucedido, regresó a su hogar. Iba contento por haber cumplido la misión encomendada pero, cuando estaba llegando, quedó sorprendido por el extraño espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos: había gente que entraba y salía de su vivienda con expresión de angustia. Primero se quedó inmóvil viendo lo que acontecía pero luego, en un impulso, entró corriendo en la propiedad. Para su asombro encontró a su mujer y a su hijo enfermos. Ambos tenían fiebre y languidecían en sus respectivas camas.

El hombre se arrodilló ante su mujer y ésta le dijo, con una voz casi inaudible:

—Ya me voy a morir y tu hijo también.

El soldado se acordó de las palabras del Gauchito y, pidiendo perdón, se marchó rápidamente de su hogar. Cuando llegó a la región donde lo había asesinado buscó un espinillo y, cortando dos trozos, hizo una cruz y unió ambos fragmentos con un pedazo de enredadera. Al arribar al lugar donde el gaucho había sido ejecutado clavó la cruz, aunque no lo hizo exactamente donde se derramó la sangre del degüello.

El soldado lloró desconsoladamente y pidió perdón delante de la cruz.

—Quiero que me perdones Gauchito, decía entre lágrimas pensando en su familia.

—Yo también tuve que cumplir órdenes, trataba de justificarse.

Entonces, ante él, apareció, majestuosamente, una gran figura esquelética. El hombre, al verla, quedó duro de espanto. La figura huesuda, envuelta en su túnica negra, le preguntó con dureza al homicida y torturador:

—¿Por qué hiciste eso? ¿No pensaste en vos? ¿No pensaste en tu prójimo?

El hombre, perturbado por la visión terrorífica, y paralizado, no sabía cómo actuar.

—Yo soy San la Muerte. El Gauchito no te está hablando. San la Muerte te está

hablando.

Y tras decir esto le extendió un balde con agua.

—Llevá éste y derramá el agua sobre tu señora y tu hijo y cuando lo hagas decí: “En nombre del Gauchito te derramo esta agua”, y se van a curar.

El soldado regresó a su casa cuidando el balde y su contenido. Cuando llegó hizo tal cual le había indicado el espectro y también derramó el resto de esa agua por toda la casa. Al anochecer su hijo y su esposa se levantaron de la cama. Ya no tenían fiebre ni malestares. Se habían curado por completo. El soldado lloró y pidió perdón una vez más. Desde entonces y hasta el final de su vida tuvo al Gauchito en su corazón…”

Oro, plata y sarpullido

Carlos, al finalizar el relato, dice con convicción:

—Por eso al Gauchito no le gusta la traición. No le gusta que se hable mal de él como hacen los que no tienen fe y devoción.

De pronto siente la necesidad de ser claro respecto de la historia del santo:

—Hasta ahora el Gauchito Gil no me volvió a aparecer. No te puedo mentir. Hasta ahora no me dijo más nada, nada, nada…

Luego se pone de pie y camina hacia otra sala. Antes de ingresar, junto a la entrada, hay un altar con cuatro representaciones de los pretos velhos, los reconocidos ancianos de origen africano.

—Son distintas imágenes del pai Joaquín, explica Sara. Y especifica las áreas de la vida donde interviene su acción bienhechora:

—Es un santo para los negocios, la abundancia y la prosperidad. Y también para la sanación mental, emocional y espiritual. Sus devotos le dejan dinero y alfajores.

El brujo ingresa en la otra sala que, a su vez, se conecta con otros dos salones. Son, en realidad, tres recintos unidos entre sí y dedicados exclusivamente a las divinidades esqueléticas. Los mosaicos que recubren las paredes forman columnas blancas y negras como la camiseta de fútbol del Club Atlético Central de Córdoba. Son unas veintitantas estatuas, algunas de la Santa Muerte, otras de San la Muerte y unas pocas del Tata Caveira. Las más grandes cautivan la imaginación insinuando su imagen atemorizante detrás de ramilletes de flores artificiales.

—Esta Santa Muerte la enviaron de México. En la aduana la revisaron y la rompieron —cuenta el pai Carlos y su hija, indignada, agrega:

—Para ver si tenía droga…Fue enviada por Eva, la hija del ex arquero Chilavert…

El pai Carlos reflexiona acerca de los devotos actuales:

—Hay gente que es devota sólo de boca, hay fanáticos, hay personas que vienen por curiosidad…

Llevarlo tatuado “como hacen ahora” no significa verdadera devoción. Para el pai el fervor consiste en “escuchar al Gauchito”, en tenerlo en el corazón. La curiosidad sin fe y la devoción sin corazón conducen a confusiones como creer que está bien consumir drogas o robar.

—Eso no espera de sus devotos. No robó el Gauchito. Eso ya hace la persona, se queja el pai.

