la frente y el respeto / nicolás levit

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LA FRENTE Y EL RESPETO

Dije: “respeto”, alzó la frente y se congeló el instante.

El día lunes, en una clase de Educación Física, B insultó a dos de sus compañeras de 6° grado. Su maestro, al que B quiere mucho porque efectivamente trabaja mucho con él, lo retó y le puso el límite que la situación ameritaba. B se enojó o mejor dicho pareció que la furia se apoderó de él, insultó a pares y adultxs y dijo que no iba a venir a la escuela. Parecía no poder soportar ese límite.  Al día siguiente, notamos algunas cuestiones: B es un chico de palabra. Efectivamente su anuncio se convirtió en realidad, se había quedado en su casa. Por el otro, notamos el poder absoluto (o soledad absoluta) que tuvo para poder cumplir su expectativa ya que ningún adultx logró frustrarle esa promesa. Por último, no pudo lidiar con el único límite que había recibido, tuvo que faltar y aun así cuando regresó seguía sin desarmar ese enojo.

Cuando llegué a la escuela y ví a B sentado en un rincón del patio muy molesto, le pregunté por qué había faltado el día anterior: “porque estoy re caliente”, “no voy a entrar al grado”, “mañana no vengo”, “acá son todos re giles”, etc. Seguía la enumeración de oposiciones, su mirada que gambeteaba la mía, algunxs compañerxs que lo miraban y reían, él mientras tanto continuaba destilando bronca con su monólogo furioso. Luego empezó el mío, sin adjetivos del todo claros, le evoqué otra puesta de límites por parte del maestro, le transmití que me llamaba la atención que le haya otorgado tanta magnitud al episodio, que no se podía enojar así con su maestro porque le haya puesto un límite. Nada de lo que le decía surtía algún efecto.

En el medio de la “conversación”, pasa su docente que ya se estaba dirigiendo al salón y llevando a sus compañerxs al grado, pues B había dejado muy en claro que no iba a entrar, entonces, desde la escalera, el maestro le dice: “B, te quiero”. B respondió: “Chupame la verga”. El maestro continuó su rumbo  suspirando ese aliento que todxs los que alguna vez trabajamos con B, sentimos en la boca. Me aventuré a ponerle el límite yo. Lo cual me parecía delicado porque por lo menos a mí, en ese momento, me estaba escuchando, tenía miedo de perder esa “frágil confianza”. Sin embargo sabía que era lo correcto y que inclusive esa confianza devenía de ese límite que yo le pudiera poner. Avancé: le dije que la escuela tenía otros códigos que el barrio, que acá los enojos tienen otro carácter y que si el maestro lo retaba, tenía otro propósito, no el de verduguearlo o ridiculizarlo. Se lo dije porque creo que “los berretines” que revisten ese cuerpo prescriben que el perdón es para los débiles y los cobardes, “berretines” que ordenan que el ingenio de la burla debe ser una industria sin descanso y el rencor no significa un enojo petrificado sino una experiencia estética de guapear una bronca pasada. Esto no implica que B sea todo eso, en lo absoluto, pero quizás sean sus mandatos y probablemente muchas veces se vea obligado a cumplirlos, o no. No lo sé. No sé bien por qué se autoriza a insultar y violentar a cualquiera. La verdad es que mi ansiedad interpretativa me apuraba en nombrar las causas de determinadas acciones de B para transformarlas en intervenciones inmediatas. En definitiva, tenía que intentar lograr que B entre al grado de una buena vez y abandonara esa postura de malevo.

Entonces, en ese apuro de seguir arrojando intentos, le dije: “Mirá B, la escuela no tiene los códigos del barrio. Me imagino que quizás si hay un problema por allá se pudre todo, se miran mal por un montón de días, vas a buscarlo a la casa, tomás revancha, te aliás con un vecino y le encuentran el gustito a sostener la tensión. Acá el enojo no circula de la misma manera. En este caso, tu maestro te puso un límite por algo que hiciste mal y eso quiere decir que te quiere, que te respeta”.

Cuando nombré el respeto, alzó la frente y se congeló al instante. Hubo un punto de inflexión. Una pausa, un silencio en el que por primera vez el peso de las palabras tuvieron una gravedad (newtonianamente hablando) que descendieron hacia el eco de algún hueco de su escucha. Por primera vez me mira a los ojos, como queriendo reafirmar lo que yo le había dicho, como si hubiese cierta falsedad o trampa en mi enunciado. Creo que la inflexión fue la palabra respeto. Bah, podría afirmarlo. Pues B, además de mirarme, inaugura la primera y única pregunta: “Ah, sí ¿El Jose (su maestro) me respeta?”. “Claro que te respeta, por eso te pudo retar. Mirá B, me tengo que ir. Podés seguir sentado acá toda la tarde pero me parece que te están esperando en tu aula”. Sabía que si quería conservar el peso que habían conquistado las últimas palabras, la escena debía tener un punto seguido en ese mismo instante. Pues naturalmente todo se había congelado o detenido allí.

No tengo del todo claro los motivos de la sorpresa de B, tampoco de la mía, posiblemente ese misterio haya sido el bondi que me trajo hasta este relato. Creo que puedo hipotetizar que la palabra respeto logró trazar un puente entre esos dos universos que tanto cuesta compatibilizar. Algo de la significación de los códigos escolares y los códigos del barrio se articularon en el significante respeto y eso a B quizás le despertó algo. En la escuela, el respeto, es saber y es amor o al menos eso intentamos construir diariamente. No tengo la licencia para enunciar lo que significa en el barrio, tampoco lo que significa para B, pero podría arriesgarme a decir que, al menos en esa palabra, se le desacomodó el diccionario interno.

Volvió a su grado

Los finales en este tipo de género narrativo que podríamos llamar Crónica escolar generalmente son algo abruptos y repentinos. Si cerrara con moralejas o grandes transformaciones, bien podrían pertenecer al ámbito de la ficción. Por eso, así termina este escrito, porque así terminaron los hechos: B volviendo al aula, yo regresando a la mía, recordando nítidamente el momento en el que mi alumno levantó la frente haciendo una pregunta, recordando como en otras escenas escolares, generalmente sus preguntas tienen su frente paralela al piso.


Nicolás nació en 1992 en CABA. Es cantor, tanguero y docente de primaria. Se egresó del Normal 7 como maestro y actualmente cursa la Lic. en Educación en UnaHur y una Especialización en Flacso sobre Psicoanálisis y prácticas Socioeducativas. 
Actualmente trabaja en un Programa Socioeducativo llamado “Reorganización de las trayectorias escolares de alumnxs con sobreedad en el nivel primario” también conocido como Aceleración. La Crónica Escolar como género, le permite balancearse entre dos pasiones: el arrabal y la academia, universos que en apariencia se contradicen, pero en él viven como una permanente búsqueda de conciliación.



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