
Abstract
Retomo una polémica en torno a El Archipiélago, el libro de Roberto Chuit Roganovich, para desplazar la discusión hacia una pregunta más amplia: qué hacemos con el ocio y qué entendemos hoy por lo político. A partir de la propuesta del autor de intervenir en prácticas cotidianas, como la cerámica o la costura, para construir comunidad, me pregunto si el ocio debe ser usado como herramienta política o si su potencia radica justamente en no ser instrumentalizado. Sin negar la importancia de los diagnósticos críticos sobre la precarización, la ansiedad o la crisis social, entiendo que pueden volverse un marco cerrado que limita otras preguntas, como la de cómo imaginar una buena vida en el presente. En ese sentido, las prácticas realizadas por placer, sin finalidad productiva ni comunicativa, hacen su aparición como espacios posibles de autonomía. El ocio sería político no cuando se lo utiliza para algo, sino cuando se sustrae a esa lógica. En ese resto no capturado, en ese hacer que no sirve para nada, se abre la posibilidad de otra relación con el deseo, el tiempo y la vida en común.
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Llegué tarde a este debate porque no uso X. No es que no use X para no perder el tiempo, porque igualmente me paso una considerable cantidad de minutos diarios scrolleando recetas de panqueques proteicos y solos de guitarra en Instagram, que no pedí pero que acepto, entre agradecida y resignada al mismo tiempo. Hay cierta ventaja en llegar tarde a una discusión porque no hay urgencia por pronunciarse, ni obligación de avivar ningún fuego, arengar posturas o agitar a nadie. Como cuando llegas tarde a un cumpleaños y te eximen de tener que saludar a todxs. No quiero retomar la polémica suscitada para posicionarme en contra o a favor de alguien o algo, sino como excusa para contar algo que me pasó cuando leí el libro. Y porque además me parece interesante hacer el ejercicio de reconstruir un lore por fuera de X, en otro tipo de ritmo (y sustancia).
Ya había leído el libro en cuestión: El archipiélago, de Roberto Chuit Roganovich, un ensayo publicado por El gato y la caja. Cuando supe de su existencia dije re, alguien nuevo escribiendo crítica contemporánea (mi género fav), estoy para esa. Abordé entusiasmada la lectura esperando ver qué marco teórico usaba para sustentar qué diagnósticos y detentar cuáles hipótesis, además de ver cómo organizaba lo que iba a presentar como prospectiva de futuro, o la imposibilidad de ella. Lo que pasó después fue que alguien escribió sobre el libro una crítica muy virulenta. Ensañada, mala leche. El tipo de tono que usa tu novix cuando mete disimuladamente un comentario hiriente en un reproche, o cuando saca algún trapito al sol con resentimiento, si me permiten la metáfora amoroso-vincular. Cosa que abre toda una discusión sobre qué es hacer crítica literaria o crítica de artes hoy y cuáles serían sus funciones; punta del iceberg por la que llegué al affair a fin de cuentas.
Sobre el debate que generó la crítica virulenta no sé mucho, pero de lejos se vió como un varón queriendo medirse con otro. Siempre voy a celebrar la proliferación de críticas, pero algo que aprendí cuando estudiaba bellas artes es que forma y contenido son la misma cosa. La crítica en cuestión, por más que ponzoñosa, es un repaso bastante atento y riguroso por los diferentes núcleos argumentales del libro. Entre las cosas a las que les pega, aparece algo que a mí me había sorprendido para bien cuando lo leí: la mención a la costura y la cerámica.
El autor de El Archipiélago entiende que habría que ser igual de pillos que la derecha libertaria a la hora de abrir nuevos imaginarios, y propone prestar atención a ciertas prácticas donde las personas se mueven por deseo, para ver si hay algo ahí que nos pueda servir para reconstruir nociones de comunidad o armar algún tipo de contrahegemonía (al decir de Nancy Fraser). Algo así como asumir que nos dormimos y no vimos a tiempo cómo esas ideas captaron la atención de mucha gente, sobre todo jóvenes, e intentar ir a buscarlos ahí donde están. En ese sentido, propone “construir y captar públicos todavía no explorados por la derecha alternativa: la cultura canábica, la cultura DIY, el universo de las fan-fictions, los juegos de mesa o tabletop games, el gaming de consolas y PC, las diversas formas de «army» de la cultura pop contemporánea […], el skating, el rolling, el mundo de la costura y la cerámica, el mundo del fútbol y los deportes, el mundo del cómic y el manga, el universo literario épico-maravilloso, los universos cinematográficos serializados, etcétera”. La crítica también cita este fragmento para bullinear la propuesta, señalando que esas actividades no pueden considerarse políticas, y que el taller de cerámica no es resistencia a nada, y que en todo caso es deseable que así sea. En este punto coincido con el crítico en la no instrumentalización del ocio, pero por razones diferentes.
