LOS PRECARIOS

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Según la CEPAL la pobreza en América crecerá en unos 45,4 millones de personas este año. Con este aumento, el total de personas en esta situación pasará de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones en 2020. Estamos hablando de un continente de 630 millones de personas, de los cuales tiene 230 millones de pobres. Seis veces la República Argentina. Escalofriante.

Resulta una obviedad indicar que la pobreza está asociada al delito, y quedo pensando con semejante escala creciente de marginalidad como será el futuro de nuestra juventud. 

El 90% de los jóvenes menores a 18 años que presentan un conflicto con la ley penal en la provincia de Santa Fe que ingresa a un sistema de privación cerrado, semiabierto o ambulatorio comete un delito contra la propiedad. Este dato es clave, desde el paradigma de los derechos humanos, no solo para derribar imaginarios instalados socialmente sobre los jóvenes infractores, sino también para dar cuenta que el encierro como última ratio debería ser aplicado en casos de delitos mayores. 

Lo expresado tiene que ver —lejos de justificar el delito en concreto— de aplicar a un joven en pleno proceso madurativo de formación el peor de los castigos como es el de su privación de libertad. Más aún cuando vemos que ese delito cometido tiene que ver mucho con su traza biográfica personal, con condiciones socioeconómicas adversas, con ausencia o fragmentaciones familiares, con abandono de escolarización, con consumo de sustancias, con abusos, con violencia doméstica, etc.

Seguimos como sociedad estigmatizando y apuntando al último eslabón, al acto consumado, al joven en concreto y no a toda la maquinaria social que lo origina. No puedo no acordarme de las palabras de Hélder Câmara, respecto de los tres tipos de violencia.   

La primera, madre de todas las demás, es la violencia institucional, la que legaliza y perpetúa las dominaciones, las opresiones y las explotaciones, la que aplasta y cercena a millones de hombres en sus engranajes silenciosos y bien engrasados.

La segunda es la violencia revolucionaria, que nace de la voluntad de abolir la primera.

La tercera es la violencia represiva que tiene por objetivo asfixiar a la segunda haciéndose cómplice y auxiliar de la primera violencia, la que engendra todas las demás.

No hay peor hipocresía que llamar violencia solo a la segunda fingiendo olvidar la primera que la hace nacer, y la tercera que la mata.

Continuamos como grupo social, y siguiendo a Monseñor Câmara, apuntando a la “violencia robo” y no a la “violencia desigualdad”. Será un gran desafío para las generaciones que vienen invertir la pirámide, tanto en lo que refiere a nuestra batalla cultural como en acciones concretas.

Si la intención como comunidad es pretender que los jóvenes sean antes sujetos de derechos que sujetos de intervención de las instituciones de control, precisamos por sobre todas las cosas no solo tener políticas publicas de calidad destinadas a ello, sino poder como sociedad cambiar patrones de pensamiento y de conductas hacia un sector como el de la juventud, que creemos o nos hicieron creer que se comporta como si fuera el enemigo y no como aquel en el que debe depositarse no solo la confianza sino las herramientas y fundamentalmente las posibilidades ya que serán los encargados de un futuro inmediato, seguramente mucho mejor que el presente que les dejamos. La juventud es un constructo social, por lo cual es responsabilidad de todos los partícipes de una comunidad alentar, contribuir, estimular políticas públicas en busca de la igualdad de oportunidades, siendo esa disputa inquebrantable, persistente y ecuménica. O es para todos la cobija, o es para todos el invierno reclamará Jauretche.

En estos jóvenes las tareas de desarrollo propias del ciclo vital para su transición a la vida adulta se han visto desgranadas en todos los planos. Sus trayectorias o itinerarios han sido los contrarios a los que se desea, torciendo sus rutas de vida hacia lugares más excluidos. Que quede claro, — nuevamente y con vehemencia— que no se intenta ni romantizar la carencia ni menos aún justificar el delito, pero es entendible que con un pasado alejado de todos los patrones esperados para lograr una “biografía normal”, culminen los mismos, por el único camino no deseado pero esperable, ante panorama tan desolador. 

¿Realmente pretendemos que se conviertan en universitarios prestigiosos aquellos jóvenes a los que nosotros, la generación de los culpables, no les hemos ofrecido ninguna posibilidad de subsistencia? 

No por nada los vemos nucleados, buscando grupalidad, como si esa separación de la “sociedad normal” los fortaleciera. Los jóvenes construyen individualidad colectivamente ensayará Carmen Leccardi. Ese agrupamiento mucho tiene que ver con el deseo de obtener algo, o parafraseando a Philippe Burgois, de lograr respeto, a cualquier precio, dentro de la legalidad o la ilegalidad, eso poco importa cuando nada se tiene. Por eso a veces esa manera transgresora es el único camino viable para encontrar algo tan noble y necesario. Y el respeto, en todos los sectores sociales y en cualquier rincón del mundo, es algo que inherentemente buscamos como seres humanos. El de poder pertenecer y ser respetado. 

Entonces, nuestros jóvenes sufren un primer castigo que será el de la falta de comida, escuela, familia, contención, trabajo, dinero, valores. Si logran sobrepasar esa barrera, los espera la marginación, la exclusión, la estigmatización. Y cuando llegue el delito, el encierro. Y toda una sociedad pondrá ahora sí (con más énfasis que antes) su atención en él, para apuntarle con el dedo y preguntarse como es que llegó a ese lugar. Aspiraremos que estén confinados el mayor tiempo posible, por no haberse adaptado a una sociedad civilizada, aquella que felicita a los que nacieron con las cartas marcadas pero castiga a los que no. Y claro está, que a esa baraja no la reparte ni el destino ni la meritocracia, sino las oportunidades. Nuevamente. Y como antes. Y como siempre. Serán los invisibles, o como nos dirá Galeano, los nadies,…“aquellos que valen menos que la bala que los mata”.

Por lo cual, con transiciones poco lineales, con pasajes de status desordenados y anárquicos, con trazas biográficas alteradas y difusas, con construcciones valóricas desarmadas; la consecuencia en nuestros jóvenes va a tornarse desoladora. El término tan bien utilizado “precarios” que esgrimen los europeos, será un sello marcado a fuego. Esa precariedad no será por poco tiempo, sino que será una carga durante toda la vida. Por una cosa o la otra, lo cierto es que en la actualidad claramente la juventud —en el sentido completo y dignificante de la palabra— se volvió un estado de privilegio.

Es hora de ofrecerles no solo escucha, sino recursos y fundamentalmente posibilidades. Con mejores oportunidades serán los futuros encargados de construir una base societaria mucho más humana, equitativa y solidaria.



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Omar Guerra
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Tiene 39 años, es Abogado y Diplomado en Estudios y Políticas de Juventud en América Latina. Se desempeñó en el ámbito público y privado en las ciudades de Rosario y Buenos Aires. Radicado en la actualidad en Venado Tuerto, trabaja en el área de Justicia Penal Juvenil, dentro de la órbita del Ministerio de Gobierno, Justicia, DDHH y Diversidad de la Pcia. de Santa Fé.

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