LA NOCHE QUE CON WALTER CONOCIMOS A JUAN FORN

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La noche en cuestión yo había ido a un Congreso en Villa Gesell. Un plomo, lleno de  abogados. Hacía poco me había separado de Andrés, papá de mis hijos, y aún no conocía a  Gonzalo. Me había entusiasmado con la idea de “cambiar de aire” ese fin de semana que no tenía a los chicos, pero no estaba saliendo bien. Todo, hasta el frío que calaba los huesos, resultaba un poco desolador. La perspectiva de juntarme a cenar con gente de elegante sport  me parecía insoportable, así que me fui sola a pasear por el centro. De más está decir que  nadie advirtió mi ausencia. En realidad tampoco habían notado mi presencia.  

Envuelta en ese ánimo gris caminé un par de cuadras estridentes, y cuando estaba cayendo en lo más profundo de la autocompasión, me pareció ver a Walter comprando puchos en un kiosco. Hacía 20 años que no nos veíamos, pero no había dudas: era él.  

Con Walter habíamos sido compañeros en una especialización en Derechos Humanos de la Universidad Complutense, en pleno inicio del 2000, cuando Argentina ardía de bronca y de pobreza, se adaptaba con monedas provinciales y resistía con asambleas, club del trueque y movilización. Coincidimos en ese curso, en Madriz, con un montón de latinoamericanes y uno o dos lugareños copados, probablemente porque era el más barato. En esa época España  todavía volaba en una burbuja y exportaba gerentes a nuestras tierras, que habían privatizado casi todo. Ellos eran los nuevos dueños de nuestros aviones, nuestro petróleo y nuestros trenes, pero no tenían (por entonces) cosas que por aquí abundaban: la memoria empecinada y la sana costumbre de andar protestando. Envueltos en ese calor, las lecciones  autocomplacientes sobre la eutanasia y los derechos de los animales —con todo el respeto que merecen ambas cuestiones— sabían a poco.  

A aquél grupo proveniente de Perú, Venezuela, Bolivia, Colombia, Brasil, México y Argentina nos unía estar tan lejos, y quizás también –o tal vez fue sólo una idea mía— el  asombro que nos causaba el trato despectivo, disfrazado de corrección, de algunos  miembros del cuerpo docente del departamento de Filosofía. Creo que eso fue lo que detonó el asunto “velo”, como le llamamos en aquél momento, y que concluyó en la expulsión en masa y el cierre prematuro de esa capacitación. Lo cuento rápido para no pasar vergüenza:  había también un par de chicas árabes, con riguroso pañuelo sobre sus cabezas. En una de las clases, un profesor hizo un paralelismo entre el Islam y el terrorismo, las chicas se ofendieron y contestaron airadas y nosotros –aunque no les entendimos del todo, porque  comenzaron a hablar en su lengua— hicimos causa común, porque, en definitiva, cualquiera  sabe que no son la misma cosa. El profesor perdió los estribos y nos dijo que a pesar del  esfuerzo de la madre patria seguíamos siendo los mismos incivilizados. Bien mirado, eso no era un insulto, y pese a que entonces no lo entendimos así, sin querer respondimos en esa  sintonía, porque nos subimos a los bancos y empezamos a cantar a grito pelado una canción de Markama que tenía algunas palabras en quechua, y que habíamos estado entonando por pura diversión en un cumpleaños reciente. Decía: “A mí me llaman Karantallay, vidita,  porque vivo en el campo” y tenía un aire festivo que se volvió rabioso cuando todos juntos marcamos el pulso zapateando sobre los pupitres. 

En fin… luego nos organizamos para reclamar que nos devolvieran los euros que con tanto  afán habíamos juntado y armamos un par de ferias de comidas típicas para sacar unos  mangos. Nos pasábamos los datos de los trabajos para sudacas que había en la zona, y nos  divertíamos mucho también, porque éramos jóvenes y estábamos de paso. Había, por  supuesto, gente maravillosa, como la del Club de Voleybol y la del Coro de Móstoles, para  quienes sólo tengo palabras amorosas. 

Pero bueno, volvamos a aquella noche. La cuestión es que cuando vi a mi amigo, cuyo  último dato que tenía es que vivía en Salta con su familia, se me vino todo aquello como un tsunami; no sólo la anécdota, sino les amigues, las juntadas, las callecitas madrileñas y el sabor de las cañas. De golpe Gesell, y mi cara, habían cambiado su pinta. Él también me  reconoció, por suerte, y se guardó los comentarios acerca del paso del tiempo. Al rato nos estábamos riendo, recordando aquella época gloriosa. Fue ahí cuando llegó su primo, que  había quedado en pasar por esa esquina para ir a ver –me enteré entonces— a Juan Forn, que  daba una charla en una Biblioteca. Casi me muero… Juan Forn!!!, los viernes habían  cambiado para mí desde que lo descubrí en las contratapas del Página. No les quedó otra que invitarme, pobres.  