Para el brujo la pandemia es producto de la falta de fe y devoción en todos los aspectos de la vida. En cambio los incendios que ocurrieron a principios de año en la provincia de Corrientes los adjudica a la mercantilización de la fe popular.

—Ibas a Corrientes y no había más que vendedores. Ya ni se veía al Gauchito desde la ruta. Nunca entendí por qué no hacían retirar a esa gente, se molesta Carlos en referencia a los hechos de fines del 2021 cuando el gobierno correntino desalojó a los puesteros que ocupaban las inmediaciones del santuario principal en la ciudad de Mercedes, a donde van de peregrinaje miles y miles de devotos cada año. La medida, según las noticias, fue adoptada a raíz de dos vecinos asesinados por denunciar a la mafia que controlaba parte del predio.

Entre las imágenes tétricas hay todo tipo de adornos y objetos como copas, vasos, ceniceros –algunos con forma de calavera—, petacas y botellas de café al coñac, estampitas alusivas, candelabros y, aquí y allá, como una especie de tótem diminuto, la figura del búho.

—El búho es porque San la Muerte es justo y él es el animal de la sabiduría, explica Sara.

Su padre observa las imágenes del Santito, que es como también se llama a San la Muerte, y no entiende por qué se le tiene tanto miedo:

—Así vamos a estar algún día. Ése que le teme no piensa ni usa la cabeza…

Los promeseros que se acercan primero piden permiso para entrar y luego, de a uno, depositan su vela. Entre las ofrendas hay un abridor y atados de cigarrillo sin abrir.

—El abridor es porque hay gente que quiere servir a San la Muerte o al Gauchito Gil. Es ya una tradición. Hay gente que se acostumbró a darle de fumar, a darle whisky o agüita, comenta la hija del brujo.

También hay un juego de té que es de plata y que dejó un promesero. Un juego con bandeja, platitos, tazas y cucharitas.

—En su día se le sirve café a San la Muerte. Y tiene que ser bien puro y con café al coñac, explica Carlos.

Lo que llama la atención de los visitantes es el lujo con el que están ornamentadas estas figuras tétricas y descarnadas. Tienen anillos, cadenas, collares y relojes de oro y plata.

Acerca de los relojes dice el pai, como si se tratara de una cuestión importantísima de magia simpática:

—Les tengo que poner pilas porque no puede haber relojes parados en su altar. Les pedí que no me traigan más porque si se detienen puede pasar lo mismo con la vida.

También hay placas de agradecimiento. Las que fueron fabricadas con materiales frágiles como yeso no fueron amuradas. Otros agradecimientos, que tampoco están exhibidos, son mensajes estampados como “Gracias San la Muerte” o “Gracias Gauchito Gil” en remeras, pantalones, zapatillas y banderas.

—Todos los vamos llevando al santuario de Corrientes, confirma Sara.

El espiritista explica que a la gente que no cumple lo que prometió al Gauchito o habla mal del santo le suele salir un sarpullido cuya picazón es insoportable. Es un tipo de afección que no puede sanar ningún médico, a menos que aquel que ha cometido la falta pida perdón. En el templo asisten a estas personas para decirles lo que deben hacer.

—Cuando desaparece lo que le salió, ahí el Gauchito demuestra que existe y que está, afirma rotundamente el pai.

Los trabajos y las noches El pai Carlos vuelve a la sala principal. Allí hay una puerta blanca que comunica con una pequeña salita dispuesta como altar dedicado exclusivamente a figuras religiosas femeninas. La mayoría —más de una veintena— son advocaciones de la Virgen María. La estatua más grande corresponde a la Virgen de Itatí. También están la del Valle, la de Guadalupe, la de Luján y la de Copacabana, venerada por los bolivianos, entre otras.

Semiocultas —ya que son de menor tamaño— hay estatuillas de Jesús, San Son y San Pantaleón, incluso una Biblia. Las flores son las únicas ofrendas admitidas por la dignidad de estas figuras.

—Somos católicos, dice Sara.

En este peculiar sistema de creencias coexisten umbandismo, catolicismo y brujería.

La gente que más se acerca al templo es por enfermedad y, en segundo término, para estar bien en sus casas.

—Los vecinos suelen decir: andá allá en el fondo a la casa grande del Gauchito, dice el pai.

En el templo atienden a todas las edades. Desde bebés de un año llevados por sus padres hasta abuelos de sesenta, setenta y ochenta años. Los males que aseguran curar son: dolores de panza (que es algo bastante común entre los concurrentes); pata de cabra hombre o pata de cabra hembra; mal de ojo débil o fuerte, entre otras dolencias.

Sara aclara:

—No estamos en contra de la ciencia. Ojo con eso. Ni todos los que vienen tienen una brujería.

