UN CAZADOR DE LADRONES

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“Por la noche, salen todos los animales.
Putas, pordioseros, sodomitas, travestidos, maricones, drogadictos,
toxicómanos. Todo es asqueroso y venal. Algún día,
una lluvia de verdad se llevará toda esta basura de las calles”.
Taxi Driver, 1976. 

“Veo a estos dos pibitos y me dieron ganas de zapatearles en la cabeza. Ojalá mañana esté arriba de un camión así los paso por encima”. Al caminar en dirección al taxi no puedo dejar de recordar su voz en una entrevista radial. El tono envalentonado junto al arrastre de las primeras sílabas lo hace un cordobés inconfundible.  

–¿Qué haces papucho? Un gustazo. ¿Adónde vamos?

 –Zárate y Monseñor Pablo Cabrera.

Canta Sabroso y la música se mezcla con los viajes que envía la central. El griterío de calles y esquinas de trabajo que despide la radio muestra una ciudad que, aunque es jueves y hace frío, está caldeada. Todo soberano tiene su trono. En la butaca de su taxi el Oreja es el rey: amo y señor de la noche. Vidrio abierto y cigarrillo en mano. Sobre los hombros pesados, una pelada hace juego con la cabina encerada de su auto. Me siento a su lado y pregunto trivialidades: laburo, rutina y clientes.

Viajar hasta barrio Zumarán acompañado del tipo que persiguió a dos ladrones para luego tirarles el auto encima, bajarse, arremangarse y ponerse en acción junto a los vecinos, me generaba ansiedad. No era preocupación, pero bajo la mirada de él me sentía diminuto. Quería entender algo de esa noche, de la sustancia con la que están hechas las motivaciones y de la experiencia que solo es posible narrar allí, cerca de la muerte. ¿Qué impulsa a dar el primer golpe, el segundo, el tercero y luego golpear hasta que los músculos se vuelven amoratados? El hálito que emanan al hacerlo ¿es de desprecio, venganza o mero de placer?

El Oreja hace turnos de ocho horas. Es de noche y aún no completa la media jornada. Parece cansado aunque dice sobrellevarla bien. Su pasado lo hace inmune a los inconvenientes del asfalto: el tráfico, cortes y protestas, duros y borrachos y algún que otro atrevido. Lo que molesta, dice, es el dolor de riñones que se intensifica con el derrotero de las horas en viaje. Continúa sobre ruedas, se comunica revoleando las manos por toda la cabina, mientras aclara que tiene más historias que frenadas.

–Yo era camionero y hace cuatro años me tumbé cerca de Bahía Blanca. ¿Médanos era? Sí, Médanos, era. Había cargado manzanas en Rio Negro. Y bueno, así fue. Me tumbé. Me comí una rotonda. Traía el camión con 24.000 kilos de manzanas. En la mitad de la curva hizo uaaaaaaaauuunnnn –el Oreja teatraliza un derrape, acompaña con fuerza las manos al volante deslizándose dentro del auto–, di dos o tres sapitos en el piso y ahí quedé. Y no me golpee ni un pelo, ¿eh? Bueno… más o menos. 

El accidente lo dejó rengo, un agujero de piel flácida se abre en la parte derecha de su cadera.

 –Fue a propósito. El dueño me basureaba. En aquel tiempo hacíamos flete con cargo y el chofer cobraba $1.500. ¡Este culeado pagaba $900, $800! – suena el teléfono, el Oreja da indicaciones de dónde está, adónde va y el tiempo para llegar. 

 –¿Tenés que hacer otro viaje?

–No, tengo que buscar una trola, pero no sé. La noche da para cualquier cosa.

***

Zumarán es un barrio pequeño ubicado al noroeste de la ciudad de Córdoba. Dos avenidas ciñen el territorio: Pablo Monseñor Cabrera y Los Granaderos. Del otro lado, barrio Marqués de Sobremonte y Marqués Anexo. En Zumarán, las personas se presentan como una comunidad trabajadora de clase media. Más allá, en Marqués Anexo, el lugar es humilde, se lo recuerda como el territorio que eligió alguna vez el presidente Macri para inaugurar un parque educativo al grito de “sí se puede” y exclamar que allí “se va a construir futuro”. El maniqueo nosotros/otros, pinta de colores una ciudad que disimula sus prejuicios en la voluntad de trabajo, en el estatus que da el consumo y en la ilusión de que el esfuerzo siempre, siempre recompensa.

