
Repatriar a “Quién manda” con un nuevo significado
B ya había sido protagonista de una crónica anterior en este medio (https://www.revistaaji.com/la-frente-y-el-respeto-nicolas-levit/) y si vuelvo a escribir de él o, mejor dicho, de nosotrxs, no es porque quiera hacer la saga de B, es porque a través de la escritura procuro lograr sostener el vínculo educativo con él. De lo contrario, la resignación, la impotencia, la figurita repetida, el hartazgo, hubiesen sido los moldes en el que hubiese vertido el relleno de cada clase. No quiere decir que varios de estos elementos no estén presentes. Pues B, es de esxs pibxs que me hackean todos los saberes, me llevan al límite y me inquietan sobre manera.
Para contextualizar un poco, la semana pasada, el alumnx tiró una botella de vidrio desde la ventana del aula que da al patio del Nivel Inicial (Jardín). Por suerte no se lastimó ningún niñx. Poco después de iniciar las acciones pertinentes por esa situación tan grave, se escondió y corrió por toda la escuela escapándose de la directora, cuando regresó al aula empezó a amagar con revolear tijeras a sus compañerxs y a mí. Si esta escena aún no sintetiza el modo preponderante de B de estar en la escuela, vale decir entonces que generalmente cuesta mucho poner al niño en tarea: “es re fea la escuela”, “nah, ni en pedo estudio”, “yo no sé nada”, “salí”, “chupame la pija”, “agarrame el chupetín” y continúa el ingenioso repertorio léxico oposicionista para expedirse cada vez que se lo convoca al estudio. La crónica entonces podría bifurcarse en muchos temas; las estrategias que implementamos para que B aprenda, la violencia con la que se dirige hacia muchxs de sus compañerxs, cómo trabajamos en equipo para acompañar al alumno, acerca del desborde al que solitariamente nos encontramos como docentes para alojar y contener estas situaciones, la responsabilidad que tenemos lxs maestrxs cada vez él se pone en riesgo o pone en riesgo a lxs demás. Pero supongo que quedará para cuando se haga el “Diario de B: su cotidiano en la escuela”, un texto que jamás escribiré.
Soy maestro de Aceleración[1] de B; esto quiere decir en su caso que es alumno de 6to grado pero además sale a estudiar conmigo especialmente para poder trabajar muchos de los contenidos que están previstos para años anteriores en la escolaridad primaria. Así al menos está planteado el encuadre, porque como ya dije, muchas veces no quiere salir a trabajar.
En ese 6to grado hay muchxs alumnxs a lxs que acompaño y junto a su maestro, trazamos muchas acciones en conjunto. En la escena que describiré a continuación, estábamos trabajando con el grado completo, habíamos planificado una actividad que procure reconstruir la memoria didáctica del año a través de una línea de tiempo del 2021 compuesta por tres ejes: Contenidos, Pandemia y 6to C. El eje de los contenidos se proponía recuperar y situar temporalmente lo trabajado y traccionar la diferenciación entre lo trabajado y lo aprendido, que en muchas ocasiones parecen lo mismo. El eje pandémico consistía en reponer todos los cambios que sufrió la escuela a la luz de la pandemia: las burbujas, lxs exceptuadxs, los aislamientos, el retorno de la presencialidad plena, la vacunación de niñxs, etc. La dimensión de 6to preveía recapitular el movimiento de lxs estudiantes en el año. Pues varixs alumnxs ingresaron tardíamente, hubieron largos períodos de ausencia de muchxs, etc. No ahondaré en las estrategias que implementamos para llevar a cabo dicha tarea ya que el foco de este relato está puesto en otro pequeño momento, quizás la que cristaliza la línea de tiempo escolar y subjetiva de B en este 2021.
