Hace
casi quince años escuché que “el psicoanálisis te toma o no te toma, no se
elige” y, en ese entonces, no le di ningún tipo de credibilidad. Me sonó
demasiado romántica esa frase. Sin embargo, hoy tiene otro carácter para mí.
Decididamente, el psicoanálisis me tomó, y es a ese algo del psicoanálisis, tal
vez algún rasgo, al que uno se engancha sin quererlo, sin anticiparlo y sin
prever sus consecuencias.
Hoy, a
diez años de ejercerlo y a quince de practicarlo como analizante, puedo pensar
que, si algo me atrapó, fue el hecho de que, tanto cuando uno se analiza como
cuando dirige un análisis, siempre existe la posibilidad de lo nuevo y de que
eso te sorprenda; casi que te agarre mal parado, porque lo que llega justamente
no es lo que se esperaba. Y creo que ese aspecto del psicoanálisis fue tanto lo
que me enganchó como lo que hoy, día a día, me reconcilia con su ejercicio: ser
testigo de la sorpresa del analizante cuando nos encontramos con algo que no
anticipábamos y que, al mismo tiempo, como una pieza extraña de un
rompecabezas, no sabemos dónde va a encastrarse pero tenemos la convicción de
que eso implica algo y no puede desconocerse.
Pero
nosotros somos testigos que no podemos testificar. Se nos comparte una
intimidad y forma parte del acuerdo que eso queda allí. Por supuesto, la
conversación con otros analistas, en lo que suele llamarse control o supervisión,
forma parte de cierta excepción a los fines de sostener el trabajo analítico.
Tuve
que realizar un trabajo enorme de des-aprehender lo que creía que era trabajar
como analista. Principalmente, entender que el paciente tendría que ser yo si
quisiera acompañar, como analista, a alguien en su análisis.
Recuerdo
con mucha vergüenza una situación en la que, al escuchar por tercera o cuarta
vez a alguien quejándose de lo que el otro le hacía, respondí, con la voz un
poco elevada e impaciente: “¿Hasta cuándo te vas a seguir haciendo eso?”. Una
respuesta desde la impaciencia y la impotencia. Esa frase fue expulsiva, porque
rechacé lo que se me estaba ofreciendo con una respuesta que apelaba, de la
manera más burda, al simple voluntarismo, ¡como si no hubiera inconsciente!
Apenas
terminó esa sesión supe que me había equivocado y que era muy probable que esa
persona no volviera. De hecho, así fue. No volví a verla y creo que fue la
mejor decisión que pudo haber tomado.
Uno
dispone el cuerpo al trabajo de análisis y eso implica a la transferencia, pero
también soportar el malestar del otro, bancarlo con el cuerpo. La paciencia no
es equivalente al silencio y mucho menos a la pasividad del analista. Ser
pacientes en los análisis que conducimos no excluye el hecho de que estamos ahí
para hacer trabajar y para trabajar también.
No soy
partidario de esas posturas que afirman que el inconsciente
interpreta solo, o que el analizante está ahí para trabajar,
porque suelen tergiversarse y excluir aquello que atañe como labor del
analista. En ese sentido, construir el dispositivo, explicitar y sostener las
reglas con las cuales funciona, interpretar, intervenir y manejarse con otros
tiempos… forma parte de lo que el analista no puede hacerse el sonso ni dar por
sentado.
No es
para nada sencillo ser paciente y bancar el malestar cuando el síntoma comienza
a funcionar dentro del análisis; quiero decir, cuando aquello que se dice del
malestar y del sufrimiento en relación con los otros adquiere estatuto de
realidad en la situación analítica.
Ante
esto, hay una coordenada de Freud que siempre me resultó ordenadora: a lo que
el paciente ofrece en análisis respecto de su sufrimiento no se lo acepta ni se
la rechaza, se lo interpreta. Como analistas, no aceptamos lo que la
transferencia nos otorga (porque consentimos a que se repita el sufrimiento) y
tampoco lo rechazamos porque ahí el análisis se vuelve imposible; pero sí se
lee y se interviene desde el lugar que la transferencia otorga. Dicho de otra
manera: no respondemos como el personaje de la novela familiar del paciente,
pero sí desde el lugar que ese personaje tiene en la novela familiar.
Hoy
tengo la dicha de que algunos colegas me convoquen para conversar sobre algunos
casos que dirigen, y, si hay algo que siempre señalo, es que no podemos
pretender que el análisis sea la excepción de cómo se trazan las relaciones de
nuestro paciente, y mucho menos podemos exigir algo así como condición para
recibir a alguien.
Hace
poquito me permití refrasear la enigmática frase sobre el
deseo del analista y la propongo así: nuestro deseo al
servicio del dispositivo analítico, a su sostén y funcionamiento. Porque, de la
misma manera en que hay sujeto siempre y cuando Otro le haya dirigido su
palabra y haya demandado hablar, solo habrá posibilidad de un análisis si quien
oficia de analista puede poner su interés en que alguien hable, en hacer hablar
y en hacerse hablar.
Un
analista demanda decir con su angustia, pero con la cara deseante de la
angustia que demanda decir en un analizante. Porque solo podrá haber análisis
si ambos se ensucian en esa chimenea.
Que
alguien hable de su angustia —porque nadie le habla a cualquiera de su
angustia— requiere que la angustia no esté solo del lado del paciente. Es
cierto que la angustia que el analista pone al servicio del dispositivo no es
la misma que convocamos del lado del analizante. Pero, para que un análisis
funcione, para que se movilice el dispositivo, ambos tienen que poner de sí.
Nadie
le habla a alguien a quien no se le puede suponer que su palabra tiene lugar.

Javier Del Ponte – Psicoanalista – Escritor -Docente UNR – Facultad de Psicología
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