Aquella noche de septiembre del 2016 los sonidos del barrio no eran los de siempre. El Oreja subió en su taxi a un señor acompañado de su hijito. Bajada la bandera y recorridas algunas cuadras, el hombre señaló eufórico: “¡Pará! ¡Pará! ¡Pará!”. Pablo Pérez y José Bruno (nombres ficticios) asaltaban a una pareja, apretando un destornillador sobre el cuerpo frío de una mujer. A los bocinazos comenzó la persecución de la motocicleta. El Oreja aceleró con la bravura de un bisonte y posó sus ojos en la única luz rojiza que le sacaba metros de distancia.      

–¿Querés que te muestre el recorrido, amiguito?

Digo que sí. El Oreja avanza y al narrar el tiempo vuelve a suceder. Si la memoria es una práctica moral no dejo de preguntarme cuántas veces habrá contado esta historia para recordar y organizar el olvido.    

–Todo empezó cuando veo a la chica en el piso, una criatura. A mí me dio asco, odio, ver cómo le estaban pegando. Porque era un tipo. Vos vieras cómo le estaba pegando, ¡como si fuera un tipo! Y ahí ellos me ven, saltan en la moto y se rajan. Saqué a la mierda el GNC y los entré a correr –el Oreja cambia la perilla mientras la inyección de nafta baña el motor–. Yo siempre digo: “aprieto turbo y vamos”. Amo esta profesión, tengo el auto impecable. Fijate bien, tiene… 412.000 kilómetros y es 2012.

–¿Es tuyo? 

–No, no, no, soy chofer. Yo lo que no quería era romper el auto ni rayarlo, ¡nada! ¿Qué hago? Los voy encerrando y digo: “cuando se caigan, ¡los mato a palos!”. ¿Qué pasa? No se caen. Me esquivaron setenta árboles y seis canastos de basura. Doblan y yo doblo. Los tipos se paran y me dicen: “rajá a la bosta, culeado”. –el Oreja simula un arma con la mano por debajo de su camisa. 

–¿Y los pasajeros?

–Estaban atrás, recagadazos. El papá del hijito me dijo: “¡Uhh chofer, cuidado, tienen un fierro!”. Y obviamente no tenían nada, si tuviesen un fierro, por lo menos un cuetazo al aire deberían haber tirado. Los tipos estaban parados, entonces yo me bajé para hacerlos cagar ahí, arriba de la moto. La cosa es que se las pican de nuevo, hago reversa y los entro a perseguir. Venía a fondo, endiabladazo. La cuestión es que ellos doblan en Magallanes, y yo ponele… habré venido a 70, 80, me abrí y doblé como venía. Como me habían sacado un poco más de una cuadra, ellos quieren girar en “U” para que yo me coma el amague y pase de largo. ¿Qué? ¡Salvaje me puse! cuando veo eso pegué el volantazo. ¡Al medio los agarré! –su mano se cierra en forma de puño, al igual que sus ojos, frunce el rostro, mientras una risa de campeón transforma su cara–. Vos imagínate, habrán volado dos metros. ¡Los reventé! El auto quedó cruzado. Yo me bajé, y cuando me bajé… se armó.

***

Oscar también es taxista. Vive con su mujer en ampliación de Residencial América, un barrio alejado del centro cordobés. Llegó al taxi luego de que lo maltrataran en una fábrica autopartista. Tras 23 años al volante se inyecta insulina, está falto de un riñón y un tic nervioso le camina la cara.  

–Asaltarme, asaltarme (puntualiza y estira la segunda “a”) no me pasó. Ahora que he tenido intentos de asaltos, sí. Lo que pasa es que por más que vos tomés todas las precauciones en un segundo te descuidás y fuiste. Como a cualquier cazador que se le escapa una liebre, ¿viste?  Pero eso de la chica, no. A mí nunca me tocó ver en la calle a alguien que está siendo robado.

En medio de la conversación, su esposa Gabriela deja el lampazo con el que lustra el piso y se sienta junto a nosotros.

 –Yo me considero un buen tachero. En la empresa trabajamos con uniforme, yo nunca salgo sin mi camisa blanca. Gracias a dios, con éstas manos ella lava todos los días –Oscar mira a Gabriela y le agarra con cariño–. Vos me vas a cruzar cien veces y las cien veces con camisa blanca. Pero en esa situación de los choros no sé qué hago. O sea, sí, reacciono, pero no sé si los atropellaría con el auto. No digo que no, no digo que no los paso por arriba, te digo que no sé.

