PSICOANÁLISIS EN VILLA CRESPO

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Espacio, barrio o paisajismo no suelen ser elementos que los psicoanalistas incluyamos para pensar nuestra práctica, intervenciones y efectos producidos. 

Tengo la dicha de haber podido elegir dónde montar mi consultorio. Se trata de eso: una operación de montaje, como en el cine o en un happening artístico. No me voy a concentrar aquí en situar o en describir el puertas adentro del mismo, sino lo que sucede afuera: en la vereda, cuadra, calle e inmediaciones. 

Mi práctica la desarrollo en un consultorio situado en una zona del barrio muy tranquila. Muchas veces medité y especulé acerca de lo diferente que sería atender en una zona o cuadra más transitada, con mucho tráfico o ruido. Insisto en que sería diferente porque no creo pertinente ni preciso suponer que nuestra práctica comience puertas adentro del consultorio. 

Alguien que viene a vernos, a visitarnos, transita de uno u otro modo por las inmediaciones; se pierde, se demora por el tráfico, viene caminando, en bicicleta, subte o colectivo. Si tiene auto podrá conseguir o no lugar para estacionar. Si yo estoy demorado, y tiene que esperar, lo hará en esta vereda. 

No puede no haber efectos a recortar de todo el trayecto o transcurrir previo al encuentro. En este y en casi cualquier caso, el afuera es lo más íntimo que hay.

Muchas veces me han dicho que venir a sesión —el trayecto en todo su conjunto— les resulta interesante, agradable, divertido; o molesto, cansador, tedioso… incluso alguna vez alguien me confesó que el trayecto y viaje le eran más provechosos y productivos que la sesión en sí. 

En estos días de cuarentena muchos pacientes me han dicho que lo que más extrañan no es la sesión presencial, sino lo propio de tener que venir hasta mi consultorio: el trayecto, lo bonito de sus calles vecinas, hacer tiempo. Les gusta y sorprende gratamente lo que viene sucediendo por videollamada, pero extrañan venir. Esto que se extraña, el venir y el trayecto, es el cuerpo de un análisis: eso que la tecnociencia aún no pudo capturar.

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Un día comencé a notar que con un paciente púber había algo que no estaba dándose. Empecé a suponer que el consultorio en sí mismo, como espacio físico y como “cuadrilátero” —jugábamos mucho a luchar y combatir— nos empezaba a quedar chico. Algo de la espacialidad había comenzado a ser obstáculo para la transferencia, para el decir. 

Comencé a ensayar la utilización de todo el consultorio: mantuvimos la sesión utilizando también la sala de espera, los otros consultorios, la cocina e incluso la terraza —¡y en una oportunidad hasta el techo!—. Los efectos eran interesantes, pero continuaba notando “eso” de la espacialidad que clausuraba. 

Recordé entonces dos veces a Freud. Primero, que el diván es ante todo un medio para evitar la “contaminación de la transferencia”, para así circunscribirla oportunamente como resistencia. El diván, su pasaje, sería en definitiva un subterfugio en torno al espacio [mirada]. Segundo, Freud no sólo gustaba de pasear, sino que también están documentadas varias sesiones que condujo caminando; en el caso del músico Gustav Mahler, su tratamiento entero constó de un paseo de 4 horas.

No quería solamente emular a Freud, sino recoger su transmisión. Esto es, que el espacio físico o disposición espacial pueden obturar la cura, y que si no los intervenimos o trastocamos hacemos de lo material un estándar por pura comodidad. Le propuse que la próxima vez me tocara el timbre para que yo saliera con él a pasear por el barrio. La propuesta le resultó “flashera pero divertida”. De hecho, no paseamos: continuamos la lucha en la vía pública, nos perseguimos, utilizamos a otros transeúntes para nuestro juego, e incluso una vez hasta a un policía…. Los efectos aún los sigo formalizando, pero desde ya son interesantes por haber roto ese estancamiento inicial. 