Estaba siendo realmente difícil llevar adelante la propuesta, varixs no querían trabajar, se molestaban, se pegaban, salían del aula, se iban corriendo, se insultaban. Hace varios días que el grado venía así, dándole de morfar al enunciado masivo institucional “hay que ver quién agarra este grado el año que viene”. A su vez, era la tercera clase que le destinábamos a la actividad ya que las dos anteriores también había sido difícil sostenerla. Después de muchos intentos de ir por un lado, por el otro, me harté, volví al esquema tradicional. Rompí los grupos, retiré las hojas de registro colectivo, les ordené que se sentaran cada unx en su lugar y que copien del pizarrón. La consigna era que anoten en la carpeta qué habían aprendido en el año y que enumeren tres cambios que había traído la pandemia a la escuela. No pretendía ninguna producción rimbombante, sólo quería que la clase “se ordene”. Generar una suerte de ruptura que luego permita seguir. Algo de efecto tuvo, la mayoría del grado se puso a copiar. Mis músculos de chofer docente me agradecieron que luego de tantos km de ruta hayamos hecho esa parada en la Estación de Servicio del Silencio para estirar las patas, ir al baño y cambiar el CD repetido. Todxs estábamos más tranquilxs, excepto B, que seguía en modo “¿cuándo llegamos? ¡estoy aburrido!”. Y yo que no lograba encontrar el modo de que baje un cambio, se relaje y mire por la ventanilla.
6to copiaba y él empezó a simular que armaba un porro, gritaba cosas relacionadas con lo que hacía, lxs copistas le festejaban, luego empezó a molestar violentamente a dos de sus compañeros. Con uno de ellos realmente casi se cagan a palos, el otro está como más sobreadaptado a las sucesivas cargadas de B y “no pasó a mayores”. Luego se puso con una botella y empezó a provocar a su compañera J. Ella reaccionaba ante las molestias de B, se lo ponía a correr por dentro y fuera del aula, hasta que B se enojó y le revoleó la botella en la cara desde una distancia realmente corta. Y ahí, ya cansado de manejar en esas condiciones tan adversas, apagué el motor del auto, me di vuelta y lancé el primer grito: “¿Qué hacés desubicado? Te retirás inmediatamente del aula. No se le pega a la gente, menos con una botella y menos a una mujer”. “Andate vos, fantasma”, responde poniéndose en guardia. “Te dije que te retires porque es muy grave lo que acabas de hacer”. “Ni en pedo, gil”. Ahí me acerqué para decirle nuevamente que se retire, como si la firmeza y la proximidad pudieran conseguir algo más potente o un efecto espontáneo. Vaya error.
Las miradas quedaron trenzadas por un segundo batallando por ver quién imponía su ley. Yo esperando a ver si realmente se retiraba y lograba que me haga caso y él esperando que yo desista. Vibraba en el rojo la aguja del tensiómetro que medía el conflicto por ver quién lograba que las cosas marchen a su modo. Quién era el que mandaba. Ninguno de los dos estaba dispuesto a “achicarse” y fue allí, producto de ese verbo inmigrante sin pasaporte en la jurisdicción escolar, que pude decirle: “Bueno, paremos porque por cómo estamos parados pareciera que nos vamos a pegar. Yo soy tu maestro y vos sos mi alumno y te estoy poniendo un límite, paremos un poquito”. Aposté por pensar que así estaba interpretando B aquel momento, que esa era la respuesta que estaba pudiendo elaborar ante el enigma que le generaba mi deseo. Pues el “achicarse” sin lugar a dudas estaba significando cosas muy distintas para cada unx, por eso decidí decirlo de esa manera, no porque literalmente creía que eso fuera lo que estaba pasando. B se estaba sintiendo desafiado, no podía entender mi firmeza como una puesta de límites, como borde, por eso decidí rotar en el discurso. Decirle “pareciera que nos fuéramos a pegar” fue también una intervención docente buscando un nuevo canal de diálogo. Por suerte surtió efecto.