Gabriela sabe que el grabador está encendido. 

–Yo sí lo hago –afirma señalándose el pecho mientras simula que toma el volante con fuerza –Yo sí lo hago.

De inmediato Oscar se levanta y regresa con un bate de madera.

–Yo hace muchos años me encontré este palo con el que los camioneros controlan las gomas. Siempre digo de cargarlo en el taxi, siempre. Pero también digo: “no va a ser que un día yo me desgracie, me levante mal, me cruce con uno y porque me tocó el auto, porque me puteó o no sé qué y me la mando”. Por eso nunca lo llevo – al hablar, Oscar pasa sus manos por el lomo del bate, va y viene acariciando las vetas de madera–. A lo mejor por meterle un palo a uno vas preso vos y el otro a la media hora sale del hospital. Te podés desgraciar. Como te digo, no sé cómo voy a reaccionar en el momento, a lo mejor le meto un palazo a uno que me quiere robar, pero ¿si me levanté cruzado y agarro a uno que solo me rompió el espejo?

***

El evento de barrio Zumarán se replica en redes sociales con las mismas formas maniqueas que le dieron origen: “nosotros” “ellos”, “normales” “enfermos”, “vecinos laburantes” “pibes choros”. El zócalo de Tv. de un canal cordobés titula: “En defensa del vecino – Lincharon a dos motochoros”. En minutos parte de la ciudad sentencia: “dos negros menos”. El linchamiento es una máquina. Funciona en una trama que se gesta entre el poder político y el control del territorio. Un artefacto que despliega toda producción de desemejanza: una rata, un choro, un negro delincuente. Jamás un ciudadano, mucho menos vecino. No importa quiénes sean, la paliza borra toda particularidad. Antes, el miedo hizo la tarea, fueron tallados por el mismo cincel, son todos iguales, son todos peligrosos. Se endosa la etiqueta a fuerza de golpes, una reducción brutal de la persona, mientras se enaltece la propia cultura del trabajo. “Yo me rompí el culo. Que se la aguante y si no que salga a laburar”.

***

A Nino le quedan dos años arriba del taxi. Después de los 70 no renuevan carnet. Recibió el auto y chapa de su papá, lo agarró para bancarse los berretines de un pibe de 18 o 20 años, pero las cosas cambiaron.

–Llegó la colimba, el servicio militar, fue justo en julio del 74, cuando murió Perón. Al salir tomé el taxi en serio. Luego entré en una fábrica, pero me aburrí y dejé, soy un tipo que le gusta andar, me quiero mover, además la independencia de no cumplir horario. Creo que lo peor fue la dictadura, la pasamos muy mal. Esos fueron mis primeros años arriba del taxi. Yo no fui desaparecido porque no había lugar en la D2. A mí me encaró un falcón verde solo para molestarme, me pararon y llevaron a la Central, pero ni los milicos ni la policía tenían lugar para alojarme. “¿Qué es lo que hice yo? Oficial”. “A mí me dicen el Nene Malo, arrodíllese”. Tuve que besarle los pies para que me liberaran. Desde ese día los odio.

40 años ininterrumpidos. Para Nino ser tachero es lindo y feo, dependiendo de cómo se enganche el laburo. “El clima, la guita y la gente”, eso repite, de eso dice que depende. No le gustan los problemas ni que le hablen de política. No toma una posición fija en la ciudad, no tiene puntos de referencia marcados, ni forma parte del chanchullo con el que se maneja el servicio de taxis del aeropuerto. “Yo camino la ciudad, buscando clientes los encontrás, siempre, pero bueno… así he tenido varios asaltos también”. 

–La última que fue como cuatro años atrás, una mujer con sus tres hijos. Ella dijo que buscábamos a su mamá en barrio comercial y la llevábamos a la terminal. Entré a una parte que es una villa y fui, la mujer me puso el cuchillo en la garganta y se llevaron lo que tenía. Así varias. Una acá cerca, en las Quintas de Arguello, dos chicos me tomaron el último viaje, dijeron que eran diez cuadras, pero no fueron diez cuadras. Ahí hubo pistolas, me ataron las manos, me cachetearon, me sacaron la plata, zapatillas, buzo, pantalones, quedé literalmente en pelotas. También fui en cana dos veces, cuando se subieron unas travestis que escapaban de la policía, y con el robo de unas gitanas que se chorearon joyas, anillos, cadenas…

–Y vos ¿cómo reaccionas en esos momentos?   