Este recorte permite mostrar que el “adentro” en un psicoanálisis puede darse en el afuera. El consultorio puede facilitar que alguien habite el dispositivo, puede colaborar con la hospitalidad; pero a veces también todo lo contrario. El dispositivo no está en otro lugar más que en la transferencia. No hay adentro o afuera desde el punto de vista fáctico/espacial.

Paseando se puede hablar-caminando, y eso a veces tiene efectos que van más allá de una mera vuelta al perro. Caminar o pasear son acciones que a veces permiten explorar otros registros o modos del decir. En este sentido, para un psicoanálisis hay que tener calle.

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La experiencia de un psicoanálisis transmite el gusto por las sutilezas y gestos propios de los espacios transicionales, que aparentemente tendrían la función de tránsito, de distribución o comunicación entre ambientes. Uno se interesa por lo que sucede en los instantes de pasaje, en esos puntos del espacio/tiempo en que alguien se descubre como puro y fugaz movimiento: dando un paso, haciendo un ademán con el cuerpo. Ese cuerpo descubierto como autónomo, con vida y muerte propias.

La cuadra del consultorio es tranquila, bastante silenciosa. Hay poco tráfico, pocos transeúntes. Hay un bar en la esquina, que para algunos hace las veces de sala de espera: me refiero a quienes gustan llegar algo temprano y me cuentan, por ejemplo, que utilizan o aprendieron a utilizar esa impaciencia en una forma de “hacer-tiempo” leyendo, tomando un café o descansando. Una persona me confesó que conoció a alguien mientras hacía tiempo en la esquina del consultorio, y por ello bautizó a su tratamiento desde una bella metáfora: “ese lugar a donde uno va y se enamora”. ¿Fue una metáfora?

Reitero la pregunta: ¿será lo mismo atender sobre una avenida muy transitada y caótica, abundante en ruidos, gritos y movimiento? Sería una tontería pensar que una variante es mejor, y la otra peor o poco recomendable. Sí puedo afirmar con certeza que son dos situaciones, preludios o contextos bien distintos, que causarán experiencias distintas. Porque además del trayecto previo está lo que sucede cuando alguien, concluida la sesión, se va.

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¿A dónde se va la gente luego de la sesión? ¿Qué hace? ¿Es esto anecdótico? Si es anecdótico entonces es menester pensarlo, al menos escribirlo. Cuando alguien en un psicoanálisis califica y degrada a algo como anecdótico, algo sin importancia, uno insta a que eso tenga lugar en su decir. Porque en la anécdota no sólo hay historia y vivencia, sino también un recinto en bruto, tan actual y actuante como no avizorado.

Alguien una vez me dijo que había salido de sesión y había ido a anotarse en un curso de buceo, trámite que había venido postergando desde hacía mucho tiempo; esa sesión había situado y admitido que se sentía “ahogado” por algo. Muchas veces una sesión produce algo parecido al envalentonamiento, pero no en general de manera directa: es la propia persona quien lee algo de lo acontecido en sesión como fuente de valentía en torno a su deseo. Hay en todo caso una sugestión indirecta, que termina de ser producida por la propia persona. Algunos me cuentan que luego de salir de la sesión, a unos metros de la puerta, en la vereda, agarraron su celular para escribirle o llamar a alguien. No importa a quién, ni con qué fin. No necesariamente en ese llamado o mensaje dijeron algo crucial o definitorio. Tampoco es algo que debiéramos calificar como “impulsivo”. Se trata de instantes posteriores a la experiencia de lo inconsciente que conllevan las ganas de producir —buscar, encontrar, o inventar— una relación con el otro. 

Es notable un e/afecto que se produce luego de analizarse: cierta vivencia de la soledad que posibilita y compele al encuentro. De una sesión se sale solo, hay una suerte de renacimiento que no es metafísico ni mítico sino más bien poético: alguien sale de analizarse y se siente un poeta de su propio presente, incluso de su propia desgracia. Más crítico, quizás, pero no por eso malhumorado. Salir muy angustiado de un psicoanálisis no puede no incluir cierto humor [negro]. Aun llorando, alguien se va también un poco riendo de sí, y no en clave de sorna o banalizando la propia situación. En esos llantos se está jugando una caída y un cese, vía el humor, de todo lo que es profundamente secundario y, por ende, poco interesante. 