Más que la conocida imposibilidad de pensar el futuro, me desvela la dificultad de producir imágenes de una buena vida ahora, acá, porque creo que son las que necesitamos con más urgencia (supongo que por deformación profesional, tiendo a llevar todas las disputas al plano estético). Hacerse la pregunta por la buena vida implica definir qué sería ésta para cada unx de nosotrxs, idear y diseñar nuestros propios parámetros de éxito, de realización, de felicidad, de comunidad. Una pregunta personal que permitiría articularnos soberana y colectivamente, y justamente estas son dos cosas que también son criticadas en el texto de Dólar Barato: la idea de la individualidad y la de la soberanía cognitiva.
Todo bien con la diagnosticación segmentada del malestar: la explotación sistémica, la precarización estructural, la uberización endémica, la ansiedad y la depresión crónicas, el burnout cognitivo, la crisis de la reproducción social. Este tipo de lecturas en clave realismo capitalista son esenciales para pensar los problemas materiales y los desajustes afectivos individuales y comunes. Pero empiezo a reconocer que incluso siendo herramientas críticas poderosas, si no van acompañadas de algún otro tipo de proyecto, pueden cercenar la capacidad de hacernos otras preguntas, como la de cómo sería hoy una buena vida. Este tipo de ideas corre el riesgo de convivir demasiado bien con las pasiones tristes y convertirse en una zona de confort. El marco teórico que nos confirma que nuestro malestar es real, y que todo se está yendo efectivamente a la mierda, puede operar como lugar cómodo, incluso como un espacio de encuentro con otrxs (de hecho es sobre esa autopista del desasosiego por donde circula y se viraliza el cinismo humorístico de los memes). Y es ahí donde la pregunta por la buena vida, por cómo querríamos vivir y qué quisiéramos construir, empieza a volverse necesaria, para evitar demorarnos mucho tiempo en la inmovilidad cómoda de la parálisis.
Hacerse esta pregunta, intuyo, podría tener que ver con una dimensión más práctica o una apuesta más performativa de salir al encuentro con lo que nos gusta y nos proporciona algún tipo de goce. El trabajo artesanal, por ejemplo, propone una recompensa (inmaterial, intangible) por el trabajo bien hecho, y este trabajo bien hecho es subjetivo y diferente para cada persona. Acá también habría un rastro de soberanía en la decisión de qué me gusta y qué me parece bien hecho.
Coincido con el crítico que es deseable que el ocio no sea político pero preferiría decir, que no sea politizado, porque sí siento que el ocio es político. En toda actividad que se hace únicamente por placer se milita algo y la condición para esa militancia es justamente la no instrumentación de esa actividad. El taller de cerámica puede ser una resistencia. Como así también puede ser consumo, plan, algo para hacer y para mostrar: contenido posible (porque hasta la taza que te sale mal puede volverse viral en Tik Tok con el audio de la puta madre que los parió). Pero mientras que en la militancia partidaria hay que comunicar y mostrar, la del propio deseo es por definición, más silenciosa e individual. Aprender una técnica artesanal o hacer cualquier tipo de arte implica un compromiso individual con la práctica, algo que hay que animarse a asumir, y con lo que a unx le interesa de verdad, que en el mejor de los casos, es de unx y no es introyectado.
Para la pregunta sobre cómo podemos trabajar en la expansión de nuestras pasiones y principios políticos, Chuit Roganovich propone “habitar tácticamente el ocio”. El ocio se vuelve político cuando no se habita más que del placer de estar haciendo la cosa, cuando no se le adosa ninguna otra función más que el disfrute. Aprender a tocar un instrumento, hacerte tu propia vajilla de gres, tejerte un chaleco celeste con nubecitas. Cosas que llevan tiempo y para las cuales hay que perseverar para ver avances o resultados. Invadir y ocupar políticamente el ocio, pero sin perder su esencialidad lúdica, como propone Chuit Roganovich, me parece una contradicción en sí misma. Pensar cómo promover y alentar que las personas hagamos cosas que nos conecten con el disfrute, que nos corran de la apatía, la impotencia y la depresión es una tarea coyuntural. Pero el desafío estaría en lograr que esas conexiones con el disfrute no sean capturadas, no solo por la lógica del capital, sino por ninguna lógica, para que permanezcan como terrenos de soberanía y autonomía. La crítica dice que el ocio no es político porque no sirve, no transforma, no incide. Hay algo en la necesidad de declarar que el ocio no es político que dice más sobre cómo entendemos la política que sobre el ocio mismo. Tal vez ser pillos tenga que ver con encontrar formas de entender lo político de forma diferente, buscando maneras de leer políticamente aquello que no produce, no demuestra, no denota identidad o poder. El ocio no debería instrumentalizarse, y quizás ahí radique su potencia política.

Julieta Rosell. Nació en Venado Tuerto en 1988. Es artista visual devenida escritora. Escribe sobre arte, internet y cultura contemporánea. Investiga sobre la potencia de los procesos artísticos y el rechazo al trabajo. Toca la guitarra en una banda de cumbia.

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