–Trato de hablar, no de defenderme, yo hablo. Vos me contás de ese tachero que le tiró el auto encima a dos ladrones. Eso es una reacción propia. Podes pisarlos o no, podes actuar o hacerte el indiferente. A mí me pasó una vez que me robó un tipo, bueno no pudo robarme, venía de una joda, estaba muy chupado, me apretó el cuello para sacarme la plata. Yo dije: “este no tiene fuerza, no puede”. Lo encaré y le gané la pulseada. La cosa es que se bajó, salió corriendo y tuve el impulso de pisarlo, porque venía corriendo en medio de la calle y lo podría haber pisado, lo podría haber reventado. Lo pensé dos veces y al final dije: “¿por qué lo voy a matar?”. 

***

Una serie de funcionarios de gobierno se pronunció al respecto del caso en barrio Zumarán. Marcelo Fenoll, representante del Ministerio Público y fiscal encargado de instruir la causa judicial afirmó: “hay varios procesos iniciados en contra de estos sujetos, que permite decir que no es aventurado afirmar que hacían del delito su forma de vida”. El Ministro de Justicia y Derechos Humanos, por aquel entonces, Luis Angulo, fue tenaz en su parecer: “no podemos retroceder a la época de las cavernas, a la etapa de la barbarie”. Algunos escalones por debajo en responsabilidad, la presidenta del centro vecinal del barrio dirigió un documento al Gobernador de la provincia: 

“Me dirijo a Ud. tras los graves acontecimientos que hemos vivido en nuestro barrio, somos una comunidad trabajadora de clase media baja en su mayoría. (…) Le solicito una audiencia para poder dar una solución a esta grave situación que padecemos, no queremos un enfrentamiento entre vecinos y delincuentes. Es su obligación dar una respuesta que nos tranquilice. Porque rechazamos enfáticamente el buscar por mano propia justicia, pero sí entendemos el desborde que se produce ante tanta falta de indefensión en que nos encontramos”.

Algo está claro. Ni la media hora de asco del Oreja, ni el desborde que manifiesta la presidente vecinal o de los vecinos permite comprender a fondo el caso de aquella noche de septiembre. El desprecio y el miedo son emociones de carácter históricos, introyectados con una alta intensidad emotiva. Pero hay más, el contrato social es al mismo tiempo un contrato de género: se protege el barrio a condición de proteger una mujer. Quizás tenga menos sentido preguntarse cómo estás prácticas son cada vez más frecuentes, sino por qué se presentan como merecidas y ampliamente deseables.

Ahora bien, ¿cualquier persona puede ser linchada? El fenómeno se derrama ante un otro que vale poco menos que nada, un otro animalizado o de contornos extraños que –como alguna vez supo explicar Franzt Fanon al mostrar cómo se antropomorfizan los territorios– nace en cualquier parte y de cualquier manera, se muere en cualquier parte y de cualquier cosa… Pero ¿dónde están los potenciales linchadores? ¿sobre quién reposa nuestra mirada cuando pensamos este tipo de prácticas? A juzgar por la metáfora de las cavernas, la respuesta se presenta sino incivilizada o agresiva, al menos patológica. Una violencia impensada, una epifanía que irrumpe como si llegara de otro planeta.

Nancy, vecina de Zumarán expresó que el barrio es peligroso y que ella ya había sido asaltada. En la pollería del barrio cuelga un cartel: “Gracias vecinos. Sólo por ustedes podemos seguir!!!”. María, la señora que tiene un almacén en la esquina donde ocurrió el episodio, señaló con desánimo que la zona está fea y que para ella el problema es por la droga. Juan, un vecino, piensa que la zona está liberada y que la seguridad del barrio es una mierda. “La noticia salió en todos los diarios y no mandaron un solo policía. ¿Cómo no te va a dar odio?”. Lucas, otro vecino, dijo que no estaba cuando pasó lo de los motochoros, pero sabe que “a esos, les pegaron hasta debajo de la lengua. Yo habría hecho lo mismo si hubiera podido. A mí los negros del Marqués me chorearon dos motos”.  Eduardo, parado y descamisado en la vereda de su casa, justo enfrente del lugar del hecho, se frota la frente buscando las mejores palabras: “los vecinos estamos cansado. Es mucha la inseguridad. Ves a un tipo ahí en el piso y te desbordas, ¿cómo no vas a querer pegarle? 