El pai Carlos, a su vez, agrega:

—Pero estas cosas sólo vemos nosotros. Los que estamos en esto.

Todos los hijos acompañan al padre en estas actividades. Ellos son, además de Sara: Ori, Ángel, Teresa y Celi. La familia atiende los martes y viernes desde las nueve de la mañana hasta que se va la última persona.

—A veces solemos quedarnos hasta las dos y media de la madrugada —cuenta el padre.

Sara considera que su familia ha sido bendecida por este oficio. Manifiesta su orgullo con las siguientes palabras, despejando algunas ideas erróneas de naturaleza mágica:

—Amo lo que hago y estamos logrando muchas cosas a través de las entidades y del esfuerzo. Nada va a caer del cielo. Las cosas se obtienen con sacrificio.

Antes de la pandemia cobraban por las consultas una colaboración a voluntad, pero desde la cuarentena, y debido al incremento de los gastos del templo, han optado por un monto fijo.

Ahora bien, ¿por qué este templo está dedicado al Gauchito Gil y no a San la Muerte? La prioridad, en todos los santuarios, se explica por la entidad de la que se obtienen más favores.

—No tengo una devoción por uno en particular, aunque voy más hacia la Iemanjá y la Virgen, confiesa Sara.

—La Iemanjá también cura y tiene su leyenda, aclara Carlos y señala un espacio vacío en el centro del salón principal. Cuando llega una persona con una dolencia se coloca ahí una alfombra ritual. Se pide al recién llegado que se siente sobre ella mirando hacia el altar principal del Gauchito. En ese momento el pai conecta con el mundo invisible.

—Los espíritus me dicen qué le pasa, afirma.

Luego derraman sobre la persona un poco de agua preparada con un remedio. A continuación la recuestan y se la tapa con una tela roja. Si la dolencia, ya sea emocional o espiritual, se manifiesta como un malestar en el estómago del paciente, el pai o sus colaboradores suelen vomitar. Cuando la persona se retira del consultorio recibe de la hermana del pai uno o varios frascos con el agua con remedio para que se la lleve a su casa y se aplique baños.

También emplean métodos como la curación a distancia mediante fotos. Esta acción mágica, por definirla de alguna manera, es utilizada también para la protección de casas.

El trabajo misterioso con las fotografías se realiza de noche. Precisamente porque es cuando, según estas enseñanzas ocultas, hay más energía de las entidades. La explicación es sencilla: mientras en la “tierra terrenal”, que es donde nosotros vivimos, los seres humanos –—por regla general— duermen de noche y están despiertos de día, lo opuesto sucede en el reino de las entidades. De acuerdo a un criterio chamánico, duermen de día y permanecen despiertas de noche.

El pai efectúa las invocaciones nocturnas en la sala principal. Pero antes de empezar se realiza unos baños para tener buena energía. Recién entonces baja al templo. Primero prende las velas para crear en las penumbras una atmósfera de silencio. Luego reemplaza la alfombra por otra y coloca encima de ella una mesita bajita delante de la cual se sienta. Sobre la mesita extiende las fotos que le han dejado las personas que vinieron a solicitarle ayuda. Cuando el ambiente es lo suficientemente magnético y él está conectado, realiza una invocación para atraer a las entidades.

—La invocación está en el idioma de los muertos y eso es un secreto que no puedo revelar, dice misteriosamente Carlos.

Son varias las entidades que responden al llamado. Además de aquellas cuyas imágenes se exhiben al público, se presentan espíritus de brujas veneradas por la Raíz cuyas representaciones guardan en el templo pero está prohibido mostrar. San la Muerte preside a todas estas entidades. Su voz es como un murmullo que viene desde lejos y susurra detrás del oído.

—San la Muerte por ahora me habla a mí porque soy el mayor y el que dirijo, afirma el pai y agrega:

—Me dice qué tengo que hacer y qué no tengo que hacer.

San la Muerte es una entidad poderosísima que siempre se manifiesta bajo una forma que pueda tolerar la persona. Cuando acude apoya sus manos huesudas sobre los hombros del invocador. Éste, mientras dura el contacto, experimenta un contento de otro planeta.

—Tenés que tener coraje, asegura el pai con orgullo.

Las entidades dirigidas por San la Muerte observan las fotos mientras el pai ora por los que están enfermos o a punto de morir. Estos trabajos de brujería jamás son agotadores a pesar que le quitan horas al sueño. Al contrario, como brujo y como pai Carlos los necesita para revigorizar sus facultades. Son, mientras los ejecuta, mejor que un descanso reparador. Por eso, cuando no tiene nada pendiente durante la noche, se pasea por el templo a oscuras y se detiene delante de cada imagen para dialogar con las entidades representadas. Mientras tanto, otros espíritus le tocan la cabeza, los hombros, el cuello.