Luego de un par de cuadras compartiendo todo lo que sabíamos de él, llegamos al lugar del evento. Íbamos un poco tarde, porque el primo se había demorado. Primero pensamos que se había terminado, porque no se percibían luces, ni ruido, ni gente. Pero después nos animamos a forzar un poquito la puerta y nos encontramos a Juan, solo, leyendo a la luz de  una vela. Nos miró con cara de sorpresa, sin salir del todo de la novela abierta sobre su mesita. Después de unos cuantos segundos nos dijo que se había suspendido porque habían cortado la luz por falta de pago (y sí… fue el año en que todos los servicios subieron más  del 500%). Se produjo un silencio un poco incómodo, que de golpe se disipó con la sonrisa ruluda de Juan, que con un gesto nos invitó a sentarnos a su mesa. Demás está decir que  aceptamos sintiéndonos tocados por la varita mágica del destino —suponiendo que tal cosa  exista—. Y teníamos razón.  

Cómo sintetizar lo que pasó entonces. Hablamos de Tilcara, de las campesinas indígenas, de Güemes y Juana Azurduy, de Juanele por supuesto, y también del Negro Aguirre, el Seba Macchi, el mar y la Silvina Gómez. De Elis Regina, Gabriel Núñez y el Gordo Pinto. De  Soriano, Liliana Herrero, Horacio González y Maradona. De Fernando Cabrera y de Ana  Careaga. De Julio Lavallén y Mariana Enríquez. Bolaño y Salinger, Piglia y Saborido, Arendt y Bodoc. Rulfo, Casciari, Philip Roth, Laura Restrepo, David Grossman y Nina Simone. Nos contó historias maravillosas de los rusos, de Robert Capa y Larraín, Aurora  Bernárdez y la masacre de Nanking, Lucía Berlín y Needham.  

Pienso que desde afuera sólo se vería una casa a oscuras, pero adentro… adentro las paredes  se llenaron de imágenes, y el café literario se llenó de voces, y de golpe ya no éramos  cuatro, sino diez, treinta, setenta, cientos… un tren interminable de personajes con  anhelos, sueños y desvelos tejiéndose en medio de guerras, progroms, patriarcado, soledad,  fiesta, años locos, academias de ciencias y campo abierto. Parecía que estaban ahí, con sus  valijas, sus cámaras de fotos, sus pinceles, sus desolados andenes que los llevaban o traían  de algún lado.  

El tiempo pasó canábico. Todo se enlenteció menos la charla, mientras ardió tenue la  llamita en aquella sala. En algún momento cantó un gallo y se apagó la vela. Salidos por un  instante de aquel hechizo, Walter advirtió que su colectivo partía en un rato. Por un segundo pensé en quedarme allí para siempre, pero ya se adivinaba el sol que anunciaría el día, y algunos ensueños sólo perviven en la oscuridad. No sé todavía cómo salimos al frío de las seis de la mañana, pero Juan estaba ahí para llevarnos, primero a Walter a la Terminal, luego a mí al hotel y por último al primo, que vivía cerca. 

Flotan cerca de mí, cuando las recuerdo, las sonrisas de cada uno, cómplices en el plan de no tener plan, de perder las horas, ganándolas para la dicha infinita de compartir historias.  

Y esa fue la noche que con Walter conocimos a Juan Forn.


“Dedicado a Walter, con quien compartimos, a la distancia, la tristeza por la partida de Juan, al que nos hubiera encantado conocer. Ahora ya no sabemos si sucedió o no…”



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Dolores nació en 1973 en Buenos Aires, pero jura y perjura que es de Entre Ríos, lugar en el que pasó su infancia. A los 18 se fue a estudiar abogacía a Santa Fe, un poco porque le decían “Zapata, si no la gana la empata”, y otro tanto porque le quedaba cerca. De su etapa universitaria recuerda con cariño sobre todo los aprendizajes extracurriculares. Tuvo la suerte de vivir un tiempito en otros países, donde hizo cursos, conoció mucha gente y fue una auténtica trabajadora migrante. Vive en Mendoza, donde nacieron sus hermoses hijes, y trabaja en la Dirección de Derechos Humanos del Poder Judicial. Juega en un equipo de voley que está casi último en la tabla y cada tanto escribe y canta para desesperación de sus amigues.

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