soldado fogwill, traidor a la patria / tomás vaneskeheian

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El gran libro argentino sobre Malvinas no existe. 

Abordado durante más de cuarenta años desde distintas perspectivas y contrastes, las expresiones de nuestra narrativa ficcional —en la mayoría de los casos— no se ha distanciado mucho de las narrativas argentinas que viven en el común de la sociedad y que asignan a la guerra y a sus combatientes un papel no del todo resuelto, que aún perdura por su fondo innombrable.

Las complejidades de narrar una guerra pueden ser casi infinitas, pero la incompetencia de no asumir una franca narración que la reponga puede llevar a un espiral de consecuencias. En Argentina se optó por el silencio, y así los conminó el Estado represor argentino a los excombatientes —recién vueltos— a firmar un documento que les prohibía prestar testimonio, infligiendo en ellos no sólo la omisión de la experiencia sino la presunta vergüenza que en muchos casos maduró en estigma (el caso es sabido: el prototipo de “loco de la guerra” al que mejor ignorar, no dar trabajo). Altísimo número de suicidios de ex combatientes también sucedieron del lado inglés, pero en la Argentina ese estigma caló más hondo en el conjunto de la sociedad por nunca ser animada a articular sentidos sobre su derrota. El número habla por sí sólo: los ex combatientes muertos por depresión y mano propia incluso superan en pocos años a los caídos en las mismas islas, y la elocuencia de este dato debería sacudir la displicencia de cualquier persona atenta a las narrativas —sean ficción o realidad, ambas repuestas por el mismo signo— ya que, por fenómeno sociológico, podríamos muy bien asumir que a más de un excombatiente de nuestra Patria le faltó una narrativa potente que lo sostenga, su historia de vida en muchos casos fue quebrada por las memorias no resueltas y por, también, las exigencias diarias de un país que poco ayuda.

Y las complejidades de narrar Malvinas han sido especialmente espinosas, ya que la acción de guerra se valió de un principio de legitima soberanía, pero con la finalidad de exaltar la adhesión a un gobierno criminal e ilegítimo. Sin dudas que esta especulación política, por parte de un gobierno injusto que proclama una causa justa, complejiza la trama subyacente de la guerra e impide que su sentido sea pleno, se desarrolle en una narrativa lineal. ¿Convenía, en realidad, ganar Malvinas? es una pregunta que amerita ciertos bemoles. El problema es que este desorden de tipo político ha arrastrado el acallamiento de ciertas historias que habitan en la sociedad, y que la literatura argentina, inevitablemente satelital, no protagonista del hecho bélico en sí, no ha sabido articular; en cambio nuestras letras se han dispersado en una variedad de voces y registros que no han ayudado —incluso han perjudicado— este nudo incómodo que aún sobrevive en la hoja de vida de varios combatientes como un tajo radioactivo, una herida malsana. 

Por parte de la oficialidad, nunca se pudo esperar sino lo peor: la instigación a la guerra como último recurso de legitimación de un gobierno represor, la crónica desinformadora de noticieros y revistas, la falta de apoyo en logística y víveres, la posterior vergüenza de micros vueltos con cortinas cerradas, la tan significativa cláusula de silencio. En otro típico procedimiento del terror, se conminó a los combatientes a hacer de cuenta que nada había pasado, y la gran mayoría de la sociedad —la cual ya era víctima del terror del gobierno y su método de silencio— no se preguntó si el tren de la noche acaso volvía con gente falta de contención e historias no resueltas.

Y ha sido esta omisión forzosa la que ha exacerbado el trauma de la experiencia bélica en cada excombatiente. A la difícil condición de haber combatido, se le sumó la estigmatización y el silencio como óbices para la superación del trauma, y es sabido que el trauma sólo se supera —al menos en una primera instancia— con palabras; es decir, narrándolo, ya que un hecho traumático es aquel que quiebra la contención de nuestra conciencia, la instancia en que la violencia de la experiencia golpea más allá de nuestras maneras de asirlo, de preverlo, de consignarlo mediante un signo que, después de todo, lo delimite, lo explique, dosifique su potencia aterradora para al fin inmunizarse. Pero en la posguerra argentina sucedió todo lo contrario; el juicio a las juntas galvanizó el horror del terrorismo de Estado y le dio palabra a sus víctimas, pero el ex combatiente no tuvo su gran juicio, su narrativa personal nunca fue inaugurada mediante ningún dispositivo ritualístico de gran alcance que la robusteciese, la sanase simbólicamente, la legitimase frente al conjunto de la sociedad, que le brindase un signo sólido con el cual nombrarse a sí misma sin balbuceos o culpas. 