Una diosa sin nombre

El pai Carlos, seguido por su hija Sara, ingresan en otro recinto.

—Acá es Iemanjá, señala el primero.

Dos cortinas de tiras de papel metalizado color celeste cubren una de las paredes. Esta sala homenajea a la diosa del mar. En el centro hay un altar con tres imágenes de la deidad con el pelo negro y largo. Las rodean adornos marinos como caracoles y estrellas de mar además de distintos tipos de copas y flores artificiales blancas, azules y amarillas. También hay un cuadro de la orishá saliendo majestuosamente del océano y, junto a esta representación, un pez de madera que cuelga de la pared. Una gran estatua de tamaño natural de una Iemenjá negra domina todo desde un rincón. Tiene los brazos abiertos con las palmas hacia arriba.

Los días de celebración para el templo son el 8 de enero y el 12 de agosto, fechas de la muerte y nacimiento del Gauchito Gil respectivamente; los días 15 y 20 de agosto dedicados a San la Muerte; el 2 de febrero a Iemanjá y el 13 de mayo al pai Joaquín.

Los días del Gauchito y de San la Muerte se hace una gran choripaneada y los promeseros, además de las ofrendas, traen bebidas y tortas. La fiesta dura desde las cero horas hasta las doce de la noche. Se pone música y vienen grupos chamameceros.

También hay una conmemoración intrigante. Los 15 de junio buena parte del barrio suele estar en silencio. Esa fecha corresponde a una diosa poderosísima que odia las celebraciones. Cuando llega su día no hay que festejar, ni prestar plata, ni reírse, de lo contrario se corre el riesgo de llorar durante todo un año. Lo único que tiene que hacer la gente en su casa es poner frutas sobre una bandeja y, al día siguiente, depositarlas en un árbol sin decir absolutamente nada.

—Yo avisé a mucha gente para que hicieran. Pero su nombre no lo puedo decir —afirma el brujo sobre la identidad de esta deidad temible.

También realizan otros ritos asociados a la Umbanda como bautismos. Sin embargo durante la cuarentena fue complicado atender al público.

—Venía gente para saber si se atendía o no, comenta Carlos.

Hugo, el abogado de la familia, los asesoró durante esa época. Los servicios legales de este hombre forman parte de la trama donde interviene lo invisible. Un día, al igual que tantos otros que tienen una urgencia que resolver, se acercó al templo del Barrio Padre Carlos Mugica y le prometió al Gauchito Gil, a San la Muerte y a Iemanjá que si le concedían lo que necesitaba sería de por vida el abogado de la familia del pai. Y así sucedió. Gracias a él obtuvieron un permiso para seguir atendiendo, siempre y cuando cumplieran los requisitos que ya son de público conocimiento: aforo reducido, distanciamiento social, barbijo y utilización de alcohol. También se vieron obligados a acondicionar otra sala para que la gente pudiera aguardar dentro de la propiedad porque antes lo hacían formando una fila en el pasillo y la vereda. De a poco, por suerte, está viniendo más gente.

El vínculo con los vecinos es bueno, a excepción de los evangélicos que miran al templo con desconfianza. En cambio la relación con los católicos siempre ha sido cordial. De hecho, dentro del barrio hay otro santuario dedicado al Gauchito Gil cuyo cuidado depende de la parroquia Cristo Obrero. Su ex párroco, el Padre Guillermo, fue invitado al Templo del Gauchito por el propio pai Carlos. El sacerdote aceptó la invitación y recorrió las distintas salas.

—Dijo que todo es muy lindo y derramó agua bendita y ¨bendició¨ todo, asegura el pai.

Antes de marcharse el cura villero le recomendó:

—Siga haciendo, siga ayudando.

Sara señala una estatuilla.

—Ése que está en la casita roja fue nuestro primer gauchito en Argentina. Le cuidamos mucho porque es re antiguo.

El brujo, para que no quede ninguna duda, aclara:

—Es muy compatible el Gauchito con la religión Umbanda. Se trabaja muy bien con él.

De pronto recuerda que va llegando el tiempo de cambiar de barrio y dice, como si conociera un destino todavía oculto:

—Cuando se mude este templo no sé qué va a pasar con la villa…

Diego Jáureguis: Periodista y poeta. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Nacional de San Martín y cursando, en la misma casa de estudios, la Maestría en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural. También soy técnico superior en Comunicación Social con orientación en Periodismo egresado del Profesorado Don Bosco Casa Pío IX. En2016 publiqué mi libro de poemas “Vampirismo Zen” y he escrito crónicas sobre teatro y devociones populares para distintos portales de noticias.



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