las huellas del vacío /marcela fumale

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—Tranquila, lo que te pasa es normal, lo anormal era tanta seguridad que parecías sentir. No pasa nada. Me voy, así descansás, no podés seguir caminando por el departamento toda la noche —dijo mientras se vestía, sin alterar la voz en ningún sentido. Eso también me gustaba de ella, ese tono de voz inalterable, suave.

Nos habíamos conocido hacía apenas un año. En aquellos días la gran ciudad se me brindaba mansamente, demasiado quizás; eso permitió que me relacionara con más facilidad de lo esperado. Mis viajes en el Belgrano Norte, de Villa Adelina a Retiro, pasaron de ser un descubrimiento a ser una pequeña aventura y finalmente a convertirse en simple rutina. Auriculares, música y cuarenta y cinco minutos de reloj en los que me dejaba llevar, en el más literal de los sentidos, hasta mi trabajo.

Es más común de lo que muchos imaginan coincidir con varias personas en esos recorridos diarios. Mismas subidas, mismas bajadas, a las mismas horas. Así como los viajes iban acomodándose en mi vida, ella se iba convirtiendo en una conocida. Pasamos de una sonrisa, a un saludo, para terminar en charlas de cuarenta y cinco minutos, sin auriculares, pero con algo de ese dejarse llevar intacto.

Yo solo tenía para contar una vida sin mayores sobresaltos en un pequeño pueblo de la Patagonia, mandatos familiares sin cumplir, invenciones y reinvenciones; y apenas dos años de independencia luego de abandonar la casa de mis padres, nada demasiado atractivo. Ella no entendía cómo se puede vivir en un lugar así. No sé si le resultaba triste o simplemente inimaginable por esas fantasías suyas respecto de cualquier lugar que pudiera tener menos gente que un barrio del conurbano bonaerense.

El recorrido de rutina nos parecía cada vez más breve, entonces empezamos a encontrarnos para charlar y tomar una copa de vino o algunas cervezas en bares del centro.  No se necesita ninguna experiencia para descubrir el deseo en una mirada. Todos los ojos que desean miran igual. Eso lo supe desde el primer día, y me pareció un elogio.

Estás mirando demasiadas series, me dijo en un audio de whatsapp una amiga, cuando intenté contarle lo que estaba pasando. Nos reímos en muchos audios más. Guarda, ni la conocés, no seas loca, me tiró en medio de bromas de doble sentido y chistes de mal gusto sobre tijeras y tortas. No le di importancia.

—Me voy para que puedas descansar —fue lo último que me dijo, y se fue, sin importar que eran las cinco de la mañana, en pleno invierno. El Belgrano Norte ya estaba funcionando y eso me hacía sentir un poco  menos culpable.

Esa noche yo estaba espantosamente borracha, una borrachera de esas que una quiere olvidar. Y ella estaba ahí, como había estado durante todo ese año, esperando. Llegamos como pudimos hasta mi pequeño departamento, a las carcajadas y bailando en un intento de sensualidad que el alcohol es capaz de robarle a cualquiera.  Apenas entramos se me acercó decidida pero con esa lentitud que los humanos adoptamos para que el rechazo no nos deje tan expuestos, para ver venir la reacción del otro y salir airosos de cualquier indicio de dolor. No era el caso, no esa noche. Giré como pude sobre mis pies, la agarré y la llevé hacia mi cuarto, diciendo algo que ya no recuerdo y que creo ni siquiera se entendió.

—Ah, así, directo —dijo ella, y por supuesto eso se entendió perfectamente.

Besar en ese estado a una mujer o a un hombre no tiene ninguna diferencia, el sexo encierra un placer que cualquier cuerpo puede dar y recibir, y esa noche fue eso, besos y sexo mezclados con cierto aturdimiento premeditado.

Porque no es fácil asesinar los miedos y los tabúes, por mucha pasión que le metamos al veneno.

*Extracto del cuento Las huellas del vacío, cuento que forma parte de un libro de próxima publicación en 2022


Nació en Venado Tuerto, lugar en el que además creció rodeada de las novelas de su madre, los cómics de su padre, y un desaforado fanatismo por la lectura de todo lo que estuviera a su alcance. Es escritora. Coordina los talleres de escritura creativa Desde el Sótano desde el año 2012, antes de eso coordinó diversos talleres con el escritor Óscar Luviano, desde el año 2003 al año 2010. Ganó en el año 2009 el Premio Conabip con el proyecto Taller para Motivadores a la Lectura, que fue dictado en la Biblioteca Popular F. Ameghino. Militante política y cultural. Comunicadora social. Conductora del programa radial El Cíclope, emitido en los años 2017-2018-2019 por Radio Ciudad Venado Tuerto. Publicó relatos y poesías en revistas independientes de Argentina y México. En la actualidad trabaja en su primer libro de cuentos. Sueña mucho.



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