En cambio, a la narrativa no nata del excombatiente —y su trauma no articulado— se le adelantaron rápidamente dos elaboraciones de reflejo previsor. La primera y más oficial, también valida del artificio literario, fue la figura de chico de la guerra y la construcción políticamente interesada del ex conscripto como víctima plena, un sujeto que ni siquiera completa la investidura del soldado. La segunda, flamante en su apuesta ficcional, ha sido la novela Los Pichy-cyegos de Rodolfo Fogwill, primera publicación mainstream del autor bajo el sello Ediciones de la Flor. Ambos de 1983, el libro de Daniel Kon resulta sin duda una serie periodística testimonial con un recorte bien pautado —hasta de cierta especulación política— donde se muestra al soldado argentino sólo a través del testimonio de “los bisoños conscriptos de 18 o 19 años”, de la que se desprende la figura del soldado argentino casi huérfano, desamparado en su ingenuidad frente al estruendo del primer cañón inglés (esta representación se volvió más famosa por ser llevada al cine al año siguiente). 

El libro de Fogwill, en cambio, es una elaboración puramente ficcional, y con su desvío histórico inaugura una suerte de línea narrativa sobre un eje temático (hasta un universo) conformado por las islas. En primer lugar, la relevancia de Pichiciegos reside en su condición de especulación política: en una jugada audaz, el autor de Muchacha punk lee los hechos del presente —la inminente guerra del sur— bajo la brújula de lo posible, y así se dispone a escribir un libro del futuro, como si la conmoción de un país en guerra lo revitalizase o al menos no lo dejase igual de perplejo que sus contemporáneos. Pero es difícil no tomar a su apurada escritura —la misión política y literariamente lúcida de terminar el libro antes de que terminase la guerra, antes de que alumbren sentido sus testimonios…— como una fría especulación frente a los terribles hechos posteriores. Evidentemente el autor supo leer una línea narrativo-cultural a futuro: una guerra significaría un suceso, ese suceso sería un trauma, y ese trauma necesitaría la subsanación de una correspondiente épica, es decir, una narración, una historia que repusiese sus hechos extremos y sin sentido. Pero su apuesta no fue sólo temporal sino política, y no la ubicó a gran escala sino encarnada por los mismos soldados de a pie. Su épica, entonces, fue una antiépica, y por ende, sus combatientes, fueron desertores. 

La historia es ya conocida: un grupo de hombres, en obvia imposibilidad de escapar de la isla, cavan, cual armadillos pampeanos, su propio refugio subterráneo. Sin embargo, de su resumen se suele omitir un dato no menor por su gravedad ética y por su misma inconsistencia histórica: los pichiciegos, amparados bajo tierra, sobreviven gracias a las provisiones dispuestas por el ejército inglés… pero sólo a costa de filtrar información sobre posiciones y armamento del ejército propio, es decir, una delación encubierta de sus mismas tropas. Esto genera un cortocircuito muy significativo al nivel de la narrativa cultural sobre Malvinas, ya que, por un lado, se suele ponderar la inteligencia macrohistórica con la que Fogwill ha tensado las nociones de una guerra innecesaria —incluso antes de que la misma guerra terminase— pero su costado amargo —y tantas veces omitido en análisis— es que en pos de una visión ideológica sobre la guerra como totalidad conceptual sacrifica injustamente la figura del combatiente de a pie, deshonra su tremenda valía histórica como ejemplo de voluntad combativa (ya que han sido muchísimos más los casos de soldados que, a pesar de todas las injusticias, combatieron). La especulación editorial del autor por anticipar el mundo del futuro dejó sembrada, sin embargo, una mala semilla de tradición literaria argentina, funcionando como el primer aval para ejercicios literarios e imaginativos que, a lo largo de las décadas, flaco favor le han hecho a la narrativa personal del ex combatiente real, ya de por sí enterrada bajo cualquier consenso. 

Lo acepto, es también entendible la objeción: ni míster Fogwill ni ningún hacedor de ficciones argentinas carga con la obligación moral de subsanar heridas culturales abiertas por la sociedad y su política, ya que la literatura, como cualquier disciplina artística, es amoral, y su potencia estética no proviene de disposiciones éticas. Por eso este libro inaugural, como tantos otros en el camino, no deben sufrir ningún tipo de censura, pero sí el rigor de la crítica a la hora de ser ponderados como altos dispositivos de reflexión cultural (una camiseta que a nuestros libros tantas veces le ha quedado tan grande). 

Y este ha sido un desafío que en general la ficción no ha sabido representar; es decir, su confusión pudo haber sido fértil en argumentos, pero ha quedado siempre mal parada en la tensión del remolino de una guerra in/conveniente. Otras guerras parecen más justas o al menos mejor resueltas a nivel narrativo: ¿quién imaginaría acaso una novela sobre los granaderos sublevados frente a la locura de cruzar los Andes? Sin embargo, ¿las batallas de Malvinas no existieron? ¿guardan menos mérito —en términos históricos y ficcionales— las batallas de Monte Longdon o Dos hermanas por haber sido perdidas? ¿acaso los vuelos rasantes de un par de aviones argentinos bajo radar contra toda una flota inglesa no reavivan un arco casi épico? Bajo esta luz, el aporte cultural de la literatura se vuelve más incómodo que las mismas contradicciones políticas; cabe figurarse —incluso como artificio literario— la amarga escena de un ex combatiente, tambaleante aún en la posguerra, aprontándose de pronto a leer una novela donde lo pintan de traidor, de armadillo escondido bajo tierra. 