Hay literatura especializada en Argentina que postula la idea de “vecinocracia”, gobierno de vecinos. Un concepto que captura el nexo afectivo entre el valor del trabajo, la propiedad privada y la capacidad contributiva; una petición de principios que resigna derechos en pos de mayor seguridad. Por esta razón, la categoría “vecino”, lejos de ser neutra y descriptiva, se articula una y otra vez como recurso de inteligibilidad y producción de creencias para la administración de fronteras morales. Hay genealogía trazada: los usos políticos del vecino o el derecho al racismo ostentan la misma cantidad de años que la historia del desprecio.    

¿Por qué la figura del vecino adquiere cada vez mayor protagonismo como destinatario de políticas para gestionar y hacer-ciudad? ¿En qué materialidad o creencia certifican su éxito de representación política? Pensar es hacer preguntas, pero volvamos a aquella noche. El fiscal abocado a las tareas de la investigación penal preparatoria afirmó que es difícil individualizar a los autores de las lesiones cometidas, ya que hay un bloque de silencio entre los propios vecinos del barrio. “Es imposible hacer un careo a toda la cuadra”. Testigos, ninguno. Denuncias, tampoco. La negación a dar testimonio se corresponde menos a una cuestión de miedo a posibles represalias que a garantizar la pertenencia y convivencia del lugar. La causa judicial se cierra por decreto: “Archivar las presentes actuaciones, sin perjuicio de continuar con la investigación si nuevos elementos probatorios así lo justificaran”.

***

Existe la leyenda urbana de que los taxistas son estupendos contando historias. Algo de esto es cierto: son viajeros, vienen de lejos, y si bien usan los pies y las manos, nadie podría dudar que trabajan con la lengua. El Oreja es un narrador extraordinario, cuenta la hazaña sin dejar un solo retazo, al hablar esparce en el aire una estela profundamente sensual. Del tipo que parece tranquilo al que se desborda saliéndosele la cadena. Su relato está bañado en épica: odio y asco fueron los ingredientes para transformarse en justiciero. Pero nada de esto hubiera sido posible sin el olfato social del vecino que liga orgullosamente su propiedad al territorio. El Oreja comenzó, alguien la siguió y por un rato nadie puedo frenar.

Para algunos fue justicia, para otros, violencia y para muchos un espectáculo de desprecio ampliamente aprobado. Los cuerpos desplomados recibían los golpes mientras los rostros emulaban ceniceros en los cuales apagaban cigarrillos. Si algo caracteriza a un linchamiento es su exceso: habla de todo aquello que le preguntemos. El cemento que da forma a la vereda recuerda por un tiempo las manchas de sangre que desdibujaron la condición humana. El desprecio precisa imagen. Ahí está. La escenografía muestra los cuerpos puestos a disposición, –“déjame que les pegue un rato yo”–, otros y otras fogonean la turba y los que llegan se disponen a filmar la embriaguez del festín en el cual nadie parece quedarse fuera. Sentencia sin apelación: no robarás. Enjuiciamiento súbito de acusadores anónimos, diluyéndose la primera patada en el anonimato del tropel. De un lado comenzó uno y terminaron casi cuarenta. Del otro, en redes sociales, una lluvia de likes. La violencia explícita de una película gore, aunque esta vez la sangre es de verdad.

–¿Qué pasó? Yo me bajé del taxi. Había uno que se me escapaba. Creeme que rompí un par de zapatillas, unas Adidas nuevas, ¡las abrí por todos lados! Yo soy rengo con la derecha, le pegaba con la renga, con la zurda, trompadas, le saltaba arriba de la cabeza, hasta que llegaron los vecinos. Cuando veo el auto… ¡uhhh me quería matar, culeado! Entre las ópticas y la parte del paragolpe no había nada, pero ¡nada! ¡nada! – el Oreja lleva las manos sobre su cara mostrando el recuerdo ajado –. Rompí el electro, eso me dejó de andar. Decí que gracias a dios algún vecino abrió la puerta de atrás y guardó los repuestos, la patente del auto y la chapa de taxi, todo. ¡Todo! 

El Oreja estaciona enfrente de la escena mientras se queda relojeando las esquinas. 