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Paisaje deriva del francés pays (país) que refiere a una región, y del sufijo “-aje” que le connota acción al vocablo: es, sin rodeos, la acción de hacer-país. La acción de hacer-Patria. Es una reminiscencia al sentido de pertenencia, a la identidad de las personas en relación con un entorno del que provienen o habitan. Estamos hablando de eso que es lo más propio. 

Tanto la salida como la entrada a sesión contemplarían el pasaje de un paisaje a otro. Más aún, considero que tanto la entrada como la salida de la sesión son, en sí mismos, espacios que implican una temporalidad. Por eso creo que son paisajes, ya que no se trata de un mero fondo gestáltico. El paisaje es figura y fondo a la vez, y algo de este peculiar efecto lo producimos cuando invitamos a alguien a acostarse en un diván: dicho pasaje es también pasaje a otro paisaje, uno muy peculiar. El pasaje de una frontera, tan simbólica y real como lo es cualquier frontera geopolítica.

¿Qué paisaje contempla alguien al salir de sesión? ¿Qué posibles efectos? Lo que alguien contempla al salir de una sesión es su propio paisaje. Homologuemos paisaje a realidad [psíquica]. El paisaje del que hablamos es la propia realidad de cada quien, su propio fantasma. No es que alguien sale con mayor claridad o viviendo una epifanía. Hay una salida fugaz del propio paisaje, un apartamiento momentáneo, que es lo que permite su contemplación. Es como verlo de afuera unos momentos, no sin cierta desorientación. 

Por esto sostengo la tesis de que el paisaje físico, material y concreto debe ser tenido en cuenta. La tranquilidad, la quietud similar a la de un domingo, el poco ruido o tráfico vehicular que caracterizan las inmediaciones de mi consultorio, son todos elementos para nada suficientes, pero sí quizás elocuentes —y también resistenciales— para que se produzca este trabajo extrospectivo de sí: el del/de la analizante que esperamos luego de cada sesión. 

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El psicoanálisis nos permite efectuar una torsión que supera las categorías adentro/afuera. La espacialidad en psicoanálisis permite ubicar que eso más íntimo no se encuentra “adentro”, sino en general y paradójicamente “afuera”. La extimidad de lo más propio e íntimo proveniente del exterior, de afuera, del Otro. Así, ese afuera es también el afuera o el después de la sesión, es decir la vida cotidiana. Y si esto es así, una vez más se nos escapa, como agua entre las manos, la diferencia adentro/afuera.

Por ello muchas veces las personas cambian sus planes luego de salir de sesión. Hay quienes luego nos cuentan que “quedaron de cama”, y por eso al salir cancelaron un plan que de antemano no les interesaba. Recuerdo el caso de alguien que me contaba con orgullo que al salir de una sesión se había ido a pasear por el barrio: no casualmente habíamos hablado, por inquietud de esta persona, del barrio de Villa Crespo. Transmisión de [mi] deseo mediante, le resultó atractivo salir quizás a comprobar algunas de mis sugerencias, esto es, algunas de las exageraciones que le suelo atribuir a este barrio. 

El deseo es siempre algo exagerado, una exuberancia que se encuentra en una esquina cualquiera, la cual no será cualquier esquina. 

Psicoanálisis: encontrar, ser encontrado, y así sucesivamente, el deseo en cada esquina.


Adelanto de Psicoanálisis En Villa Crespo y otros ensayos (La Docta Ignorancia), de inminente aparición.



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Julián Ferreyra
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Vive y practica el psicoanálisis en Villa Crespo. Es Licenciado y Doctorando en psicología. También es docente en Salud Pública/Mental II (Psicología, UBA). Dirige el MultiEspacio Hacer-Clínica, y años atrás trabajó en distintas instancias de implementación de la Ley Nacional de Salud Mental. No usa polera pero estudió coctelería. Fanático de Elvis, Star Wars y del peronismo. Autor de #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos (La Docta Ignorancia, 2020).

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