Entonces comienza a notarse la superposición de ambas narrativas: la concepción ideológica —usualmente progresista— de completa reprobación hacia todas las circunstancias de la guerra ha colisionado durante décadas contra el ejemplo tan ponderable —y narrativamente fértil— del excombatiente común, en su mayoría conscripto.

Esto se debe en parte a una mala lectura histórica sobre la figura del combatiente o, en el peor de los casos, a un mero ardid ideológicamente interesado. Esta lectura errática se origina en la tipificación del combatiente como una víctima plena, es decir, cuya condición de sujeto violentado —al ser llevado a la guerra y puesto a luchar— define por completo su identidad. Claro que esto puede resultar una categoría de núcleo subjetivo según cada quién, pero la realidad de innumerables testimonios marca en su mayoría lo contrario: el excombatiente, incluso el conscripto más desarmado, ha sido por lo general un sujeto que, a pesar de las injusticias, a pesar de los miedos, a pesar de la muerte tan viva, luchó. Y son muy significativos los casos de combatientes que, aún con su futuro trauma a cuestas, combatieron hasta el final de sus capacidades, por lo que la figura de un simple chico de la guerra resulta un recorte arbitrario, omite la muy necesaria valoración de ese soldado como un sujeto combativo en lugar de una mera víctima indefensa. Claro que esta discusión debe ser dada con todos los recaudos correspondientes, pero tampoco se debe permitir que el ejemplo de innumerables hombres desinteresados se caricaturice con la indefensión total. Y esto, simplemente, por ser una falta a la verdad histórica; si todos los conscriptos se hubiesen asumido como víctimas, no hubiesen existido las luchas en las islas. Esta figura de sujeto combativo, entonces, no niega la necesidad de una correspondiente contención de posguerra, no niega el dolor y la experiencia extrema del combate que borra las palabras, sino que la amplía para su mejor superación, la completa en su complejidad de excombatiente, la ciñe a un signo más amplio que propicie su autonarrativa.

Las descompensaciones tan extremas en la tensa línea narrativa de las últimas cuatro décadas son elocuentes: en pocos años aquel pobre chico de la guerra pasó a ser erigido en veterano héroe de guerra, sin quizás advertir que la mejor síntesis de tan compleja identidad podría ubicarse en un término medio (siempre permitiendo que cada ex soldado se identifique, a fin de cuentas, como pueda). Hay que comprender que las más grandes voluntades combativas, los ejemplos más valerosos y solidarios de las luchas de nuestros soldados en las islas, han sido sistemáticamente recortados por la visión oficial de la narrativa que encolumna el sentido común del relato malvinense en la sociedad: la figura de la pobre víctima ha sido corrida de la gran historia a las pequeñas historias de infinidad de tropas de monte, de artilleros que cañonearon todo lo que tenían, de pilotos cuyas proezas modificaron parte de las tácticas del combate aéreo, de enfermeras de buques hospitales, de soldados que a fin de cuenta lucharon con buenas intenciones hechas de los colores de la bandera o de al menos ayudar a un compañero. ¿Dónde quedaron representadas todas esas emocionantes actitudes que también formaron parte de esta guerra inoportuna? ¿No es mediante el artificio narrativo que aquel esfuerzo argentino debe ser representado, si quiera con fines de propaganda nacionalista? ¿No servirían semejantes esfuerzos de lucha y unidad en momentos de descomposición social como el de hoy? ¿Cómo respondió la literatura a ese recorte arbitrario, que sólo dejaba el lamento y la indefensión funcionales al silencio acrecentador de la herida? 

Quizás sí haya existido una épica malvinera, y esa épica, hecha de barro y silencio de angustia, de tan pequeña resultó invisible frente a los grandes moldes conceptuales que contuvieron la experiencia de la guerra como un todo modelable. Quizás exista en esta causa un provecho nacional para la angustia de un país actualmente diezmado. Quizás ya no se necesite valerse de la guerra como un insumo de especulaciones literarias para explicar desde afuera “la experiencia de lo inexplicable”. Quizás sólo haya que escuchar pacientemente el relato personal de cada ex soldado. Quién sabe, quizás, podría haber una buena historia…

Tomás Vaneskeheian (@tomasvanes en tuiter) es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por UBA



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Una respuesta

  1. Marcelo
    | Responder

    Muy buen texto, Tomás!

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