–¿Les pegabas un poco a cada uno? 

–¡A los dos les pegaba! ¿Viste cuando vos le das con bronca? –Sus manos hacen ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf! – Bueno, así. El de blanco estaba inconsciente –el Oreja se echa para atrás, se tira sobre el apoyacabeza, fingiendo un desmayo.

–¿Por el choque del auto?

–¡Noooo, papucho! ¡Por el cagadón que les había pegado yo! Vinieron los vecinos y les siguieron pegando.

–¿Mujeres también?

–Síííí, todo el mundo les pegaba. Pero una mina me quiso frenar… me agarran por la espalda y yo me doy vuelta –levanta el brazo, lo deja firme en posición de combate y mira para atrás–, tiro una trompada y una minita de ojos claros me dice: “¡Pará! ¡Pará! ¡Los vas a matar!”

–¿Y qué le dijiste vos?

–Que sí, si yo quería eso. Yo les zapateé la cabeza, pedí la policía y me fui al ocote. Con dos taxistas amigos nos juntamos a comer una picadita y nos tomamos una o dos cervezas. Yo dije: “Me voy. Hay heridos, por más que uno no tenga la culpa, hay heridos, me van a trasladar, me van a secuestrar el auto y tengo alcohol en sangre”. Agarré la radio y llamé a la central: QcQ le digo, QrB me dicen, enseguida pedí que manden la PL.

Los informes médicos del Hospital Córdoba y Tránsito Cáseres de Allende informaron que Pablo Pérez y José Bruno no murieron, recibieron golpes en miembros inferiores y superiores, incluyendo hematomas en los ojos. Luego de serles practicadas las curaciones necesarias, ambos fueron trasladados al penal de Bouwer.

–¿Qué pasó con los que terminaron en el hospital?

–Uno perdió un ojo y el otro, no sé. Creo que tenía una o las dos piedras quebradas y los ligamentos de una rodilla cortado. La cosa es que yo tengo un amigo, el Tomate, laburaba acá en Central-Taxi. Y la gente que me conoce, no hace falta que le diga: “Sí, fui yo”. El que conoce lo tarado que soy, sabe: “dos más dos son cuatro, fue el Oreja, fue el pelado”. Y el Tomate me dijo: “Oreja, fuiste vos, ¿no?”. “Sí, fui yo, Tomate. Y decile a los dos pibitos esos, que si llegan andar cerca, cerca de mi casa les mato toda la familia”. Uno creo que vive en el Pueblito y el otro en el Marqués. Resulta que la sobrina del Tomate era mujer de uno de los negros.

–¿Y nunca se te ocurrió que, si se te iba la mano, si los matabas y te buscaba la policía ibas preso?  

–¡No! ¡No! Porque fue un accidente común y corriente. Ellos doblaron en “U” y yo los choco. Eso le dije a los de la compañía de seguros y a mi patrón, y lo mismo al fiscal que me llamó a declarar. Fue un choque y nada más que un choque.

***

En verano el asfalto arde y la polución tiñe todo de gris. Durante el año las vibraciones de trolebuses y colectivos acompañan el ruido intenso de fierros y ladrillos en una ciudad que no para de apilar monoblocks. Córdoba tiene un montón de problemas, como las 300 mil hectáreas que se quemaron sólo en 2020, aunque la dificultad principal, para muchos tacheros, es la inseguridad. 

–Y… es lo más fácil para chorear, hermano. Acá arriba estamos donados.

El Oreja relata la dureza de la calle y la dificultad económica para llegar a fin de mes. Dice ser un tipo tranquilo y aunque su experiencia se mida en kilómetros, rechaza viajar armado.  

–Te arruinas, al salir armado te cagas la vida, hijo. Uno es un tipo trabajador, con familia, todo, y si vos le metes un cuetazo a estos giles… –muestra cara de resignado– Porque por ejemplo, vos, ¿tenes hijos o papá y mamá?

Asiento con la cabeza.

–Bueno, yo no tengo ni papá ni mamá. Sólo dos hijas, y una mujer que me espera todas las noches. Uno tiene muchas cosas que perder, estos negros culeados no. Por eso, si vos los matás nos hacés un favor, ¿me entendés? Lo que podés hacer es capturarlos y llevarlos qué sé yo… para el lado de Malvinas o para algún campito y cagarlos bien a puñetes. En lo posible, meterles un martillazo en cada dedo o un tiro en las rodillas cosa que no puedan hacer más giladas. ¿Me entendés?