Ahí quise imprimir cierto reposo a la escena, destapar suavemente la botella de la gaseosa agitada. “Vení, B”, le digo en tono bajo y más amistoso. “Ni en pedo, tomatela, gil”. “Dale B, vení que te quiero decir algo, no te quiero retar”. Salimos del salón, me miró a los ojos. Algo ya se había movido, había una permeabilidad; lo percibí y se me transformó en un deber aprovechar esa escucha en un cambio más significativo, como si toda la impotencia anterior pudiera quedar saldada en un instante: “Mirá, B. Recién se generó una situación espantosa, cuando te reté y te dije que salgas del salón es porque ya no toleraba más tu violencia hacia tus compañeros pero pasó que terminamos enfrentados como si nos fuéramos a pegar. Eso claramente no iba a pasar, pero tampoco te podés sentir amenazado por mi, así que si te hablé o me paré de alguna manera que te haya hecho sentir así, te pido disculpas”.
Sonrió y hubo un silencio fugaz. Al principio desconfié de él, supuse que estaba pensando en que había ganado una batalla. Rellené ese hueco con su falsa voz interior: “Encima que no me puede poner los puntos viene a asumir su derrota, gané”. Error. Ese silencio era un vacío esbozando una nueva deriva, una nueva comunicación, un nuevo lazo: “Yo también te pido perdón, Nico”, dijo con gesto alegre y me levantó su mano para estrecharla con la mía. Yo ya estaba contentísimo, habíamos logrado hacer un giro, por eso decidí apostar a ese reenlace que estaba aconteciendo, quizás nuevamente como una autoexigencia personal de seguir utilizando ese hechizo que habían adquirido las palabras, al menos hasta que se agote el encanto. Avancé, “B, te acordás que antes en la clase, estábamos conversando acerca de lo que aprendimos este año y a vos te lo pregunté particularmente”, asiente con la cabeza, “y te dije que vos habías aprendido algo este año que te va a durar para toda la vida y que te puede hacer participar del mundo de otra manera. Ahí me dijiste que vos no habías aprendido nada, que vos no sabés nada. ´No sabo´, como decís vos. ¿Sabés de qué te hablo?” Me responde que no. Hice el último intento para ver si reponía lo que con tanto esmero estaba intentando que diga: “Viste que vos ahora tenés una nueva forma de molestar y provocar a tus compañerxs que es escribiendo carteles en todos lados de tal y tal son novixs, ¿eso lo podrías haber hecho el año pasado?” Cuando me dice que no, le respondo: “¿Entonces sabés a qué me refería con lo que aprendiste este año?” “Sí, que aprendí a leer y a escribir”. “¡¡¡Sí!!!!, totalmente. Entonces podés entrar al aula ahora, abrir tu carpeta y dejar por escrito eso que aprendiste”.
***
Redacto la crónica, releo mis modos de decir y reflexiono sobre las intervenciones. Probablemente muchas de ellas, las haría diferente, buscaría otras palabras, otros Modos De. También de eso se trata este segundo tiempo. De la distancia entre la práctica y la reflexión. De cualquier modo, este relato habla del giro, del intento por abandonar una fijación del discurso que solo lleva a la reproducción incesante de una misma escena. Sin ánimos de construir ninguna receta porque no la hay, solo que en este caso, esa rotación se produjo y fue el impulso que me trajo hasta aquí. Escribir para percibir que estos movimientos son los que en definitiva abren los interrogantes acerca de la autoridad y el enlace de este pibx con la escuela. O quizás todo este escrito se haya tratado acerca de mi incapacidad de síntesis y todo haya sido una extensa excusa para compartir y dejar registro de la emoción que me produce saber todo lo que guarda esta oración de B:
[1] Programa Socioeducativo que trabaja con chicxs con sobreedad en el Nivel Primario en CABA.

Nicolás Levit. Maestro del Programa Socioeducativo “Reorganización de las Trayectorias escolares para niñxs con sobreedad en el nivel primario”. CABA

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