El sentimiento de inseguridad es un espasmo. Existe un mercado altamente rentable que lo ordena. La alarma social encuentra nuevos espacios y se institucionaliza de manera co-gestionada entre vecinos, policías y seguridad contratada via grupos de WhatsApp. Una parte de la pasión punitiva frente al delito es delegada, mientras otra toma rienda suelta con la policía que cada uno de nosotros llevamos dentro.

–Porque hoy por hoy, ¿cuál es el pensamiento de la gente? No me meto. No me meto… ¡No, metete! ¡Metete, culeado! Si vos podes hacer algo, ¿o no? Nosotros cuando hacemos paro y pedimos seguridad, pedimos más presencia en las calles… ¿Cómo puede ser que en este barrio no haya un sólo policía?

El discurso de la seguridad cala hondo. Por arriba aparecen las expectativas de un Estado presente que toma forma en ciudades cada vez más militarizas: seguridad es igual a policías, formula aplicada por el Gobierno de Córdoba, que en diez años aumentó un 50% la cantidad de uniformados. Pero por debajo se abren otro tipo de consensos; son súbitos y afectivos. 

–Nosotros, o sea…tenemos un grupo de WhatsApp, acá hablamos de toda la mugre de la ciudad –lee un mensaje que le llega al teléfono y comienza a grabar una nota de voz. El Oreja frena el auto, pide que baje el vidrio y me convida un cigarrillo–. Yo te voy a contar. Hace dos años que soy taxista. Por nuevo me chorearon. Fue un domingo, dos pendejos. Uno vestido de accidentado, el otro de acompañante, con muleta, con todo. Parche en la cara, vendado, muleta, todo.

El recuerdo continua fresco e indeleble. Los detalles lejos del olvido, son hilvanados como si el robo continuase en delay. Sus manos se mueven para todos lados, y en su cara una vena regordeta se bifurca entre el ojo y la sien.

–Cuando se subió el tipo me dio pena. Un actorazo el chabón. Dijo que lo habían hecho cagar. Bueno…hicimos dos cuadras, y el que en teoría estaba accidentado, me ahorcó y me puso un fierro en la cabeza. Tuve que ir hasta la calle Juan José Casal. Y ahí… ¡Chau, todo se llevaron! Lo que más me dolió fue la alianza, nueve gramos de oro, la había comprado en Mendoza. Pero la cosa no termina ahí. Un día había escuchado por la radio que había dos M y una F, o sea dos masculinos y un femenino, en calle Libertad y Patria. Me mandan un mensaje. Entonces pasé y digo: uno sí, estoy seguro, el otro tipo no sé y la mina no, porque a mí me robaron dos tipos. 

El Oreja luce su hartazgo, pero ante todo infla el pecho de orgullo.  

–Yo ni denuncia hice, pero alguien de Central-Taxi avisó que había tres negativos ahí, entonces por WhatsApp me dijeron: “Oreja andá a fijarte si son los que te chorearon a vos”. La mina no, el otro flaco tampoco, pero uno sí, estoy seguro que esa vez estaba. “Bueno aguanta, que ahí llega Fabián, el Iván y creo que Franquito”. Ok, respondo, ¿cómo vamos hacer? “Oreja cárgalos vos, y ahí cuando estén por subir los hacemos recagar”. La cuestión es que pasan estos dos culeados adelante mío y los subo. Se dio todo como esperaba. Yo estaciono, “hola”, “buenas noches”, “hola”, la cosa es que encara uno acá, o sea uno en la butaca de adelante y la mina y el otro tipo atrás. En ese momento paro el auto, tiro el freno de mano y les digo: “aguántame un segundo, ya vengo, voy a buscar algo en el baúl”. Yo me fui atrás, agarré la llave para ajustar las ruedas y ahí empecé. Se les vino la noche.



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Nahuel Blazquez
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Antropólogo, Cronista y alguna vez abogado. Egresado por la Universidad pública argentina y brasilera. Investigó casos de linchamientos en la ciudad de Córdoba. En el doctorado realizó intervenciones universitarias en cárceles. Dictó talleres de literatura. Hincha de independiente. Amante de la cocina pero más de comer. Se levanta después de las 10, por lo que si va a pasar algo, pide que sea más tarde.

Nahuel Blazquez
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